Ankh

Capítulo 3- El médico

Llega un jueves, aunque los jueves no significan nada aquí. Lo sé porque lo anoté en el cuaderno: «Jueves. ¿O viernes?». La puerta se abre y entra un hombre que no encaja. No lleva bata blanca, sino una chaqueta informal, de un azul tan oscuro que casi es negro, y tiene una carpeta bajo el brazo que no es del hospital —es de cuero gastado, con esquinas redondeadas por el uso. Su pelo es corto, salpicado de rayos dorados en medio de la melena castaña, luce joven, pero sus ojos tienen ese color particular de quienes han visto demasiado: un marrón desgastado, como café dejado demasiado tiempo en la taza.

—Soy el doctor Daniel Reyes —dice, y su voz, aunque grave y juvenil, es baja, medida, como si calculara cada palabra antes de soltarla—. Medicina forense. Me han derivado su caso para una evaluación adicional.

Se sienta en la silla junto a la cama sin que se lo ofrezca; supongo que de todas maneras no tendría por qué ofrecerle sentarse dado que es su trabajo evaluar a los pacientes y por como luce, un asiento es lo que necesita en este punto de la jornada. Abre la carpeta y extrae una serie de imágenes —escáneres, resonancias, cosas que reconozco ahora con una claridad que me perturba. Las coloca sobre la mesita, apartando mi vaso de agua con un dedo que lleva un anillo sencillo, de plata deslustrada.

—Sus fracturas están cicatrizando bien —dice, señalando las costillas en una imagen que muestra mis huesos como fantasmas blancos contra el gris de los tejidos—. La clavícula también. Nada inusual en un accidente de tráfico.

Asiento. He aprendido que es mejor asentir.

—Pero —y aquí hace una pausa, la clase de pausa que los médicos usan cuando lo que viene a continuación no encaja en ningún protocolo— hay algo en sus resonancias que no debería estar ahí.

Sus dedos —largos, con nudillos prominentes— se detienen en una imagen diferente. Es una vista transversal del tórax, los pulmones como dos sombras oscuras, el corazón contraído en su centro. Y alrededor, marcando los tejidos como venas de plata en una piedra, hay cicatrices. Cicatrices internas. Tejido fibroso que se ha formado y curado hace mucho, mucho tiempo.

—Esto —dice Reyes, tocando una línea tenue que serpentea cerca del pericardio— es tejido cicatricial alrededor del corazón. Indica un trauma penetrante. Algo afilado que atravesó la caja torácica y rozó el músculo cardiaco.

Lo miro, esperando la explicación racional, la metáfora médica, el «a veces el cuerpo produce imágenes aberrantes».

No llega. Empiezo a preocuparme.

—Y aquí —sus dedos se mueven a otra imagen, el abdomen— hay más. Cicatrización hepática. El hígado fue perforado, probablemente por un objeto contundente, y sanó. Pero no recientemente. Este patrón de fibrosis indica que el trauma ocurrió años atrás. Décadas, incluso.

—Eso es imposible —digo, y es la primera vez que hablo durante su explicación. Mi voz suena ronca, como si hubiera estado gritando—. Nunca he tenido una herida así. Mi historial médico está limpio. Lo revisaron cuando me ingresaron.—Entonces recuerdo mis primeros días de consciencia en este hospital, cuando el resto del personal médico tratante me veía con aquellos ojos fríos como quien ve a un loco más y fuera parte de su rutina. Entiendo finalmente sus razones: nada de lo que yo afirmaba parecía tener sentido en el contexto dado, así como nada de lo que me está diciendo el doctor Reyes, parece ser posible.

Reyes me mira. No con condescendencia. Con algo… ¿peor?: curiosidad pura, desprovista de juicio.

—Lo sé. He revisado su historial completo. No hay registros de trauma abdominal severo, ni cardiaco, ni nada que justifique estas cicatrices. Y sin embargo, ahí están.

Cierra la carpeta lentamente. El sonido del cuero al plegarse es seco, definitivo.

—He visto miles de cadáveres —dice, y la crudeza de la frase cae entre nosotros como una piedra—. Miles. Y reconozco patrones de trauma. Reconozco cómo cicatriza el cuerpo humano. Y lo que veo en sus imágenes, señorita Vance, es incompatible con su historia clínica. Es como si...

Se detiene. Calcula. Elige.

—...como si este cuerpo hubiera muerto antes. Varias veces. De maneras que usted no recuerda, o que no debería recordar, porque no le ocurrieron a usted.

El aire acondicionado zumba. En algún pasillo, una puerta se cierra con un golpe sordo. Yo respiro, y noto cómo el aire entra en mis pulmones —esos pulmones marcados por cicatrices invisibles que nunca deberían estar ahí— y sale tembloroso.

—¿Está diciendo que soy... qué? ¿Que renací? ¿Que esto es alguna clase de...?

—No estoy diciendo nada —interrumpe el doctor Reyes. Su voz sigue siendo baja, controlada, pero hay algo detrás, una intensidad contenida como un cable bajo tensión—. Solo estoy describiendo lo que veo. Y lo que veo no tiene explicación dentro de los parámetros de la medicina convencional.

Sus ojos caen sobre el cuaderno abierto en la mesita. Las páginas llenas de mi letra temblorosa, los jeroglíficos dibujados torpemente, las frases en latín transcritas como si estuviera tomando dictado de una voz que solo yo puedo oír.

—¿Qué es eso? —pregunta con más calma, y por primera vez hay algo que se parece al interés personal en su tono, algo más amistoso que la charla técnica que me ha dado y que supongo debe dar siempre en su trabajo. Parece que se ha salido de su rol de médico en el que debe hablar medidamente para ser tomado en serio, ya que aunque sus ojos tienen una mirada sabia y vieja, su apariencia es juvenil y grácil dentro de la masculinidad.

—Un diario —digo. Y luego, porque algo en sus ojos —esos ojos cansados que han visto demasiados cadáveres para creer en milagros— me invitan a la honestidad, añado—: Estoy documentando cosas que sé y no debería saber, o por lo menos eso creo. Jeroglíficos. Latín. Medicina mmm… medieval.

Reyes no sonríe. No frunce el ceño. Simplemente extiende la mano —esa mano con el anillo de plata— y dice:



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En el texto hay: misterio, historia, historia amor

Editado: 16.09.2026

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