El dolor es un visitante que no se marcha, solo se sienta en diferentes sillas. Hoy ha elegido la articulación de mi hombro izquierdo, y yo lo noto cada vez que intento alcanzar el vaso de agua en la mesita de noche. Mi dedos rozan el plástico pero fallan, y el vaso se tambalea, amenazando con derramarse sobre el cuaderno que un enfermero —no el mismo de ayer, este tiene barba y ojos cansados— me trajo hace dos días, junto con un bolígrafo que huele a químico barato.
El cuaderno es del tipo económico, espiral metálica, cubierta azul deslavada. Lo abro y las páginas crujen como huesos viejos. No tengo claro por qué lo pedí. Quizás porque las palabras se han convertido en la única cosa que parece mía en este cuerpo extraño.
Llevo tres semanas aquí. O cuatro. Los días se amontonan como platos sucios, indistinguibles. Me despierto, como algo insípido, me duelen las costillas donde las fracturas están sanando, y vuelvo a dormir. A veces alguien viene a revisar mis signos vitales, a veces no. A veces pienso en lo que pasó —el accidente, el impacto, la oscuridad— y a veces me olvido por completo de que hubo un antes.
Hasta que empezaron las voces en mi cabeza.
No son voces, en realidad. Es conocimiento. Información que emerge de la nada, como agua de una grieta en el suelo. La primera vez fue con el informe médico. Lo vi sobre la mesa, junto a un termómetro digital, y mis ojos se detuvieron en una palabra: «fractura comminuta». Y supe, sin haberlo aprendido nunca, que significaba «fractura en múltiples fragmentos». Lo supe en latín antes de saberlo en español. Commínere. Reducir a fragmentos.
Me quedé mirando la palabra, los dedos temblorosos sobre la sábana, mientras algo dentro de mí —algo que no soy yo, o quizás sí, pero una versión de mí que no reconozco— asentía con familiaridad.
—¿Está todo bien? —preguntó la enfermera, una mujer de unos cuarenta años con el cabello recogido en un moño tan apretado que parecía doloroso.
Asentí. Mentí.
Al día siguiente fue peor. Un documental sobre Egipto en la televisión del pasillo. Imágenes de la tumba de Tutankamón, jeroglíficos tallados en piedra. Y yo los estaba leyendo. No adivinando, no interpretando. Leyendo. Como si fueran letras del alfabeto que conocía desde la infancia. Un cartucho con el nombre del faraón. Un texto que hablaba de la vida después de la muerte. Palabras que surgían en mi mente antes de que el narrador las tradujera.
—Eso dice «vida, estabilidad, dominio» —murmuré, sin darme cuenta de que había hablado en voz alta.
La enfermera del moño me miró por encima de sus gafas.
—¿El qué?
—El jeroglífico. En la pantalla.
Ella frunció el ceño, miró la televisión, luego me miró a mí.
—¿Usted sabe leer jeroglíficos?
—No —dije, y era la verdad. O debería serlo—. No los he estudiado nunca.
Su expresión cambió. No a incredulidad, sino a algo peor: preocupación condescendiente. La expresión que reservamos para los locos y los niños.
—Debe de ser el analgésico —dijo, ajustando mi almohada con manos que pretendían ser gentiles pero que me movieron como a un mueble—. A veces causa... confusiones.
No era el analgésico. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que mi nombre —el que me dieron al nacer, el que figura en mi historial— no encajaba del todo en mi piel, como una camisa prestada.
Esa noche, cuando el hospital se sumió en el silencio viscoso de la madrugada, probé con el latín. Recité mentalmente declinaciones, conjugaciones, frases que nunca había oído. «Cogito ergo sum.» Lo pensé, luego lo traduje al español sin esfuerzo. «Medice, cura te ipsum.» Médico, cúrate a ti mismo. Y entonces, como si alguien hubiera abierto una compuerta en mi cerebro, llegó la medicina.
No la moderna. La antigua. La de los manuscritos iluminados y los remedios a base de plantas que mataban tanto como curaban. Sabía cómo se diagnosticaba la peste bubónica según los tratados medievales. Sabía cómo se realizaba una trepanación(1) con herramientas rudimentarias. Sabía los humores del cuerpo —sangre, flema, bilis amarilla, bilis negra (2)— y cómo se creía que su desequilibrio causaba enfermedad.
Me senté en la cama, sudando a pesar del aire acondicionado que zumbaba como un insecto enfermo, y escribí todo esto en una hoja del cuaderno. Mi letra temblaba, las líneas se torcían, pero las palabras eran claras, precisas, imposibles.
A la mañana siguiente se lo mostré a la doctora que venía a revisar mis fracturas. Era joven, con gafas de montura delgada y una sonrisa profesional que nunca llegaba a sus ojos.
—Interesante —dijo, hojeando las páginas—. ¿Ha estudiado historia de la medicina?
—No.
—¿Latín?
—No.
—¿Egiptología?
—No.
Ella dejó el cuaderno sobre la mesita con un gesto que intentaba ser delicado pero que sonó a sentencia.
—El trauma craneal puede causar... fenómenos curiosos. A veces el cerebro produce información que parece conocimiento, pero es solo... ruido. Patrones que se forman al azar.
—No es al azar —dije, y oí cómo mi voz sonaba desesperada, casi infantil—. Es coherente. Es correcto. Puedo probarlo.
Ella ya estaba guardando el estetoscopio en el bolsillo de su bata.
—Claro que puede probarlo. Cuando se recupere completamente, tal vez quiera tomar algunos cursos. Tiene una imaginación muy vívida.
No volvió a mencionarlo. Nadie lo hace. La enfermera del moño evita mis ojos cuando entra en la habitación. El fisioterapeuta —un hombre ancho con manos que parecen guantes de boxeo— habla solo de ejercicios para el hombro, de movilidad, de metas alcanzables. Mi hermana vino a visitarme una vez, trajo flores que se marchitaron en el jarrón de plástico, y cuando le conté sobre los jeroglíficos, cambió de tema para hablarme de su perro.
Así que he empezado a escribir. No para ellos. Para mí. Para documentar lo que está pasando, porque si no lo hago, temo que empezaré a dudar de mí misma. Y eso sería peor que cualquier fractura.