Ankharis Sangre Inmortal

16.-Buscando el Perdón-.

La vi irse.

Ni el viento se atrevió a seguirla.

Cada paso que dio fue un juicio. Cada palabra, una cicatriz. No la detuve. No podía. No debía.

No después de lo que hice.

El anudamiento no fue un acto de amor. Fue hambre. Fue mandato ancestral. Fue Ka.

Me quedé solo en la cama , con las manos temblando, con el corazón latiendo como tambor de guerra. No podía moverme. No debía moverme. Era castigo. Era penitencia.

Caí de rodillas.

El cuerpo me pesaba más que nunca. No por el cansancio, sino por la vergüenza. La vi mirarme y no ver a Bogdan. Vi cómo se cerraban todas las puertas que alguna vez me había abierto. Vi su rabia, su furia milenaria. Y en el fondo… su dolor.

—Te anudé… sin permiso —susurré al aire, como si ella aún pudiera escucharme—. Te fallé. Otra vez.

No fue sólo Medb. Fue Merneith.

Los recuerdos se repitieron como lluvia ácida. Las primeras veces. Las noches en las dunas. Las risas. El incesto ritualizado. La corona compartida. Y luego, el ansia. El poder. La inmortalidad. Las concubinas. Los hijos muertos. Los cuerpos partidos. Las promesas rotas.

Y entre todo eso… ella. Siempre ella.

Mi hermana. Mi reina. Mi mitad.

Me toqué el pecho. El nudo estaba ahí. Vibraba. Latía como si tuviera voluntad propia. Yo la había unido a mí, pero ella… no me había sellado. No me había aceptado. No esta vez.

¿Y cómo podía pedirlo?

Ella no era una hembra cualquiera. Era la que cuidó los cuerpos de mis hijos mientras yo paría imperios de hueso. Era la que recogía los restos de las que no me dieron descendencia mientras yo buscaba nuevos úteros con desesperación.

Era la que me perdonó tantas veces… hasta que dejó de hacerlo.

Pensé en su voz cuando dijo mi nombre antiguo.

Ka.

No fue una súplica. No fue una caricia. Fue una sentencia. Una exhumación.

Me llamó Ka para que recordara quién era. Para que entendiera que lo que hice… no fue accidente. Fue repetición. Fue legado. Fue historia.

Y esa historia, ella ya no estaba dispuesta a cargarla.

...

Caminé dentro del bosque hasta que la noche cayó.

Miré el cielo. Las estrellas eran las mismas que nos vieron nacer. Las mismas que me vieron fallarle.

—No me sueltes del todo —le susurré al vacío—. Dame la oportunidad de ser algo nuevo. De ser digno.

Pero el viento no respondió. Y tal vez, esa era la respuesta.

No volví al pueblo.

Pasé la noche en el bosque, sin moverme, sin comer, sin pensar más allá del dolor en el centro del pecho. El anudamiento palpitaba aún, como un corazón ajeno. No podía quitármelo. Y no podía acercarme. No mientras ella no me viera.

No mientras viera a Ka en mí.

Me fui al amanecer. Crucé las fronteras del territorio sin avisar, sin mirar atrás. Tomé una de las rutas antiguas, de las que sólo los perdidos recordamos. Pasé días sin rumbo. Días convertido en silencio.

A los bordes del mundo, donde nadie me reconociera. Ni como Alfa. Ni como hombre. Ni como monstruo.

No fueron meses aunque me lo parecieron. Sólo tres días. Tres días sin rumbo. Tres días convertido en silencio.

Dormí al raso. Me lavé en agua de río. No hablé con nadie. No deseé nada.

Sólo pensé en ella.

Me asenté en una cabaña olvidada. El lugar no tenía agua caliente. No tenía espejos. Me gustaba así.

Cada mañana me bañaba en el río helado. Cada noche dormía sobre tierra dura. Ayuné, dejando que el cuerpo se vaciara.

Quería sentir algo más que deseo. Quería entender de verdad lo que era merecerla.

No como reina. No como madre. No como hembra. Como persona. Como ser eterno que había sobrevivido a todos, a la que había dañado por el deseo de perpetuarme.

Me preguntaba si ella también pensaba en mí. Me preguntaba si recordaba las veces que la abracé después de nuestras batallas. Si recordaba cuando tallé su nombre en las piedras del Valle. Si aún sentía el peso de nuestro idioma antiguo en los labios.

Me llamaba Ka. Pero mi nombre ya no significaba lo mismo.

No intentaría convencerla.

Me convertiría en alguien que no tuviera que pedir perdón.

Me convertiría en alguien digno de su furia, de su historia, de su memoria.

Y si el destino decide que jamás me perdone…

Que al menos me recuerde distinto.

No como Ka.

Sino como el hombre que quiso romper el ciclo. El que entendió, por fin, que el amor… no se exige.

Se gana.

¿Y si me odiaba? ¿Y si no había vuelta atrás? ¿Y si cada paso que daba en su dirección era un eco del hombre que fui?

No me importaba.

Podía odiarme. Podía desterrarme. Podía arrastrarme como a un perro. Y aun así, volvería. Porque no sabía vivir lejos de su centro. Porque no era solo deseo lo que me ataba. Era devoción.

No buscaba ser perdonado. Solo quería que me viera.

Que supiera que me duele. Que entiendo. Que aunque no pueda cambiar lo que hice, puedo cargarlo.

En esos tres días pensé en todo.

Cómo mirarla sin hacerla retroceder. Cómo hablarle sin que mi voz suene como la de Ka. Cómo respirar sin despertarle el pasado.

Y si eso significaba limpiar su puerta con las manos. Dormir fuera de su cabaña como bestia sin amo. Si eso implicaba obedecer su rabia. Su desprecio. Su silencio.

Lo haría.

Porque la elegí con la médula. No como mujer. Como destino.

...

El tercer día, regresé.

No me anuncié. No toqué puertas. Solo volví a cruzar el bosque y me senté frente a su cabaña, en la sombra.

No sabía si ella saldría. No sabía si me hablaría. Pero estaba dispuesto a quedarme ahí. Todo el tiempo que hiciera falta.

Podía tratarme como un animal. Pero aún así, estaría ahí. Porque mi lugar era a sus pies.

No por humillación.

Sino por lealtad.

Y cuando al fin la vi salir, no dije una palabra.

Solo la seguí.

A una distancia prudente. Siempre detrás. Como un cachorro perdido que busca el camino de regreso a casa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.