Decían que Medb iba a ver a Giovanni cada cuatro semanas.
No era un secreto. Tampoco un escándalo. Era, simplemente… un hecho.
Como si sus visitas al río o sus silencios en el consejo tuvieran el mismo valor. Pero no lo tenían.
Porque Giovanni era cuerpo. Y yo… yo quería ser mente, piel y memoria. Quería ocuparla entera.
No fue difícil averiguar cuándo sería la siguiente visita. Uno de los aprendices de curación mencionó algo al pasar.
—Giovanni pidió el ungüento de resina dos días antes que la vez anterior... Debe ser por la visita de Medb.
Yo sonreí.
No por placer. Sino porque el tablero se había movido.
Esa noche me vestí de gris plomo, como los cielos que anuncian tormenta. Nada que destacara a simple vista. Pero el corte del vestido dejaba el cuello libre, y la espalda al viento.
Fui a la arena.
No porque necesitara entrenar. Sino porque necesitaba ocupar el mismo espacio que ella, antes de que fuera de otro.
Cuando la vi llegar, me contuve.
Venía con ese paso decidido, el que usan los reyes cuando aún no han declarado la guerra, pero ya eligieron al enemigo. Llevaba una trenza apretada. Y las botas embarradas. No venía de su cabaña. Venía del bosque.
—Hola, reina—le dije en voz baja, mientras pasaba a su lado.
No respondió. Pero la vi girar la cabeza dos pasos después.
Y entonces apareció él.
Giovanni.
Tan perfecto. Esos ojos que siempre parecían haber llorado, aunque jamás lo hiciera.
Llevaba una herida fresca en el antebrazo.
Medb lo miró, él asintió. Y comenzaron a caminar juntos hacia el ala sur.
Yo me permití seguirlos. A distancia prudente. No como una sombra. Sino como una tormenta que aún no llega.
Ellos entraron a una de las salas de entrenamiento cerradas.
Yo me quedé afuera. Esperando.
Pasaron quince minutos. Luego veinte.
Y justo cuando me giraba para irme, la puerta se abrió.
Fue Giovanni quien salió primero. Sudado. Irritado. Y con la mandíbula tensa.
Me miró como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
—¿Te interesa verla o destruirla?
—¿No pueden ser ambas?
—Lilou, no juegues a ser loba cuando naciste princesa.
—¿Y tú juegas a ser su consuelo cuando siempre serás su intermedio?
Eso lo tocó.
Se acercó. Demasiado.
—Tú no sabes nada de ella.
—Sé que la amas.
—Y tú no.
—No. Yo la deseo. Y eso me hace más peligrosa que tú.
Giovanni frunció el ceño.
—¿Por qué no te buscas otro juguete, francesa?
—Porque ella no es un juguete. Es el incendio. Y tú… tú eres el balde de agua cada cuatro semanas. Pero no apagas nada, Giovanni. Solo la haces hervir.
Medb salió en ese momento.
Estaba seria. Pero no molesta.
Caminó entre los dos como si no hubiéramos estado a punto de arrancarnos la piel. Como si la tensión no le ardiera en los brazos.
Yo la seguí con la mirada.
Ella no dijo nada.
Pero sonrió. No a mí. No a Giovanni.
A sí misma.
Como quien sabe que está a punto de provocar un desastre.
Más tarde, Giovanni vino a buscarme.
—No te metas —dijo—. Medb no está lista.
—¿Y tú sí?
—Yo no necesito estar listo. Solo estar.
—Yo no soy como tú, Giovanni.
—Lo sé. Tú juegas con fuego. Yo solo trato de no apagarla.
Esa noche no dormí.
No por celos. Sino por rabia.
Porque él tenía su cuerpo.
Y yo… aún no tenía ni su sombra.
Así que hice lo que una mujer como yo hace mejor.
Le escribí.
Un sobre blanco. Sin perfume. Solo una frase.
"Cuando quieras incendiarlo todo, ven a buscarme. Yo ya tengo el fósforo."
Lo dejé en su escritorio del consejo.
Y me fui.
Sin mirar atrás. Pero deseando que, por primera vez… ella lo hiciera.
…
Lilou no era tonta. Ni impulsiva. Su estilo podía parecer desinhibido, pero todo en ella respondía a una estrategia.
Y Medb era su próximo objetivo.
Sabía que para acercarse a ella no bastaba con exhibirse ni coquetear. Medb no reaccionaba ante la provocación vulgar. Así que diseñó un acercamiento en tres fases.
Fase uno: Integración simbólica.
Se aseguró de participar en cada proyecto social, cultural y ceremonial que tocara de cerca al consejo. Se convirtió en habitual de las reuniones abiertas, de las ferias comunales, del mantenimiento de las viviendas BNB. Se hizo útil. Ruidosa, sí, pero necesaria. Cada sonrisa que repartía iba acompañada de una propuesta útil, de una solución práctica.
Cuando Pietro la apodó en broma "la embajadora del caos organizado", ella le guiñó un ojo y agradeció el título.
Sabía que Medb la estaba observando.
Fase dos: Simetría emocional.
En las horas donde el consejo no sesionaba, Lilou frecuentaba los espacios donde Medb solía moverse. No hablaba con ella. No la enfrentaba. Solo compartía el espacio. De lejos. Como una igual. Nunca la buscó directamente. Pero sí se hizo notar.
Una vez, en una fogata pequeña en el bosque, cantó una canción francesa antigua. Medb no la miró. Pero no se fue.
Y Lilou supo que la había escuchado.
Fase tres: La grieta.
Lilou había crecido entre políticos. Sabía que el poder se infiltraba en las grietas. Así que esperó. Y cuando Bogdan comenzó a alejarse de Medb, cuando los silencios se hicieron más largos, cuando la rabia reemplazó el deseo… ella lo supo.
Era el momento.
Durante una lluvia de primavera, Lilou se acercó a ella en la arena vacía. No dijo nada. Solo le tendió una toalla y se sentó junto a ella.
—No vine a consolarte —murmuró—. Vine a recordarte que el mundo no se acaba por un Sekhem.
Medb no respondió. Pero tampoco se fue.
Fue entonces cuando Lilou comprendió algo aún más profundo:
Ella no solo deseaba a Medb. Quería marcarla. Quería ser parte de su historia. No como rival, no como amante fugaz. Sino como legado.
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Editado: 27.02.2026