Me duermo con el cuaderno abierto sobre el pecho, el bolígrafo todavía entre mis dedos, como si temiera que las palabras se escaparan si soltaba la herramienta que las captura. La luz del pasillo se filtra por la rendija de la puerta, una línea amarilla tenue que divide la oscuridad de mi habitación. El aire acondicionado ha reducido su zumbido a un ronroneo irregular, como un animal enfermo que intenta dormir.
El dolor ha encontrado una nueva silla: la base del cráneo, donde la tensión se acumula desde hace días. Presiono los pulgares contra las sienes, un gesto inútil que he repetido tantas veces que mis dedos lo ejecutan automáticamente, sin esperar resultado.
Y entonces, sin transición —o tal vez hubo una transición, pero fue tan suave que no la noté, como el momento en que el día se convierte en noche sin que puedas señalar el instante exacto—, ya no estoy aquí.
Estoy en otra parte.
El calor llega primero. Un calor que no tiene nada que ver con la fiebre o los edredones hospitalarios. Es un calor seco, vasto, que pesa sobre la piel como una mano gigante. Abro los ojos —o creo que los abro— y la luz me golpea con una intensidad que hace daño: blanca, cegadora, reflejada en miles de superficies pálidas. Arena. Piedra caliza. El río a lo lejos, una serpiente de luz líquida moviéndose perezosamente entre bancos de verde intenso.
Estoy de pie. Mis pies —no estos pies vendados y hinchados por la inmovilidad, sino unos pies delgados, morenos, cubiertos de un polvo fino que se siente entre los dedos como seda molida— están descalzos sobre piedra caliente. Llevo algo alrededor del cuerpo: tela, ligera, que fluye con el viento que viene del desierto. No soy yo. O soy yo, pero de una manera que mi cerebro actual no tiene vocabulario para describir.
Un templo. Estoy en un templo. Columnas masivas se elevan a mi alrededor, talladas con figuras que reconozco —dioses con cabezas de animal, faraones con la doble corona, escenas de cosecha y guerra— y la reconocí no con los ojos de una turista o una estudiosa, sino con la familiaridad íntima de quien ha pasado años mirando estos mismos relieves, tocando esta misma piedra, respirando este mismo aire cargado de incienso y aceite.
Soy sacerdotisa. Lo sé con la misma certeza con la que sé que la arena está caliente bajo mis pies. Sirvo a Isis, la de los mil nombres, la que reúne lo disperso, la que devuelve la vida a lo muerto. Tengo las manos manchadas de henna —patrones intricados que suben por mis dedos como enredaderas— y alrededor de mi cuello, pesando contra el esternón, un amuleto de fayenza azul: el tyet, el nudo de Isis, símbolo de vida y protección.
Hay otras personas. Figuras vestidas de blanco moviéndose en la penumbra del santuario interior, donde la luz entra solo en haces oblicuos a través de aperturas estratégicas en el techo. Murmuran. Cantan. Una lengua que es mía y no lo es fluye de mis labios en respuestas automáticas, versos de invocación que han sido recitados aquí desde antes de que mi abuela naciera, desde antes de que la abuela de mi abuela naciera.
Y entonces, por encima del murmullo ritual, una voz.
—Merit.
No es mi nombre. O no es el nombre que llevo ahora, en esta vida, en esta habitación de hospital con sus paredes verdes pálido. Pero cuando esa voz lo pronuncia —clara, urgente, cercana— algo en mí se contrae como un músculo largo tiempo dormido.
Me giro. Él está allí. No puedo ver su rostro con claridad —está bañado en la luz dura que entra por una columna rota, convertido en una silueta contra el resplandor— pero reconozco su estatura, la forma de sus hombros, el modo en que sostiene el brazo izquierdo, ligeramente doblado, como si protegiera algo.
—Merit —dice de nuevo, y ahora hay algo en su voz que no estaba antes: temor. Un temor profundo, antiguo, el temor de quien sabe que algo está a punto de terminar—. Ya vienen. Tenemos que irnos.
Algo estalla fuera del templo. Un grito. Luego otro. El sonido de piedra que cae, de vidrio —no, no vidrio, faenza, cerámica— estrellándose contra el suelo. El ritual se detiene. Las voces se elevan, se agitan, se convierten en caos. Alguien corre. Alguien llora. Yo permanezco donde estoy, el amuleto de Isis ardiendo contra mi piel como un carbón vivo, y miro a ese hombre —ese hombre cuyo nombre no recuerdo pero cuyo rostro debería recordar, debe estar ahí, en alguna parte de mi memoria— y digo:
—No podemos dejarles solos.
Él me toma del brazo. Sus dedos son fuertes, urgentes, y siento cómo sus uñas se hunden en mi carne a través de la tela delgada.
—Merit, por todos los dioses. Si te quedas, morirás.
Y entonces lo veo. No con claridad —nunca con claridad, los sueños son así, mezquinos con los detalles— pero lo suficiente: sus ojos. Oscuros. Intensos. Marcados en las comisuras por líneas finas que hablan de risas pasadas, de preocupaciones presentes. Ojos que conozco mejor que los míos propios.
—No, el Naos, Thutmose, la estatua sagrada… —digo, y el nombre surge de mi garganta como algo vivo, algo que ha estado creciendo allí durante siglos—. No puedo irme. Si profanan el santuario, el Ma'at se romperá. El orden del mundo...
—¡El mundo ya se está rompiendo, Merit! —me interrumpe él, sacudiéndome.
A través de la luz polvorienta, veo por fin el pánico en sus ojos negros, delineados con kohl que ahora se corre mezclado con su sudor. Su mano libre se aferra a la empuñadura de un jabalí de bronce en su cinturón. No es un soldado; es un escriba, sacertote, un hombre de templos, y ver un arma en sus manos me hiela la sangre más que el tumulto exterior.
Un estallido de aire caliente y asfixiante invade el pasillo. El olor dulce del incienso kyphi es sofocado súbitamente por el olor acre del fuego, de aceite de linaza ardiendo y carne quemada. Las cortinas de lino lacio que resguardaban la penumbra del dios se encienden en segundos, convirtiéndose en sábanas de fuego flotantes.