Ankharis Sangre Inmortal

17.-Explicaciones-.

El silencio tenía filo esa mañana.

Había dormido tres horas, lo justo para seguir respirando. Me vestí con calma, como siempre. El cuero negro del pantalón se pegaba a mis muslos como una segunda piel, la camisa de color claro y escote amplio contrastaba con mi gesto calculado. No era vanidad. Era armadura.

Cuando entré al salón del consejo, las luces colgaban bajas. El aroma a café mezclado con notas de canela daba la bienvenida. Algunos ya estaban sentados. Deirdre repasaba informes. Lugh dormitaba sobre su puño cerrado. Pietro se arreglaba el cuello de la camisa con una teatralidad que sólo él podía hacer parecer natural. Blanche tenía una copa con algo rosado en la mano y una sonrisa en el rostro.

Yo tomé mi lugar sin saludar. Frank llegó después. Senan ya estaba ahí, como siempre, observando sin parpadear. Brígid conversaba bajo con Giovanni. Brónach leía en voz baja. Alexander hojeaba papeles que probablemente no entendía del todo. Darragh no decía nada, como siempre. Bogdan no estaba.

Y todos lo sabían.

Y la ausencia pesaba más que cualquier presencia.

No me afectó. O eso fingí. Crucé las piernas con elegancia, apoyé las manos sobre la mesa. Quise parecer tan ligera como el aire. La misma Medb de siempre: contenida, filosa, invulnerable.

No habían pasado ni cinco minutos cuando la pregunta salió. Lo hizo Giovanni. Claro que fue él. Con esa voz mesurada, educada, inofensiva:

—¿Alguien ha visto a Bogdan? —preguntó Giovanni, la voz suave, como una piedra lanzada al agua de madrugada.

Todos giraron hacia mí. Obvio. ¿A quién más mirarían?

Sonreí. No era una sonrisa amable. Era afilada como vidrio.

—¿Bogdan? —dije, con tono despreocupado— No sé de quién hablan. No lo conozco.

La frase cayó como piedra en el estanque. Nada se movió. Ningún sonido. Ninguna mueca. El aire se congeló. Ni un chasquido. Ni un sorbo de café. Nada.

Pietro rompió el silencio con su teatralidad habitual. Se puso de pie, se aclaró la garganta. Sus labios se torcieron en su clásica sonrisa impía, la que usaba cuando la tensión se podía cortar con cuchillo.y extendió la mano como si presentara un espectáculo de variedades.

—Y con ustedes… —dijo, alzando una mano como si presentara un espectáculo— el nuevo capítulo de nuestra telenovela: la heroína pierde la memoria.

Ni Blanche rió. Y eso ya decía demasiado.

Las risas estaban rotas. Como yo.

Me incliné hacia el centro de la mesa. Clavé los codos con fuerza. Mis palabras salieron más frías que el acero del lago en invierno.

—El problema, Pietro, no es que la haya perdido. El problema… es que la he recuperado.

Un murmullo se deslizó por la sala. Pero no fue escándalo. Fue incomprensión. Fue respeto. Fue terror.

Me mantuve erguida. Podía sentir las miradas. Senan no parpadeaba. Deirdre bajó la vista. Alexander parecía contener la respiración. Frank apretó los labios. Nadie tenía valor para preguntar lo obvio: ¿qué demonios estaba pasando?

Decidí regalarles la verdad. O al menos un trozo de ella. Lo suficiente para mantener el equilibrio y evitar que mi máscara se agrietara más de la cuenta.

Mirándolo a los ojos me dirigí a Senan. Él, como siempre, parecía haber estado esperando ese momento. Sus ojos grises me miraron con la profundidad de quien ha visto demasiadas vidas pasar.

—Senan. Necesito que recopiles mis memorias. Desde el principio. Desde antes de llamarme Medb. Desde que fui Merneith. Desde que el mundo aún no sabía pronunciar mi nombre.

Senan asintió… pero esta vez, preguntó.

—¿Qué ocurrió, Medb? ¿Qué viste exactamente? Nadie ha entendido nada.

Los ojos de todos se clavaron en mí. Algunos, preocupados. Otros, confundidos. Blanche entrecerró los ojos como si sospechara. Darragh tenía las manos apretadas sobre las rodillas. Pietro, más sobrio que nunca, se sentó sin un gesto.

—No lo anudé —dije. Mi voz no tembló, pero se quebró algo en mi pecho—. Al menos, eso creí. Pero fue él quien me anudó. Yo… no lo hice. No respondí. Porque algo estaba mal. Porque no era él. Era Ka.

El nombre quedó flotando. No en el aire. En sus memorias.

—¿Ka? —repitió Deirdre con incredulidad.

—¿El mismo de las leyendas egipcias? —susurró Lugh, como si no quisiera escuchar su propia voz.

—No son leyendas —intervino Blanche, despacio—. Las leyendas son los recuerdos que se niegan a morir.

—¡¿Entonces es real?! —saltó Giovanni, empujando su silla hacia atrás—. ¿Ka vive en Bogdan? ¿Él es…?

—No es él —interrumpí con firmeza—. Es Bogdan. Pero una parte de Ka está viva. Una memoria. Un eco. Y cuando me anudó sin mi voluntad, cuando me inmovilizó, cuando me anudó… algo se rompió. Algo despertó.

Frank no se movía. Ni siquiera parpadeaba.

—¿Te obligó? —preguntó, su voz como un cuchillo mal envainado.

—No —dije—. No en ese sentido. Pero el cuerpo… el cuerpo no responde antes que la mente. Y yo estaba confundida. Sentí el amor y el odio mezclados. Fue una violación emocional. Un retorno. Una herida reabierta desde dentro.

Brígid se levantó y se acercó lentamente. Se detuvo a mi lado, sin tocarme.

—¿Y ahora qué eres, Medb? —preguntó, en voz baja.

—Soy todas las que he sido. Y ninguna. Por eso necesito a Senan. Necesito ordenar. Recordar. No quiero que esta historia se repita. Ni aquí, ni en mí.

—¿Y él? —dijo Blanche— ¿Qué harás con él?

Miré hacia la ventana. El lago estaba quieto. Como el dolor cuando se hunde, profundo, silencioso.

—No lo sé —confesé—. No puedo odiarlo. No puedo amarlo. Estoy partida.

Entonces Senan, con su voz de piedra gastada por el tiempo, me pidió que hablara. No para él. No para el consejo. Sino para mí.

Respiré hondo, y me puse de pie. Mis ojos no estaban rotos. Estaban lúcidos. Dolidos, sí. Pero enteros. Como si el tiempo me hubiera devuelto a mí misma.

—Nací con otro nombre —dijo—. Merneith. Hija de Iry-Hor, faraón del Alto Egipto. Crecí entre templos, arenas calientes y muros escritos en oro. Tenía un hermano. Ka. El más brillante. El más ambicioso. El más oscuro.




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