Ankharis Sangre Inmortal

25.-Pensamientos Contradictorios-.

Han pasado dos años desde que la historia olvidada de Egipto me devoró la espalda. Dos años desde que susurré "suéltame, Ka" con los dientes apretados y la garganta llena de arena antigua. Dos años desde que el amor se quebró en un acto tan físico, tan íntimamente violento, que dejó cicatrices donde ni la inmortalidad puede llegar.

Bogdan… él ya no me sigue como antes. No con los pasos hambrientos de quien mendiga redención. Pero duerme cada noche en mi puerta. Aunque no llegue. Aunque me esconda. Aunque desaparezca en la espesura del bosque solo para respirar sin que me huela.

Recuerdo los primeros meses. Me sentía acechada incluso en el mercado. Cada vez que me detenía a escoger pan, él aparecía con el rostro hundido entre la sombra de su capucha. No decía nada. Pero sus ojos... sus ojos decían demasiado. A veces era un "perdóname", otras "recuérdame", y otras solo "mírame".

En la cafetería, llegó a dejarme flores sin que lo viera. Flores secas. Rosas azules. Unas que no crecían en esta época. Las escondía entre los libros, debajo de la taza, entre las notas del consejo. La primera vez que lo hizo, lancé la flor al fuego. La segunda, me quedé con ella. No supe por qué.

En el consejo, era más sutil. Si hablaba, era breve, certero. Ya no me corregía. Ya no me provocaba. Solo me observaba. Escuchaba todo lo que decía como si fuera el eco de una oración antigua. Pietro, siempre burlón, lo notaba y hacía comentarios al respecto. Pero nadie reía.

A veces me dejaba cartas. Escritas a mano, con tinta negra. Nunca con exigencias. Solo recuerdos. Preguntas. Confesiones. Me contaba lo que cocinaba, lo que soñaba, los árboles que cuidaba en el límite del bosque. Un día escribió: “Hoy aprendí a tocar una canción que escuchaste en Francia. Si la olvidas, puedo tocarla cada noche hasta que vuelva a ti.”

Y lo hizo.

Cada noche. Bajo la lluvia. Bajo la luna. Con las manos frías y la voz rota.

Pero no podía perdonarlo.

No después de aquello. No después de sentir el sello sin consentimiento, el nudo del cuerpo sin la ofrenda del alma. Aunque no fuera una violación. Aunque no fuera violencia. Fue el recuerdo del viejo Ka ocupando el cuerpo del nuevo Bogdan. Fue todo lo que él prometió no ser… volviendo.

No fui nunca a las Fiestas de los Instintos. No podía. El deseo me daba asco.

Pero sí visité a Giovanni.

Cada cuatro semanas. Con precisión quirúrgica. Lo hacía por necesidad. Por furia. Por no ceder ante el cuerpo de Bogdan.

La primera vez que lo hice, Bogdan casi incendió el pueblo. Lo enfrentó. Lo empujó contra la pared de piedra. Fue una pelea rápida, salvaje. Yo intervine, por supuesto. No por celos. Por respeto. Giovanni sangró. Bogdan también. Pero esa noche, dormí con el cuerpo de otro, mientras mi corazón latía con rabia bajo las mantas.

Después de eso, él dejó de acercarse. Solo me esperaba. Me seguía hasta mi cabaña como un fantasma dócil. No tocaba. No hablaba. No preguntaba.

Solo estaba ahí.

A veces me preguntaba si comía. Si dormía. Si lloraba. Pero nunca pregunté en voz alta. Nunca dejé que lo notara.

Porque aún no podía mirarlo sin recordar el eco de una daga, el calor del aceite, y la mirada de Ka antes de apagarse por última vez.

Y yo... yo aún ardía.

Me acostumbré a sus pasos detrás de mí. A los silencios que dejaba cuando llegaba demasiado tarde para que me viera, pero no para dejar su rastro.

Aprendí a reconocer su olor entre la multitud: sándalo, tierra húmeda, ese leve resabio de resina antigua que no podía disimular aunque se bañara mil veces. Me acostumbré… pero no lo acepté.

Bogdan seguía durmiendo en mi puerta. Aunque yo no llegara. Aunque pasara la noche en casa de Giovanni, aunque desapareciera por semanas enteras. Como una promesa enterrada, como un error que no se resigna a ser olvido.

No me hablaba si yo no lo hacía. No se acercaba, no cruzaba la línea invisible que yo había trazado con mi rabia. Pero su presencia lo decía todo. Tocaba la guitarra cada miércoles, rememorando el día en que nuestros cuerpos se unieron por última vez. A veces una melodía dulce, otras, un lamento sin nombre. Las notas vibraban en la madera de mi cabaña, y aunque cerrara ventanas, cortinas, y me tapara los oídos con las manos, lo escuchaba igual. En los huesos.

Lo detestaba por eso. Por recordarme. Por invadir sin tocar. Por seguir aquí.

En el consejo, mantenía su rol impecable. Discreto. Eficiente. Sin errores. No me miraba directamente, pero sentía su atención como un peso constante en mi nuca. Cada vez que hablaba, contenía el aliento. Cada vez que lo ignoraba, lo veía encogerse sólo un poco. Pero seguía.

Una vez, se quedó parado bajo la lluvia hasta el amanecer. Había dejado una carta y una flor blanca:

"Me quedaré hasta que tu corazón tenga un lugar donde descansar. Y si no, me quedaré igual".

No lloré. Me prometí no llorar por él nunca más.

La visita a Giovanni era conocida por todo el pueblo. Él no preguntaba nada. Me ofrecía té, una ducha caliente, sus manos fuertes, su cuerpo silencioso. No había amor. No había reclamos. Solo una tregua con mi propio cuerpo.

Desde entonces, Bogdan esperó en la puerta. Ya no gritaba. Ya no pedía explicaciones. Solo esperaba. Incluso los días en que yo no regresaba.

—¿Hasta cuándo vas a hacer esto? —me preguntó Pietro una noche, mientras tomábamos vino en su terraza.

—¿Hacer qué?

—Tener un satélite humano en forma de ex amante lobo tocando canciones de dolor medieval frente a tu casa. No es sexy.

—Es constancia.

—Es masoquismo.

Me reí, pero no lo negué.

—No puedo perdonarlo —dije, finalmente.

—¿Porque te anudó sin permiso?

—Porque me olvidó. Porque me confundió. Porque creyó que aún era Ka, y yo no quiero a Ka. Yo lo enterré.

Pietro me miró largo. Levantó su copa.

—A los muertos que no mueren.

Brindamos. El vino me supo a arena caliente.




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