Lilou no recordaba exactamente cuándo fue la primera vez que sintió el deseo como una descarga eléctrica recorriéndole el cuerpo… hasta que la vio.
Fue durante una de esas fiestas absurdas en Berceau.
Había música, cuerpos en movimiento, vino derramándose sobre labios sedientos. Y entre todo eso, ella apareció.
Medb.
No como la líder distante que imaginaba, sino como un fuego sólido en el centro de todos. Vestía de negro y plata, como si fuera suya la lógica de los colores. La piel bronceada, sin una sola joya. El cabello recogido en una trenza alta. Su rostro no expresaba dulzura. Era poder. Era pasado. Era mandato.
Lilou no respiró. No parpadeó. No pestañeó. Sintió que algo le desgarraba el pecho. Algo visceral. Antiguo.
No fue amor, o eso pensó. Fue deseo. Puro. Crudo. Inequívoco.
—¿Quién es ella? —preguntó a Pietro.
—¿Tú nunca has oído hablar de Medb? —se rió él—. Nuestra Alfa Sekhem, reina del hielo y del fuego. A veces ambas a la vez.
Lilou no escuchó el resto. Estaba hipnotizada.
La vio bailar con Bogdan. Luego vio cómo Bogdan, ese dios bruto que tantos querían poseer, se le arrodillaba. La reclamaba. Como suya.
Lilou sintió una punzada en la garganta.
No por celos. Sino por reconocimiento.
—Ella es mía —dijo en voz baja, para sí misma—. Solo que aún no lo sabe.
Esa noche no durmió. Pensó en los movimientos de Medb. En la forma en que sus ojos se clavaban en los cuerpos como si pudiera poseerlos sin tocarlos. En cómo no necesitaba hablar para ser escuchada.
Lilou, que siempre había conquistado con risas, piel y perfume, entendió que con Medb necesitaría otra estrategia.
Y así nació su plan para quedarse en Cróga.
Primero, ciudadanía. Luego, reputación. Y por último… oportunidad.
No era estúpida. Sabía que Bogdan estaba entre ella y Medb. Pero también sabía algo más: lo que ella deseaba, era suyo.
Y ahora deseaba a Medb.
…
¡Por fin!
Dos años. Dos jodidos años de papeleo, entrevistas, pruebas de lengua (como si no supiera pronunciar Cróga con la lengua y con el cuerpo) y miradas sospechosas. Dos años soportando reglas, cuestionarios, y lo peor: el silencio burocrático de los viejos del consejo.
—Pero, cherie, tú no necesitas ciudadanía, eres la hija del Alfa del Clan Berceau —me decían. Como si eso me bastara. Como si eso fuera suficiente para que me dejaran jugar en serio.
Pero yo no quería mirar desde afuera. Yo quería estar adentro. Comer con ellos. Dormir con ellos. Follar con ellos. Y no ser “la invitada diplomática que no puede tocar nada porque su papi se ofende”.
Y ahora…
¡Ahora era ciudadana!
Legal. Oficial. Y peligrosamente libre.
—Madame Lilou de Létang, ciudadana de Cróga —me repetí al espejo con una sonrisa de fuego—. Escóndanse todos. Llegó el huracán.
No me interesaban sus cultivos comunitarios ni su respeto por la madera. No me importaban las reglas que prohibían hoteles, ni las casas reciclables. ¡Qué aburrimiento!
Yo venía de la costa, de fiestas con máscaras de oro, de yates flotando sobre el deseo, de orgías bañadas en vino blanco. Mi mundo era la opulencia, el escándalo, el roce.
Pero ahora… tenía una misión.
Mi padre quería nietos.
Y bueno… no era una petición. Era un decreto.
—El linaje necesita avanzar, mi flor —me había dicho en la última llamada, con su tono de rey viejo que aún cree en el destino.
—¿Y si no quiero hijos?
—Entonces no eres digna de mi trono.
¡Drama, drama, drama!
Pero me encantaba. Y aunque lo negara en voz alta, la idea de parir algo más que placer no me molestaba tanto… si era con el semental adecuado.
Y yo ya tenía uno en mente.
…
La mañana en Cróga era tan limpia que irritaba. A Lilou le molestaba el aire puro como a otros les molesta el humo de cigarro. El cielo, azul y sin interrupciones, se le antojaba una provocación.
—Bonjour, chéris —murmuró para sí, arrastrando una maleta de diseño con más estilo que funcionalidad.
Cróga la recibía como un gato callejero recibe a un gato de pedigree: con una mezcla de indiferencia y sospecha. Pero a ella no le importaba. Llevaba dos años insistiendo, presionando a su padre —el Alfa de Berceau—, asistiendo a reuniones, participando en eventos comunitarios absurdos como si fuera una más. Al final, le dieron la ciudadanía.
Una medalla invisible colgaba de su cuello mientras cruzaba la plaza principal. Había ganado. Había logrado meterse en la ciudadela de los austeros, los éticos, los comunitarios... Qué aburrición. Ella prefería el mundo. Las ciudades. Las luces. Las fiestas en burdeles de lujo. Pero su padre quería un nieto. Y como era su única hija, el peso de la descendencia había caído con toda su fuerza sobre su vientre sin estrenar.
—Quiero verte con el Alfa Líder. O con el semental —le había dicho su padre, en tono solemne. Lilou había rodado los ojos.
—Quiero un heredero, Lilou. Y tú harás lo necesario.
Lo necesario, claro. Por eso había ideado la cama de titanio en el Chateau. Porque si iba a hacer lo que su padre quería, al menos lo haría a su manera. Con estilo. Con seguridad. Y sin romperse las caderas. Ella había sido promotora y artífice del rapto de Bogdan en Francia, lo había encadenado a la cama, pero aun así no había quedado encinta.
Instalada en una de las casas adaptadas para nuevos ciudadanos, Lilou tardó tres días en dejar todo decorado a su gusto. Alfombras orientales, luces suaves, espejos redondos, cuadros modernos, perfumes esparcidos por todas partes. Transformó el lugar en un oasis de hedonismo personal.
El cuarto principal tenía un altar de cosméticos y velas que parecían diseñadas para invocar a dioses del placer. Y en el centro, la cama. Forrada en cuero negro. Altamente resistente. De diseño industrial. Ella la había encargado a un artesano de Cróga con instrucciones específicas: soportar 800 kilos, incluir ganchos para sujeción y movimiento, y tener una base insonorizada. Por si acaso.
#740 en Fantasía
#446 en Personajes sobrenaturales
#3204 en Novela romántica
erotica celos pasion romance, amor celos ruptura deseo erotismo, hombres lobo modernos
Editado: 09.02.2026