Ankharis Sangre Inmortal

18.-Dolor y Sumisión-.

—Yo no entiendo nada —dijo Lugh.

Y por una vez, no se lo dije, pero lo entendía. Perfectamente. No porque tuviera las respuestas, sino porque el desconcierto pesaba más que la gravedad. Como una sábana húmeda sobre nuestras cabezas.

Estábamos todos aún en la sala del consejo. Los sillones aún cálidos por los cuerpos. Las tazas con restos de infusiones tibias. La silla de Medb vacía. Aún olía a ella. A madera quemada, a incienso antiguo, a algo sagrado y roto a la vez.

Me crucé de brazos. Había hablado. Había dicho que no lo conocía. Que no conocía a Bogdan. Y luego… luego confesó. Una historia que ningún dramaturgo se atrevería a escribir. Porque sonaba real. Porque dolía.

—Quizás lo es para ella —susurró Brígid.

—¿Y para nosotros? —preguntó Lugh, sin malicia.

Miré alrededor. Deirdre, callada. Brónach, tiesa. Darragh parecía haber sido tallado en sal. Giovanni no pestañeaba. Blanche, rígida como una reina sin corona.

—No sé si importa lo que entendamos —dije, al fin—. Esto no es una lección. No es una historia para interpretar. Esto… es memoria viva.

Frank frunció el ceño. El pobre bastión de lo pragmático. Todo lo que no podía resolverse con estrategia o combate lo dejaba sin suelo.

—Lo dijo tan tranquila —repitió Lugh—. Como si fuera normal. Como si haber amado a su hermano, haber gobernado un reino y luego inmolarse fuera parte de la rutina.

—Quizás lo es —dije yo esta vez—. Para alguien que ha vivido tantas vidas. Quizás eso es lo más aterrador. No que lo haya dicho. Sino que… lo haya sobrevivido.

Brígid ladeó la cabeza, como si esas palabras pesaran demasiado.

—¿Sobrevivir así es vivir? —susurró.

—No lo sé —admití.

Blanche exhaló fuerte, como si se quitara el corsé del alma.

—La memoria —dijo— es como un río. Podemos intentar contenerla, desviarla, embalsarla. Pero al final… siempre encuentra una forma de fluir. Y arrastra todo con ella.

—¿Y nosotros qué somos? —preguntó Brónach—. ¿Las piedras en el cauce? ¿Las ramas flotantes?

—Quizás —musité—. Quizás sólo somos testigos. Los cronistas de un mito que aún no termina.

Frank se irguió, cansado de tanto lenguaje figurado.

—Yo solo quiero saber qué hacemos ahora. Si ella está fragmentada, si él está ausente, si algo antiguo habita dentro de ambos… ¿cómo seguimos?

El silencio se espesó. No por falta de ideas. Sino porque todas las ideas conducían al mismo abismo: la incertidumbre.

—Esperamos —dijo Blanche.

—¿Esperamos qué? —respondió Giovanni.

—Que ella vuelva —intervino Brígid—. Que Senan la ayude. Que encuentre sus propias palabras. Esta historia es de ella.

—Y de Bogdan —dijo Deirdre, como quien recuerda la otra mitad del sueño.

—Sí —asentí—. Y de él. Pero no podemos escribir la conclusión antes de que despierten del todo.

Me puse de pie. Caminé hasta la ventana. El lago reflejaba una luna aún temblorosa. Afuera, todo parecía igual. Pero sabíamos que no lo era.

—Quiero decir algo más —agregué, sin mirar atrás—. Si llega el día en que debamos elegir entre protegerla a ella… o al recuerdo de lo que fue…

—La protegeremos a ella —completó Blanche, sin vacilar.

Me giré. La miré. Todos los demás también. Esa fue la decisión que no votamos. Que no escribimos en actas. Pero que sellamos con el silencio.

—Entonces —suspiró Darragh— dejamos que el agua fluya.

—Sí —dije—. Que el río corra solo. Y que nos lleve donde deba llevarnos.

Nadie sonrió. Nadie brindó. Nadie lloró.

Pero esa noche, cada uno de nosotros se fue a dormir con un nudo distinto en la garganta. Y aunque no lo dijimos… todos sabíamos que algo, en el fondo del cauce, estaba a punto de emerger.

...

Fueron tres días.

Tres días de no dormir. De caminar el bosque. De hablar conmigo mismo en voz alta. De rasgar la tierra con las uñas y esperar que ella pudiera sentirlo desde su cabaña.

Pensé en dejarlo todo. En marcharme. En buscar un exilio que me castigara de forma justa.

Pero ella no me pidió distancia. Me la impuso con el silencio. Y por primera vez… obedecí sin resistirme.

Fui hasta la cabaña. No toqué la puerta. Me arrodillé frente a ella. La frente contra la madera. Los brazos a los lados.

Como un perro perdido. Como lo que era: un macho sin brújula.

Esa noche no salió.

Al día siguiente, volví al consejo.

Las caras me esperaban como cuchillos.

—¿Dónde estabas? —preguntó Blanche, sin suavidad.

—Decidiendo —respondí—. Cómo pedirle perdón.

—¿A quién? —preguntó Pietro.

—A ella —dije, y por primera vez en milenios, usé el apodo que le dí—. A mi… Neth.

Senan giró lentamente la cabeza. Algunos entendieron. Otros lo sintieron.

No respondí más. Me senté. Cumplí con mi deber.

Y al caer la noche, volví a su puerta. Me acurruqué contra el umbral. No pedí entrada. No exigí nada.

Así lo hice cada noche.

Y lo seguiría haciendo.

Hasta que decidiera que podía mirarme otra vez.…

...

Bogdan me seguía a todas partes.

Primero pensé que se cansaría. Que su orgullo lo frenaría. Que al menos tendría la decencia de conservar algo de dignidad.

No. No la tenía. No con respecto a mí.

Me seguía por los pasillos. Me esperaba afuera de la arena. Caminaba a diez pasos de distancia cuando iba a las reuniones del consejo. Dormía sobre mi alfombra exterior como si no le importara quién lo viera.

No dije nada los primeros días. Ni una palabra. Respondía con silencio, con una mirada ausente, con los hombros erguidos como si nada me tocara. Pero mentía. Cada vez que lo veía, una parte de mí quería gritar. Otra, tocarlo. Y la más traicionera de todas... perdonarlo.

Me dolía su quietud. Me perturbaba su devoción. Porque ya lo conocía. Ese no era el Ka que recordaba. Era otro. Más humano. Más roto. Más sincero.

Tres momentos quedaron grabados como esquirlas:




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