Ankharis Sangre Inmortal

19.-Humillación-.

La humillación de Bogdan comenzó una mañana en la arena, durante los entrenamientos de los jóvenes. Me acerqué a él y le dije en voz alta:

—Tú. Saca las armas. Vas a servir de blanco.

No me miró a los ojos. Solo asintió y obedeció. Se arrodilló en el centro, sin camiseta, la espalda expuesta a todos. Uno por uno, los betas practicaron lanzamientos. Piedras. Pesas. Palos. Nada grave, nada letal. Solo repetitivo. Solo humillante.

—Más fuerte —les dije. —Aún respira.

No dijo nada. Ni un gesto. Ni una súplica. Cuando terminó, su espalda estaba llena de moretones y pequeños cortes.

—Límpialos tú mismo. Eres un semental, ¿no? Cuida tu carne.

Él asintió.

—Me lo merezco.

La siguiente vez fue en el Consejo.

Yo estaba sentada. Él de pie, como siempre, detrás de mí. Pietro hizo un chiste, y alguien insinuó que Bogdan había sido un hombre peligroso en la cama.

—Peligroso no. Un bruto, sin control —dije yo, sin siquiera mirarlo—. Como un animal sin correa. Ya está domesticado, sin embargo.

Risas incómodas. Nadie dijo nada.

—¿Tienes algo que decir? —le pregunté, girando al fin mi rostro hacia él.

—No. Me lo merezco.

La siguiente vez fue en el río.

Yo me estaba bañando. Él apareció al borde del agua, como siempre. Esperando. Observando sin acercarse.

—Si vas a verme, al menos sirve para algo. Limpia mis botas. Están llenas de barro.

—Sí, mi reina —dijo. Se arrodilló. Lavó mis botas con el agua del río, con las manos. Me las colocó con cuidado, sin tocar mi piel.

—No me llames así. No lo mereces.

—Lo sé. No lo merezco.

Y la siguiente vez…

La siguiente vez lloré.

Sola. Después de haberlo azotado con palabras. Después de haberlo humillado ante los demás.

Lloré porque nada de eso me daba paz.

Lloré porque aún lo amaba. Y eso era la mayor traición.

Porque lo que hizo, lo que permitió que despertara en mí, lo que desató con su instinto y su antiguo nombre, no se podía callar con rituales, ni castigos, ni obediencia.

—Te odio —le dije una noche, al verlo acostarse afuera, bajo la lluvia.

—Lo sé —respondió—. Y aún así, aquí estaré.

—¿No tienes orgullo?

—Lo perdí contigo. Todo lo que me queda es esto. Esperarte.

Y entonces, supe que no iba a detenerse.

Pero yo tampoco iba a ceder.

No todavía.

No mientras lo recordara con los ojos de Merneith.

Y esos ojos… aún estaban abiertos.

Me seguía el recuerdo de su voz, no sus pasos. Porque Medb ya no me hablaba.

Y sin embargo, ahí estaba yo, siguiendo su sombra como si fuera mi única luz.

Dormía en su umbral. Comía lo justo. Hablaba sólo cuando se me preguntaba. Y cada vez que me humillaba, no decía nada. Porque lo merecía. Porque lo sabía. Porque no había redención suficiente para lo que hice.

Pero aún así, me quedaba.

Porque amarla, incluso desde el lodo, era mejor que estar lejos.

La primera vez que lo entendí fue en la arena.

Ella me miró y dijo:

—Tú. Saca las armas. Vas a servir de blanco.

Asentí. No por obediencia, sino por penitencia.

Me arrodillé en el centro. Esperé. Escuché las risas. Sentí los golpes. No dolían como su silencio.

—Más fuerte —ordenó—. Aún respira.

Y cuando todo terminó, con la espalda abierta como un mapa de arrepentimiento, ella dijo:

—Límpialos tú mismo. Eres un semental, ¿no? Cuida tu carne.

—Me lo merezco —dije. Porque era verdad.

Y por dentro, me desangraba.

Llovía. El barro me cubría. Tenía frío. Pero no me moví.

Ella salió. Me miró.

—Te odio —me dijo.

—Lo sé —respondí. —Y aún así, aquí estaré.

—¿No tienes orgullo?

—Lo perdí contigo. Todo lo que me queda es esto. Esperarte.

Y la verdad era esa. Ya no era el alfa, el guerrero, el Sekhem. Era un hombre que había fallado. Y lo único que podía hacer era aguantar.

Porque si había algo que aprendí en todos mis siglos de vida, era esto:

El perdón no se exige. Se merece. Se gana. Se suplica con actos.

Y si ella nunca me perdonaba, al menos sabría que no me rendí.

Nunca.

La sala del consejo estaba más silenciosa de lo habitual. Todos sabían lo que ocurría afuera. Sabían lo que Bogdan hacía cada noche. Lo que Medb permitía. Lo que aún no decía.

Pietro, sentado con una pierna sobre la otra, levantó la vista y, con ese tono descarado que usaba para enmascarar la verdad, soltó:

—Medb, mi reina de hielo, ¿hasta cuándo vamos a seguir viendo este espectáculo? El cachorro triste en la puerta. Tú entrando como si no lo vieras. Esto ya no es drama, es teatro absurdo.

Medb lo miró con calma. No parpadeó.

—Hasta que mi furia se apague.

El silencio fue inmediato. Pero no duró.

—¿Y cuánto dura una furia como la tuya? —preguntó Blanche, entrecruzando los dedos.

—Depende —respondió Medb—. ¿Cuánto dura una traición?

—¿Fue traición o fue ignorancia? —dijo Senan, sin ironía, con la voz grave—. ¿Lo odias o no lo entiendes?

—Ambas. Y ninguna. No me pregunten si no están dispuestos a escuchar lo que arde —murmuró Medb.

—Yo creo que lo estás matando lentamente —dijo Brígid, su voz cargada de compasión—. No sé si eso te alivia o te envenena.

—Lo único que me alivia —dijo Medb, levantando la barbilla— es que aún puedo elegir cómo responder al pasado.

Darragh, con los brazos cruzados, suspiró:

—El pasado no cambia por castigo. Sólo cambia si lo enfrentamos.

—Y si no lo enfrentamos, nos entierra —agregó Deirdre, firme.

—¿Y tú, Lugh? —preguntó Pietro, girándose hacia él.

El joven alzó las cejas.

—Yo no entiendo nada. Pero si me preguntan, a mí me duele verlo ahí. Y me duele verla a ella así. Eso.

Todos miraron a Medb de nuevo. Ella respiró hondo, se sostuvo el rostro con una mano, y dijo:

—No estoy lista. No sé si alguna vez lo estaré.




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