Ankharis Sangre Inmortal

22.-Juegos Amorosos-.

Esa noche no dormí.

No porque la deseara (aunque la deseaba). Sino porque esa sonrisa me hizo entender algo: Medb estaba despertando.

No de su duelo con Bogdan. Sino de sí misma. De esa reina egipcia sepultada en siglos de silencios y cicatrices.

Así que elevé mi juego.

Pasé por su cabaña a dejarle jabones artesanales. Uno de miel, otro de salvia, otro con aroma a fuego.

Comencé a entrenar más cerca de ella. A perder a propósito en luchas cuerpo a cuerpo. A ganar cuando nadie lo esperaba.

Le escribí un poema. Uno corto. Libre de cursilería. Decía:

"Si la piedra arde, no la toques. Pero si la piedra tiembla, quédate."

Lo dejé bajo su taza una mañana.

No me lo devolvió.

Pero lo vi en su escritorio tres días después.

Algunos empezaron a especular. Otros a advertirme.

Giovanni me miraba como si supiera que yo estaba bailando sobre brasas.

Senan, al cruzarme, simplemente dijo:

—No despiertes a la esfinge si no sabes sus acertijos, niña.

Pero yo ya estaba adentro.

No de ella. Aún. Pero sí de su órbita.

Y el corazón de una mujer poderosa se conquista primero desde el borde.

La última vez que coincidimos en una reunión, me senté frente a ella.

Al final, cuando todos se retiraban, dejé caer un comentario casual:

Ella me miró.

—¿Sabías que las llamas no consumen todo igual? Hay cuerpos que arden y otros que sobreviven.

—¿Y tú cuál eres?

Me acerqué hasta que nuestras rodillas casi se tocaron.

—Yo soy la que prende la cerilla.

Así que mientras trabajaba en seducir a Medb y a Bogdan, también visitaba a Senan. Leía sobre genética. Hablaba con Pietro sobre las fiestas antiguas. Le escribía cartas a su padre detallando sus avances y mentiras decoradas. Entrenaba con Brígid. Se hacía ver. Se hacía querer. Se hacía imprescindible.

Y cada noche dormía sola en su cama reforzada, esperando el momento exacto para usarla.

Pensó en Bogdan.

Hermoso. Sufrido. Devoto. Desesperado.

Y tan ciego de amor que ninguna jugada lo haría volverse hacia ella. No importaban los bailes, los roces o incluso las noches compartidas. Él era un perro viejo, atado a su ama. Nunca cambiaría.

Pero sus hijos…

Lilou cerró los ojos, imaginando.

Uno de ellos tenía sus ojos, decían. Otro, el carácter. Había uno que adoraba la música. Otro que cuidaba de los archivos del pueblo. Todos eran jóvenes aún, pero no tanto como para no saber qué era el deseo. Y ella podía enseñarles mucho más.

—Voy a elegir al más hermoso —musitó, riendo por lo bajo—. Al más fuerte. Al más indomable. Voy a hacer que me mire como si yo fuera un sol en medio de su cielo. Y cuando lo haga… voy a fundirme en él.

Era por desafío. Por legado.

Porque si Medb tenía un pueblo, y Bogdan tenía una descendencia, ella también quería plantar algo en ese suelo fértil.

Una historia. Un escándalo. Un linaje, quizás.

Porque cuando el futuro llegue, quería asegurarse de que una parte de Cróga tuviera el descaro, el fuego y la sonrisa impía de Lilou.

Y para eso, solo necesitaba el heredero adecuado…

...

La tarde cayó sobre Cróga con ese tono dorado que sólo la estación intermedia traía.

Lilou paseaba entre los senderos empedrados que serpenteaban cerca del lago. Llevaba un vestido suelto, color crema, que se adhería a su cuerpo con la brisa. Sabía que la mirada de los locales no la intimidaba; al contrario, la alimentaba. Era parte de su lenguaje.

Ese día no buscaba a Medb. Había aprendido a dosificar su presencia ante la Alfa. Pero en cambio, buscaba… posibilidades.

Lo vio junto al agua, agachado sobre unas plantas que parecían endémicas. Era alto, más delgado que su padre, con el cabello recogido en una trenza oscura y unos ojos ámbar idénticos a los de Bogdan. Pero había en su rostro algo más… más tranquilo. Más curioso. No era un guerrero. Era un observador.

Lilou se acercó sin hacer ruido.

—¿Eso se come o se admira? —preguntó desde atrás, inclinando un poco la cabeza para mirarlo.

El joven se sobresaltó levemente, pero no con miedo. Se giró y la miró sin hablar.

—Depende —respondió al fin, con voz suave—. Algunas plantas hacen ambas cosas. Pero esta —señaló con cuidado— puede matarte si la preparas mal.

Lilou se agachó junto a él, sin importarle ensuciar la tela del vestido.

—Interesante. Como algunas personas, ¿no? —dijo, y lo miró con intención.

Él no pareció incomodarse. Sólo sonrió.

—¿Tú eres Lilou? La hija del Alfa del Clan de los Acantilados.

—Depende de quién pregunte. Si eres un botánico en busca de compañía, sí. Si eres un fiscal, no sé de qué hablas.

Él rió. Y fue una risa honesta.

—Me llamo Malik —dijo.

Lilou ladeó la cabeza. Malik. Un nombre suave para una presencia firme.

—¿Y tú qué haces aquí, Malik, aparte de domesticar hierbas peligrosas?

—Evito las fiestas. Me aburren. Prefiero los silencios largos. Y los buenos enigmas —la miró directamente a los ojos—. Como tú.

Lilou sintió el cosquilleo en la nuca. No estaba acostumbrada a que la leyera tan pronto. Tampoco a que no intentaran impresionarla de inmediato. Malik no necesitaba impresionar. Había nacido con algo que no se podía fabricar: misterio genuino.

—Me gusta ese tono —dijo ella—. Tal vez deba dejarme envenenar un poco por ti.

Malik sonrió apenas.

—O aprender a preparar el antídoto justo a tiempo.

Lilou se echó a reír, musical y descarada. Y por dentro, supo que lo había encontrado.

No era el más fuerte. No era el más dominante.

Pero era el que la iba a recordar siempre.

Y eso, para Lilou… era más que suficiente para empezar.

...

El momento llegó durante la Fiesta del Solsticio. Cróga se vestía de oro y humo, el aire olía a canela, sudor y madera quemada. Las antorchas iluminaban los senderos hacia la Casa Comunal. La música era tribal, con tambores y flautas que imitaban jadeos. Todos estaban exaltados. Incluso los que solían esconder sus pulsos.




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