Ankh

Capítulo 6- Fragmentos de memoria

Ha pasado mes y medio desde el accidente, y claramente sigo en el hospital, he debido hacer terapia física como movilizaciones para evitar la pérdida muscular «el músculo de hoy es la salud de mañana».

A veces hago unas cortas caminatas por la habitación intentando mantener el equilibrio, y a mi mente vienen recuerdos de cruzar ríos por los bosques, usando troncos como puentes para llegar a la otra orilla. Me pregunto si son mis propios recuerdos o algo que he visto en la televisión.

Mi hermana solo ha venido dos veces, mis padres al parecer murieron hace un año, la verdad aún no recuerdo muchas cosas, entre esas, el duelo que viví por ellos.

Mientras intento recordar algo de mi familia, la fisioterapeuta —una mujer ancha con manos que podrían doblar metal— entra a la habitación y me deja una cesta de lana antes de irse. Es parte de la terapia ocupacional, dice. Movimiento fino de los dedos, coordinación, algo que hacer con las manos además de escribir en ese cuaderno que ya tiene más páginas llenas que vacías.

—Teje algo —dice, colocando la cesta en la mesita—. No importa qué. Solo mueve los dedos.

Se marcha. El cuarto vuelve a su silencio habitual: el zumbido del aire acondicionado, el pitido distante de algún monitor en otro pasillo, la luz gris entrando por las persianas en un ángulo que no ha cambiado desde noviembre.

Cojo un ovillo. Azul oscuro, grueso, la clase de lana que usarías para un suéter que pretende ser práctico más que bonito. Las agujas —de plástico, las puntas redondeadas como si temieran que pudiera hacerme daño con ellas— están clavadas en el ovillo como espadas en una piedra.

Las saco. Enhebro la lana. Y entonces mis manos empiezan a moverse.

No es que decidan moverse. Es que se mueven solas, con una precisión que me deja sin aliento, como si alguien hubiera conectado cables a mis muñecas y estuviera operando mis dedos desde otra habitación. La lana fluye entre las agujas. Punto derecho, punto revés, un patrón que se complica con cada fila —no el simple punto de principiante que haría cualquiera que nunca ha tejido, sino algo intrincado, algo que requiere contar hileras, alternar tensiones, crear texturas que emergen del tejido como relieves en un mapa.

Tejo durante veinte minutos sin parar. Sin pensar. Mis dedos conocen este lenguaje mejor que mis labios conocen el español. Cuando finalmente miro lo que he hecho, hay una sección de tela —quizás quince centímetros cuadrados— con un patrón de espigas que nunca he visto en mi vida, perfecto en su simetría, denso y cálido entre mis manos.

La fisioterapeuta vuelve para recoger la cesta. Se detiene en la puerta. Mira el tejido. Mira mis manos. Mira el tejido otra vez.

—¿Dónde aprendiste a tejer así? —pregunta, y su voz tiene ese tono particular de quien está viendo algo que no encaja con su imagen de ti.

—No lo sé —digo, y es la verdad más pura que he pronunciado durante varias semanas.

Ella frunce el ceño, recoge la cesta sin decir nada más, y se marcha. Yo me quedo con el tejido entre las manos, acariciando la textura de esas espigas que mis dedos crearon sin que mi cerebro les diera instrucciones, y una pregunta crece en mi garganta, ácida e incontestable: si puedo tejer así, ¿quién me enseñó? ¿Y por qué recuerdo el cómo pero no el quién?

La respuesta llega dos días después, de la manera más improbable.

Un empleado de mantenimiento entra a arreglar el grifo del lavabo, que gotea con la persistencia monótona de alguien contando segundos. Trae herramientas, trapeadores, el palo de un trapeador viejo que apoya contra la pared mientras trabaja. Cuando termina, recoge sus cosas, se va, y se olvida del palo.

Queda ahí, apoyado contra la pared, un tubo de aluminio de un metro veinte aproximadamente, ligeramente curvado por el uso.

Me levanto de la cama —mis fracturas ya permiten movimientos cautelosos— y camino hasta él. Lo cojo. Es ligero, hueco, el tipo de objeto que ni siquiera notarías en circunstancias normales.

Mis manos lo notan.

Antes de que pueda procesar lo que está ocurriendo, mi cuerpo ha cambiado. El peso se desplaza a la pierna trasera. La mano derecha agarra el palo con un giro específico —el pulgar por encima, los demás dedos cerrados en un puño ajustado— y la izquierda se extiende para equilibrar, palma hacia abajo, los dedos ligeramente separados. Es una postura. Una postura de combate. La postura de alguien que ha sostenido una espada miles de veces, en condiciones donde soltarla significaba morir.

Ejecuto un movimiento. Una estocada hacia adelante, el palo extendido en línea recta desde mi hombro, seguida de un giro del torso que lleva el arma imaginaria en un arco horizontal, deteniéndose exactamente donde el cuello de un adversario estaría.

Me quedo paralizada, el palo todavía en mis manos, el corazón golpeando contra mis costillas como si intentara escapar. No hay memoria emocional adjunta a este movimiento. No siento miedo, ni rabia, ni el vértigo de la batalla. Solo conozco, con la certeza absoluta de mis músculos, que esto es correcto. Que esta es la manera de empuñar una hoja larga. Que este es el ángulo exacto para cortar una garganta.Y luego, después del pico de adrenalina: dolor, mucho dolor.

Dejo el palo en el suelo como si estuviera caliente. Regreso a la cama temblando, no debí excederme, y además algo profundo sucede en mí: la disociación entre saber y sentir. Mi cuerpo recuerda cómo matar. Mi corazón no recuerda por qué, o a quién, o si alguna vez fue necesario. ¿Seré acaso una asesina de profesión?

Esa noche, en la cafetería del hospital —me han dado permiso para bajar, acompañada de una enfermera joven, una hora al día— y allí obtengo una respuesta.

Estoy comiendo una manzana. Es una manzana Red Delicious, la clase de manzana que existe para ser bonita más que para ser sabrosa, con una piel roja tan brillante que parece pintada. Muerdo. Mastico. Y entonces el conocimiento llega, no como un recuerdo sino como un hecho presentado sobre una bandeja: las semillas de manzana contienen amigdalina. La amigdalina, al contacto con enzimas digestivas, libera cianuro de hidrógeno. Cien semillas trituradas, mezcladas con agua tibia y dejadas reposar doce horas, producen suficiente cianuro para matar a un hombre adulto en menos de diez minutos.



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En el texto hay: misterio, historia, historia amor

Editado: 16.09.2026

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