Ankharis Sangre Inmortal

21.-Los Planes de Lilou-.

Su primera vez en la Casa Comunal había música tribal, demasiados cuerpos sueltos y una vibra de culto moderno. Cróga tenía sus cosas. Aunque todos fueran serios y estables, en esas fiestas se desataban como salvajes. A Lilou le encantaba mirar. Mirar era su poder. Y esa noche lo usó.

Llegó con un vestido rojo de satén. Ajustado, con espalda descubierta y una raja que llegaba hasta el muslo. Su cabello, rubio como trigo dorado, caía en ondas perfectas. Los ojos delineados, los labios carmesí. No era sutil. Nunca lo había sido.

Entró como si pisara la pasarela de París.

Y todos la miraron.

En los días que siguieron, fue vista paseando con Lugh, riendo con Pietro, susurrando con Darragh. Se integró a las rutinas del pueblo con la misma energía con que una actriz se integra a una nueva serie. Iba a la arena, visitaba la editorial, se aparecía en la Casa de Té. Todos la conocían. Todos hablaban de ella.

No tardó en instalar su fama.

La francesa. La rubia. La provocadora.

Pero lo que nadie sabía era que Lilou estaba haciendo cálculos. No solo sobre como enamorar a Medb, sino con quién concebir. Porque sí, quería libertad. Pero también tenía un mandato. Y aunque su útero estuviera subordinado al consejo —como el de toda hembra fértil en Cróga—, Lilou sabía manejar el poder desde las sombras.

Y su cama reforzada estaba lista.

Lilou se sentó en la terraza de la Casa de Té, con las piernas cruzadas como una reina sin trono, observando el pueblo como si fuera un tablero de ajedrez. Era una tarde de cielo gris, con aroma a menta y pasto húmedo. De fondo, el canto de los pájaros y el eco lejano de una risa infantil. Cróga parecía pintado a mano. Un pueblo ideal. Irreal.

—Un decorado de postal —murmuró, revolviendo su té con una cucharilla plateada.

No estaba sola. Frente a ella, Deirdre hojeaba unos documentos con concentración, como si la burocracia fuera un arte sagrado. Lilou bostezó.

—¿Te das cuenta de que todo en este pueblo parece diseñado para que uno se vuelva monótono y aburrido?

Deirdre alzó una ceja.

—No todos buscan el caos como tú, Lilou.

—El caos es creatividad. El orden... es muerte —sentenció.

—Tú y Pietro harían buena pareja, solo que él sí sabe cuándo callarse.

Lilou rió.

—No estoy aquí para hacer pareja. Estoy aquí para hacer historia.

Y eso era cierto. Porque Lilou, debajo del perfume, la seda y la frivolidad, tenía un plan. Uno claro, concreto y con plazos. Quería engendrar descendencia. Quería darle un nieto a su padre. Pero no uno cualquiera. Quería un hijo fuerte. Bello. Inolvidable. Un legado.

Y para eso, necesitaba un semental.

Lo vio entrenar dos días después. Bogdan. El famoso. El reservado. El alfa sin sonrisa. Estaba en la arena, sudoroso, poderoso, golpeando a otro Alfa como si ambos fueran titanes de leyenda.

Lilou se apoyó en la baranda con una expresión impasible. Dentro, su cuerpo vibraba. No de deseo. De propósito.

—Él —susurró.

A su lado, Blanche apareció sin que la llamaran. La mujer era como un gato negro: elegante, silenciosa y demasiado perceptiva.

—Él no es fácil —dijo sin saludar.

—Nada bueno lo es —respondió Lilou.

—Ya tiene su historia...

—Todos la tenemos. Yo también vengo con cicatrices. Sólo que las escondo debajo de Chanel.

Blanche sonrió, y se marchó.

...

Lilou lo abordó sin rodeos, luego de una clase de danza.

—Necesito hablar contigo. En privado.

—Estoy ocupado —dijo Bogdan, sin mirarla siquiera.

Lilou se acercó, tan cerca que su perfume la envolvió como un lazo invisible.

—Yo no —le susurró—. Y si tú supieras lo que yo tengo para ofrecer... dejarías de fingir que no te interesa.

Bogdan la miró por primera vez. Sus ojos eran fuego antiguo.

—No estoy buscando nada.

—Yo tampoco —sonrió Lilou—. Estoy ofreciendo.

Me gustan los imposibles.

Los hombres heridos. Los que cargan con siglos de silencio. Los que aún sangran por mujeres que ya no los miran.

Me gustan porque son duros, fríos y peligrosos.

Pero sobre todo, porque creen que no pueden volver a arder.

Y yo… yo me especializo en incendiar lo que otros abandonan.

...

A Bogdan lo vi por primera vez herido cuando lo arrastraron al suelo del consejo, hace más de dos años.

Y lo seguí viendo después, en silencio, durmiendo en la puerta de Medb como un cachorro empapado. Y luego siguiéndola. Y luego cayendo. Y luego quedándose quieto.

Ya no la perseguía.

Pero tampoco se iba.

Yo no sentí pena. Sentí hambre.

Porque todo eso, ese silencio callado, esa furia en los huesos que no estalla, era exactamente lo que me gusta: un dios en ruinas.

Lo encontré una tarde en el borde del lago, cortando leña.

No por necesidad. Nadie en Cróga necesita partir troncos con los dientes apretados.

Pero él lo hacía igual. Como si la madera fuera una excusa para no pensar.

Me acerqué sin miedo.

—¿No te cansas de actuar como bestia domesticada?

No me miró. Ni una palabra.

Golpeó otro tronco. La madera crujió.

—Qué lástima… —dije, dejando que el viento levantara mi falda hasta los muslos—. Pensé que los hombres con historia tenían mejores modales.

Esta vez sí me miró. Solo un segundo. Un destello dorado en los ojos, apenas visible bajo la sombra de las cejas.

—Vete.

—¿Y si no quiero?

—No eres lo que busco.

Sonreí.

—Nadie busca lo que necesita. Solo lo que desea. Y tú, querido… estás vacío. De amor, sí. Pero no de deseo.

Pasaron días.

Lo siguiente fue una serie de juegos. Encuentros casuales en pasillos, comentarios insinuantes, ropa ajustada en los días más fríos. Lilou sabía manejar la tensión como una arpista sabia. Tocaba las cuerdas invisibles de la atracción sin romperlas nunca.

Y un día, la vio observarla. Desde lejos. Mientras ella salía del lago con un vestido blanco mojado y el cabello recogido. Lo sintió. El pulso del deseo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.