Ankharis Sangre Inmortal

13.-El Darse Cuenta de Todo-.

Habíamos estado bailando el uno dentro del otro desde hacía horas. Desde que la vi moverse en aquella cabaña como una odalisca encarnada en carne viva, su cuerpo marcando ritmos que no sabía que conocía, como si bailara con la historia. Como si todo mi ser la esperara a ella. Y cuando me dejó entrar, cuando su cuerpo me permitió ser parte de él, me sentí como si el universo me hubiera elegido para custodiar un secreto sagrado.

El momento del anudamiento llegó como una tormenta contenida demasiado tiempo. Mis caderas temblaban, mi vientre ardía, mi pecho cantaba. La tomé. Con fuerza. Con ternura. Con miedo. El mundo se contrajo, y todo lo que era, lo que fui, lo que podía ser, se volcó dentro de ella. Se vertió como una plegaria, como una promesa viva que no podía romperse.

Era yo quien la rodeaba. Quien se aferraba con fuerza. La inmovilizaba, sí, pero no por castigo, sino por necesidad.

La anudé.

Y esperé.

Pero no sentí el eco.

No sentí su alma cerrarse alrededor de la mía. No sentí el lazo completar el círculo.

Sentí su espalda contra mi pecho. Su respiración suave, pero desconectada. La tensión en su nuca. El modo en que no se rendía, sino que simplemente… permanecía.

No hablaba. No me susurraba palabras como otras veces. No me tocaba con devoción, ni con juego. Estaba ahí. Eso era todo. Presente. Pero lejana.

Mi anudamiento, el instinto más profundo de un Ankhari, había sido rechazado. No físicamente. No con violencia. Sino con un silencio que me heló por dentro.

—Medb… —susurré contra su oreja, como buscando su alma en la piel.

Ella no respondió.

El anudamiento seguía latiendo en mí. Como un nudo sagrado, sí, pero también como una trampa. Algo instintivo. Algo animal. Algo que no fue pactado.

Ella no me anudó.

Me estremecí.

Había cruzado una línea.

Mi cuerpo, empujado por el celo de ella, la había reclamado sin permiso. Y ahora la sostenía con un lazo que no era mutuo. Había hecho algo que juré no hacer: imponer.

Sentí su resistencia en la piel, en la falta de eco. En la tensión de su espalda. En el silencio que se mantuvo entre nosotros después. Una distancia fría.

El anudamiento era más que sexo. Era más que conexión. Era entrega.

Los cuerpos se preparaban solos. Las glándulas del sexo inflamaban el sello. El cuerpo se expandía. El alma descendía.

Pero solo cuando ambas mitades se ofrecían.

Si solo uno lo hacía… el sello era incompleto. Una fusión unilateral. Una grieta con forma de amor.

Mi garganta emitió un sonido bajo, un gruñido apagado por la culpa.

Mi sexo aún palpitaba, inflamado por la unión, por la memoria química. Pero mi alma… se sentía vacía. Tan vacía como cuando ella se alejó por mas de ocho años.

Intenté mover mis brazos, buscar su rostro, pero estaba fundido a ella. Atrapado en la biología sagrada del vínculo. En la urgencia de mi sangre. Atrapado, sí… y solo.

El silencio comenzó a volverse ruido. Comencé a ver la escena desde fuera. Mi cuerpo encima del suyo, mi voz suplicante, mi piel contra la suya. Todo parecía correcto, pero algo estaba roto.

Y entonces, como si su espíritu decidiera hablar por fin, la oí.

No fue un susurro. No fue un gemido. Fue una orden. Un filo. Una maldición pronunciada en una lengua que creía olvidada.

—Šzp.n.i Ka (suéltame Ka) —dijo

Mi sangre se detuvo. No por el nombre. No por la lengua. Sino porque entendí, al oírlo, que lo había dicho antes. Que esa voz, esa entonación, ese tono quebrado y brutal… no era nuevo.

Mi corazón golpeó mis costillas como si quisiera escapar. Un eco se encendió en mi cráneo. Un nombre perdido. Un desierto calcinado. Un fuego antiguo. Un altar. Un grito.

No podía moverme. Estaba anudado. Mi cuerpo aún temblaba dentro de ella. Pero mi mente se arrastró por siglos.

Ka.

Era mi nombre.

O lo había sido.

No entendía. No del todo. Pero algo se abrió. Algo se quebró. El cuerpo de Medb seguía inmóvil, aún húmedo, aún latiendo contra el mío. Pero su alma ya no estaba aquí.

Se había ido hacia otro tiempo. Y me había dejado atrás.

Y cuando me llamó Ka, no fue con amor. Fue con esa voz hueca que uno usa para invocar a un demonio del pasado.

No quería poseerla. Quería rendirme a ella. Quería ser elegido.

Pero el instinto había hablado más fuerte. Y el pasado… también.

Había usado mi poder para marcarla. Como antes usé mi corona, mis decretos, mi fuerza.

¿Y ahora?

¿Qué quedaba?

Solo esto: la certeza de que lo que habíamos sellado era falso. Un nudo torcido. Una historia no cerrada. Y la necesidad urgente, desesperada… de ganarme su entrega.

Esta vez… de verdad.

...

—Šzp.n.i Ka —dijo

Esa frase no fue una palabra lanzada al aire. Fue una daga que me abrió por dentro. Una detonación contenida por siglos. No fue Medb quien la pronunció. No solo. Fue Merneith. Fue mi reina. Fue mi hermana. Fue mi esposa. Fue mi asesina.

Y fui yo.

Ka.

No sabía en qué parte de mí había estado escondido ese nombre. No en mi lengua, ni en mi piel. En los huesos. En la sangre más vieja que portaba. Y ahora, al oírla, lo supe.

La imagen me golpeó sin aviso: arena ardiente, templos dorados, una cama cubierta de lino manchado de aceite y sangre. Y ella, encima de mí, mirándome a los ojos mientras su mano levantaba la daga.

No entendí de inmediato si era una memoria o una visión. Pero el dolor que la siguió me convenció de que era real. No el dolor físico —ese se va, se regenera, se olvida— sino el del alma. El de la traición que no sabías que cometiste, y que vuelve a ti como una justicia sin nombre.

Había amado a Medb desde que la conocí, aunque lo había negado.. Pero lo que sentía ahora por ella... era más antiguo. Más profundo. Más cruel. Era una forma de amor que no entendía. Una mezcla de devoción, terror y redención.

Me vi a mí mismo con su nombre en los labios. Vi mi antiguo rostro. Más oscuro, más orgulloso. Un joven rey coronado de cicatrices invisibles. Y vi mi caída. Vi su cuerpo junto al mío, envueltos en llamas.




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