Ankharis Sangre Inmortal

24.-Tentación y Seducción-.

Era una tarde cualquiera, o eso aparentaba. El cielo sobre Cróga estaba cubierto de nubes opacas, cargadas de esa bruma azul que se filtraba desde el lago cuando la humedad era alta. Las hojas susurraban, los adoquines húmedos crujían bajo el paso de quienes aún creían que nada extraordinario podía pasar un martes.

Medb había salido sola. Sin rumbo. Sin escolta. Sin plan.

Había recibido otro informe de frontera, otro mapa con trazos sospechosos, otra reunión con Senan para organizar los turnos de vigilancia. Nada fuera de lo normal. Pero su cuerpo se sentía extraño. Ligero. Receptivo. Como si algo la siguiera, sin verla.

Entonces dobló una esquina en dirección a la zona del mercado antiguo y se detuvo en seco.

Lilou estaba allí.

No vestía sus trajes provocadores. Ni el perfume dulce que inundaba la sala del consejo cuando pasaba. Llevaba una camisa blanca, el cabello recogido en un moño flojo, y en las manos sostenía una caja de madera con plantas medicinales. Estaba agachada, reorganizando el puesto de una anciana que vendía raíces.

Medb no supo qué le irritó más: que Lilou estuviera siendo útil… o que su cuerpo respondiera de inmediato.

Ella alzó la vista y sus ojos chocaron con los de la Alfa.

—¿Vienes a comprar o solo a observar? —dijo Lilou con una sonrisa.

—No sabía que también sabías distinguir raíces —contestó, cruzando los brazos.

—No lo sé. Pero aprendo rápido. ¿Quieres que te enseñe?

La pregunta quedó suspendida entre ambas. No era sobre botánica. Y lo sabían.

—Depende —replicó Medb, con la voz baja—. ¿Eso también forma parte de tu plan de seducción?

Lilou rió. Un sonido limpio, sin filtros. Luego se puso de pie, acomodó la caja y se acercó despacio.

—Todo lo que hago forma parte de algo. Pero no siempre es un plan. A veces… sólo es deseo.

La respuesta descolocó a Medb. No porque fuera osada. Sino porque era sincera. Y lo que más odiaba en ese momento… era que quería creerle.

—¿Y qué deseas ahora, Lilou?

La alfa dio un paso más, dejando apenas un espacio de aire entre sus cuerpos.

—No robarte. No conquistarte. No tocarte, si no me dejas. Pero sí… verte. Aquí. De verdad.

Medb sintió cómo una grieta se abría en su coraza. No era deseo lo que temía. Era la memoria del dolor. De lo que pasaba cuando se permitía ser mirada.

Entonces, sin pensar demasiado, caminó más allá del puesto de raíces. Lilou la siguió con la mirada, sin moverse. Y justo antes de desaparecer entre las sombras del callejón, Medb se giró un segundo.

—Te doy diez minutos.

Lilou parpadeó.

—¿Diez minutos para qué?

—Para demostrarme que no eres una niña mimada jugando a la seducción. Y que sabes cuándo callar, también.

Lilou asintió. Lenta. Seria. Casi temblando.

La puerta se cerró con un susurro de madera envejecida y viento. El sonido fue como si marcara el inicio de algo contenido durante demasiado tiempo. Lilou se quedó quieta. No por miedo. Sino por una consciencia plena de dónde estaba. De quién la observaba.

Medb no habló. No le pidió que entrara más. Sólo se desplazó hacia una esquina donde reposaba un banco cubierto con piel de oso y se sentó, en silencio, desabrochándose la capa con la misma lentitud con que una loba se desprende de su pelaje bajo el calor.

Lilou tragó saliva.

Ella había querido ese momento desde que la vio. Desde que la olió. Desde que el nombre "Medb" había sonado por primera vez como un desafío y no como una advertencia. Pero ahora que lo tenía… todo era diferente.

No había música. No había velas. No había juego.

Había expectación cruda. Instinto sin maquillaje.

Lilou dejó la chaqueta sobre el respaldo de la silla más cercana. Avanzó hasta el centro de la sala. El piso crujía levemente bajo sus pasos, como si le rogara que no se detuviera. No lo hizo. Sabía moverse. Sabía observar.

Medb levantó la mirada.

—Quítatelo todo.

No fue una orden áspera. Fue una concesión. Una rendija abierta en una puerta sellada por siglos.

Lilou obedeció sin palabras. No porque se sintiera sometida. Sino porque por primera vez, su deseo no era poseer… sino pertenecer.

Se quitó la blusa. Luego el pantalón. Quedó sólo con la piel al aire, al descubierto. Su cabello se soltó, cayendo como fuego sobre sus hombros. El corazón le martillaba contra las costillas, pero no bajó la mirada.

Medb se levantó y se acercó. Lilou la sintió como un eclipse caminante. Como una presencia que no llenaba el espacio… lo reescribía.

—¿Sigues queriéndome, después de todo? —preguntó Medb, ya casi frente a ella.

—Te quise desde antes de saber lo que eras —respondió Lilou, apenas audible.

Medb la tocó con una sola mano, en la cintura. No hubo prisa. No hubo dominación. Hubo reconocimiento. El calor que emanaba de sus dedos era otra lengua. Otra memoria.

Se miraron. La tensión en el aire era húmeda, densa, como el preludio de una tormenta de verano. No se besaron aún. Se exploraron con las miradas primero. Los cuerpos no se apuraron. El deseo no era fuego, era lava: lenta, inevitable, abrazadora.

Medb la empujó suavemente hacia atrás, haciendo que sus piernas tocaran la orilla del futón bajo. Lilou se dejó caer de espaldas, con una exhalación baja, sintiendo que toda la historia que había arrastrado en su vida se evaporaba en esa cabina solitaria.

La Alfa se colocó sobre ella. La besó en el hombro. En el cuello. En la clavícula. Cada beso era un sello, no una promesa. Cada roce, una verdad nueva.

No hubo palabras después. Solo suspiros, roces, miradas entrecortadas.

Lilou se arqueó hacia ella, envolviéndola con los muslos, con los brazos, con el alma entera. Se dejó llevar como si su cuerpo estuviera hecho para cantar en la lengua antigua que Medb le enseñaba con cada movimiento.

Y cuando el silencio se rompió con jadeos profundos, Lilou sintió algo más que placer.




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