Ankharis Sangre Inmortal

14.-Memorias de Ka-.

Éramos niños la primera vez que compartimos el agua. El Nilo nos envolvía como una madre, y ella, Merneith, se deslizaba como un pez dorado a mi alrededor. Su risa era un laúd enloquecido. Nadábamos a escondidas de nuestro padre. Yo, hijo bastardo de Iry-Hor. Ella, su hija legítima. Pero en el agua, éramos iguales. En el agua, éramos eternos.

Un día la miré y dije:

—Cuando sea Faraón, serás mía.

Ella rió, salpicándome.

—¿Y si soy yo quien lleva la corona?

Entonces me enamoré.

La primera vez que maté por ella fue en el desierto. Tenía doce años. Un sirviente del templo la había insultado. No con palabras. Con la mirada. Lo tomé y le abrí la garganta sin vacilar.

Ella me miró lavándome en silencio. No preguntó. Sólo se quitó el manto y se arrodilló ante mí.

—Eres mi guardián —susurró.

Y yo lo creí.

Nos cortamos la palma sobre la piedra de los ancestros. Ella puso su sangre sobre la mía y dijo:

—Ni los dioses podrán separarnos.

La besé. Era la primera vez.

Y la última vez que dudé de su amor.

Maté a nuestro padre con veneno de loto. Lento, indetectable. Él se resistía a abdicar. Se aferraba al poder como un niño a una madre muerta.

Ella lloró cuando murió. Pensé que era por pena. Luego entendí: era por mí. Porque ya no era su hermano. Ni su Ka. Era Faraón. Era otra cosa. Algo más oscuro.

...

No podía explicarle que deseaba vencer a la muerte. Porque la muerte… la muerte era la única cosa que podía quitarme a Merneith. Por eso hicimos el ritual para la vida eterna.

Con nuestros hijos fallamos. Sólo se salvó uno. El fuego devoró a los otros dos. Ella gritaba. Yo no podía mirarla.

Necesitaba más herederos. Al principio eran parte de una necesidad de prolongar mi linaje. Pero luego fue deseo. Capricho. Dolor. Las esclavas me miraban con miedo y fascinación. Ninguna me dio lo que Merneith me negaba: su perdón.

La noche de nuestra muerte la amé como un dios caído. Ella me besó como si me perdonara. Me ató. Me vendó. Me untó de aceite y de esperanza.

Cuando la daga entró en mi pecho, sonreí. Pensé que era parte del rito. Algo nuevo. Algo más. Hasta que vi sus ojos. Y no había amor. Sólo justicia.

Grité su nombre, pero ya era tarde.

...

Ella no dijo nada. Aún no. Pero sus silencios hablaban con más fuerza que sus palabras.

Yo la vi irse.

No con la mirada de un amante despechado, ni con la rabia de un macho rechazado. La vi con los ojos del niño que fui, del hijo moldeado para obedecer, del monstruo al que se le enseñó a poseer antes que a preguntar.

Y esta vez, entendí.

El sonido de la ruptura me quedó en los huesos: no fue solo físico. El desgarramiento fue simbólico. Fue el fin de algo que no sabía que aún podía romperse entre nosotros. Y sin embargo, ahí estaba, sangrando en la piel y en el aire.

Me quedé quieto. No por miedo. Por respeto. Por el eco brutal de lo que habíamos cruzado sin darnos cuenta.

La escuché respirar fuerte, más desde el alma que desde el cuerpo. Y sentí, con una certeza milenaria, que la había perdido otra vez.

No había notado su negativa. O no quise notarla. La costumbre de tenerla cerca, la certeza de su deseo, el rastro de siglos… todo me cegó. Me hizo suponer. Y el deseo, ese deseo atávico, me ganó.

Pero yo no soy Ka. No quiero serlo.

—Medb… —murmuré, sabiendo que ese ya no era su nombre para mí.

Ella no volteó. No necesitaba hacerlo. Su cuerpo hablaba más que mil palabras. Su espalda recta. Su pelo despeinado. El temblor en sus dedos mientras se lavaba.

Cada gesto era un límite.

Cada silencio, una frontera que no debía volver a cruzar.

El olor a sangre mezclado con el agua me rompió.

Quise hablar. Pedir perdón. Decir que no lo hice por ego, sino por amor. Por la nostalgia de cuando aún creía que ella me pertenecía.

Pero el amor no se impone. El amor no anuda sin consentimiento.

Cuando dijo "no me toques", supe que no era una advertencia: era una sentencia.

No supe cuándo me levanté. Cuándo recogí la ropa. Cuándo salí al bosque.

Solo sé que me alejé. Como un cachorro perdido. Como Ka, el faraón, derrotado.

Como un hombre que, por primera vez, entendía que la inmortalidad no era suficiente si uno olvida cómo ser humano.

Esa noche, entre los árboles, lloré. No por ella. Por mí.

Por todo lo que fui. Por todo lo que juré no repetir. Y por haber fallado… justo con la única que alguna vez me amó más allá del tiempo.

Yo sabía que ella también recordaba.

Sabía que ambos llevábamos milenios arrastrando el mismo crimen.

Yo la había destruido antes. Pero ahora… ¿podía salvarla?

No lo sabía.

Sólo sabía que no me alejaría.

Y que si el fuego tenía que venir otra vez… esta vez lo esperaría de pie.

Cada vez que cerraba los ojos, el pasado me devoraba más hondo. Como si la mención de aquel nombre —Ka— hubiera abierto un portal. Y por él, los siglos caminaban hacia mí con los pies desnudos y ensangrentados.

Era de noche cuando recibí la corona. No en una ceremonia sagrada, sino en una sala manchada por el sudor del veneno. Los sumos sacerdotes no querían estar allí. Neth me observaba desde la penumbra, con la túnica blanca anudada al pecho, la cabeza afeitada, el collar de esmeraldas de su madre sobre el cuello. Me coronaron mientras el cuerpo de nuestro padre aún ardía en la pira funeraria.

Yo no lloré.

Ella sí.

Y cuando me acerqué, con el oro aún caliente sobre mi frente, me dijo:

—Ka, te amo. Pero este no es el camino que soñamos.

Le tomé la cara entre las manos. Le dije:

—El poder es el único camino para no perderte jamás.

Esa noche dormimos juntos por primera vez en los aposentos reales.

Reinamos juntos. Al principio. Ella con su voz serena, su sabiduría política. Yo con mi puño firme. Eramos la flor y la lanza. Me consultaba cada ley. Yo le mostraba cada decreto. Dormíamos poco, pero siempre uno junto al otro. Construimos jardines colgantes para que pudiera recoger sus flores favoritas. Levantamos un pequeño templo solo para nuestros hijos, donde el pueblo les dejaba ofrendas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.