Primero hay blancura. No la blancura de la nieve ni la de la paz —es la blancura de algo quemado, reducido a cenizas, un color que no es realmente un color sino la ausencia de todo lo demás. Me quedo dentro de ella un momento que no tiene duración medible, como un pez suspendido en agua helada, sin nadar, sin hundirse.
Luego llega el sonido.
Un pitido constante, metódico, el tipo de sonido que no hace ningún esfuerzo por ser bello ni por ser útil, solo existe para decir: aquí, aquí, aquí. Después de ese pitido viene el olor. Alcohol isopropílico y algo más debajo de él, algo parecido al miedo viejo, al sudor seco de personas que han esperado noticias malas en sillas de plástico. El techo es de paneles blancos con manchas de humedad que forman continentes inventados. Me quedo mirándolo como si pudiera leerlo.
No sé dónde estoy.
No sé cómo llegué aquí.
No sé, más importante, quién soy.
Esta última constatación llega con una calma que me sorprende —no con el pánico que debería acompañar a ese tipo de vacío, sino con una especie de neutralidad clínica, como si el cerebro estuviera evaluando los daños antes de decidir si vale la pena llorar por ellos. Me palpo la conciencia como si fuera un diente flojo. ¿Hay algo? ¿Algo? Un nombre, una cara, una dirección, el nombre de una calle, el nombre de una madre, cualquier cosa.
Nada. Un cuarto vacío con las luces apagadas.
Excepto por los fragmentos.
Los fragmentos llegan sin invitación, sin orden cronológico ni lógico. Arena. No arena de playa, no arena de desierto turístico, sino arena vieja, arena que lleva siglos siendo arena, que recuerda haber sido piedra y antes de eso montaña. Arena entre los dientes, arena en las pestañas, arena debajo de las uñas como si las hubiera cavado en ella. Arena tan caliente que quemar es lo que hace naturalmente, como respirar.
Fuego, después. O quizás el fuego era antes, y la arena era el resultado. No puedo ordenarlos. El fuego no era naranja ni rojo —era blanco también, como el techo, como el principio de la conciencia. El fuego era tan blanco que dolía mirarlo aunque creo que no lo estaba mirando, que estaba dentro de él o debajo de él o hecha de él.
Y luego la voz.
Una voz que no tenía género ni temperatura ni acento —o tenía todos los acentos al mismo tiempo, lo que produce el mismo efecto que ninguno. La voz dijo algo en español, lo cual me parece extraño sin saber exactamente por qué, como encontrar un libro conocido en el estante equivocado. Dijo: todavía no. Dos palabras, con la paciencia de alguien que ha dicho la misma cosa muchas veces antes y tiene intención de decirla muchas veces más. Todavía no. Como una puerta que se cierra despacio, sin portazo, con toda la firmeza del mundo.
No recuerdo qué había al otro lado de esa puerta.
Parpadeo. El techo con sus continentes de humedad sigue ahí. El pitido sigue ahí. En mi mano izquierda, una aguja con cinta adhesiva color piel, conectada a un tubo transparente que sube hasta una bolsa colgada de un perchero de metal cromado. El líquido gotea con la regularidad de alguien marcando el tiempo en un metrónomo. Siento las sábanas —algodón barato, lavadas muchas veces, sin nada parecido a la suavidad original— y debajo de ellas, mi propio cuerpo, que parece estar en su lugar aunque no recuerdo haberlo ocupado nunca.
Muevo los dedos de los pies. Funcionan.
Doblo las rodillas. Funcionan también.
Giro la cabeza hacia la derecha y veo una ventana con persianas metálicas medio cerradas. Por entre las láminas entra una luz gris, el tipo de luz que no promete nada, una luz de noviembre o de principios de invierno. Afuera hay un árbol sin hojas, negro contra el cielo color de acero. Boston, piensa algo en mí, aunque no sé cómo sé eso. Boston. La palabra aparece en mi cabeza con la solidez de un hecho aunque no puedo justificarla, como el primer paso en un piso que no has visto pero que sabes que va a sostener tu peso.
La puerta se abre sin llamar.
Una mujer con uniforme de enfermera —blanco, almidón, zapatos que no hacen ruido— entra con una tablilla sujetapapeles y me mira con la expresión de quien ha visto a demasiadas personas despertar de demasiadas cosas como para sorprenderse de nada. Tiene el pelo castaño recogido en un chongo apretado que parece querer separarse de su cabeza y no puede.
—Está despierta —dice, aunque obviamente lo estoy, aunque me está mirando directamente a los ojos.
—Aparentemente —digo, y mi propia voz me sorprende. Ronca, sí, pero algo más que eso. Tiene una textura que no esperaba, como si perteneciera a alguien que ha gritado mucho o que ha estado callada demasiado tiempo. No sé cuál de las dos.
Ella anota algo en la tablilla. Me hace seguir su dedo con los ojos. Me pregunta si sé en qué año estamos. Le digo que sí, aunque por un segundo genuino no estoy segura —y luego algo se acomoda: 1987, digo, y suena correcto de la misma manera que Boston sonó correcto. Como información que alguien más guardó en mí y que solo ahora estoy encontrando.
Me pregunta mi nombre.
Hay una pausa. No larga —solo lo suficiente para que ella levante los ojos de la tablilla y me mire con algo que no llega a ser alarma pero que se le parece.
—Elena —digo. Y después, como jalando un hilo: —Vance. Elena Vance.
Lo digo y siento que es verdad. No recuerdo haberlo aprendido, no recuerdo que alguien me lo dijera, no recuerdo haberlo escrito en ningún papel. Pero es mío. Es lo que soy aquí, en esta cama, en este año, en esta ciudad de luz gris y árboles sin hojas.
La enfermera asiente y anota. Me dice que el médico vendrá pronto. Me dice que he estado inconsciente casi tres días. Me dice —con el tono de quien recita una lista de instrucciones que ya memorizó— que me encontraron en el aeropuerto Logan, colapsada en la sala de reclamo de equipaje, sin documentos, sin maleta, sin boleto. Solo yo y la ropa que traía puesta, que según ella era algo parecido a ropa de campo: pantalones de lona, botas con tierra roja incrustada en las suelas.