Ankh

Capítulo 5- La marca

Vuelve dos días después, y es un hombre diferente.

O quizás es el mismo hombre, pero algo en él se ha desplazado, como un mueble reorganizado en una habitación familiar. Lleva una maleta negra de cuero desgastado que no había traído antes, y bajo el brazo, una carpeta manila abultada con papeles. Sus ojos —esos ojos café desgastado— tienen ahora un brillo que no reconocí la primera vez, o que tal vez estaba ahí y yo no supe verlo: el brillo de alguien que ha encontrado un problema que no puede resolver, y que por esa misma razón no puede dejarlo ir.

—Disculpe las horas señorita Vance—dice, y su voz suena amistosa, sin ese tinte frío de profesionalismo que debe tener.—Técnicamente mi turno acabó hace un rato, pero sabía que si me iba a casa, aunque tengo una biblioteca con volúmenes bastante interesantes para sumergirse en una lectura, realmente no podría hacerlo y me quedaría mirando hacia el techo.—Entonces se quita la gabardina y la cuelga en el perchero detrás de la puerta con una lentitud casi ceremonial— He estado pensando mucho en su caso, es realmente interesante. ¿Ha notado alguna molestia en alguna de las áreas donde le indiqué que aparentemente tendría cicatrices?

—El pecho, un poco— mi teoría era que después de la revelación del doctor y del sueño que he tenido, he empezado a ser hipocondriaca, ya que el dolor que siento no parece uno causado por un accidente, sino por la incisión hecha con una hoja afilada, es decir, el mismo sueño que tuve.— Pero es manejable, igual que el resto del cuerpo — miento— solo hay algo, extraño—me acomodo mejor en la cama— verá doctor, tengo una marca de nacimiento, que mi cabeza dice que he tenido toda la vida, pero, en esta ocasión tengo la sensación de que por vez primera arde,está caliente como cuando marcan a un caballo para que no se pierda.

—Necesito examinar esa marca —dice sin preámbulos, colocando la maleta sobre la silla junto a la cama—. Con más detalle de lo que me describe usted.

Abro la boca para rehusarme, aunque ambos sabemos que necesito respuestas. El ankh en mi cadera ha estado caliente desde que desperté, un calor constante y bajo como el de una piedra que ha absorbido el sol durante horas. Lo he estado tocando en secreto, comprobando que sigue ahí, que no fue producto del trauma craneal o de los analgésicos. Que es real.

—¿Por qué? —pregunto, aunque la pregunta es retórica. Quiero oírlo decirlo.

Reyes abre la maleta. Extrae instrumentos que reconozco vagamente: una lente de aumento, pinzas de biopsia en paquetes estériles, tubos de colección, guantes de látex que crujen cuando se los pone. Sus manos —largas, con nudillos prominentes, el anillo de plata en el dedo anular derecho— se mueven con la eficiencia de quien ha realizado este ritual miles de veces, en salas de autopsia iluminadas con luces demasiado brillantes, frente a cuerpos que ya no pueden responder.

—Es por esto que estoy aquí, para averiguarlo —dice, ajustando una lámpara portátil que conecta a un enchufe cerca de la cama—. Nada de usted encaja, señorita Vance. Y en mi experiencia, cuando algo no encaja, generalmente es porque estamos usando las herramientas equivocadas, o mirando el problema desde el ángulo equivocado.

La luz se enciende. Un haz blanco, concentrado, que convierte mi habitación de hospital en algo parecido a un teatro: él en el escenario, yo en el centro, todo lo demás reducido a sombras periféricas.

—Necesito que se quite la bata hospitalaria de la cintura para abajo —dice, y su voz es clínica, profesional, pero hay algo en la manera en que evita mi mirada que me dice que esta parte le incomoda más de lo que admite—. Solo del lado izquierdo. Puede cubrirse con la sábana.

Lo hago. La tela del camisón se corre, la sábana forma una barrera precaria sobre mi muslo derecho, y el ankh queda expuesto a la luz blanca, oscuro contra mi piel, la cruz con su lazo superior perfecto en su simetría. Reyes se inclina. El cilindro con lentes aumentados se posa a centímetros de mi piel, y yo siento su respiración, regular y controlada, contra mi cadera.

—No se mueva —murmura, y es la primera vez que le oigo murmurar algo.

Los minutos pasan. Él examina. Mueve la lámpara a diferentes ángulos. Cambia de lente en el cilindro. Sus dedos —cubiertos de látex amarillento— tocan los bordes del ankh con una delicadeza que contrasta con su constitución física, como si temiera dañar algo precioso.

—La pigmentación —dice finalmente, levantando la vista— no está en la epidermis. Está en la dermis reticular. Capas profundas. Y no es tinta.

—Claramente, pero tengo la creencia de que tampoco es una marca de nacimiento normal como lo podría ser un lunar. — lo miro a los ojos —¿Qué es, entonces?

—Melanina. Su propia melanina, reorganizada. Como una... —busca la palabra, la encuentra, la prueba con cautela— como una cicatriz pigmentada. Pero las cicatrices no forman patrones. Y ciertamente no forman símbolos perfectos.

Apaga la lámpara. Se quita los guantes con un chasquido seco, los deposita en una bolsa de residuos clínicos que se encuentra en la esquina de la habitación. Se sienta en la silla, y por primera vez desde que entró, me mira directamente a los ojos.

—He tomado muestras de tejido de cadáveres con marcas similares —dice, y la frase cae entre nosotros con el peso de una confesión. No me gusta que mencione esa palabra como si yo estuviera muerta y mi consciencia en el limbo—. Cinco, quizás seis en diez años de práctica. Siempre las atribuí a... artefactos del proceso de conservación. A errores en la documentación. A mi propia imaginación, buscando patrones donde no los hay por los libros que tenía mi padre. Ya sabe, creencias de niño que lo acompañan a uno en la adultez.

—Pero ahora no.

—Pero ahora no —confirma. Sus manos descansan sobre sus rodillas, y noto que el anillo de plata gira ligeramente alrededor de su dedo, un gesto inconsciente, repetitivo—. Porque usted está viva. Y la marca está viva con usted. Y tiene...



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En el texto hay: misterio, historia, historia amor

Editado: 16.09.2026

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