Ankharis Sangre Inmortal

26.-Los Ojos Dorados-.

Bogdan se despertó antes del amanecer, como cada día, sobre los escalones de piedra que llevaban a la cabaña de Medb. El aire estaba cubierto de neblina y escarcha, pero él no temblaba. No más que el fuego que se le había apagado por dentro.

Llevaba casi dos años allí. Sin dormir en cama propia, sin tocarla, sin besarla. Observándola desde lejos. Como un devoto frente a una diosa que no concede absoluciones.

Esa mañana, sin embargo, algo era distinto.

Se inclinó hacia el lago y se lavó la cara. El agua helada no lo reconfortó. Pero algo en su reflejo le llamó la atención. Ladeó la cabeza. El corazón le dio un salto sordo.

Los ojos.

Ya no eran negros.

La oscuridad que había marcado su caída, la que lo volvía un Alfa Sekhem —esa negrura indomable que aparecía solo en los que sobrevivían a la pérdida de su mitad— había comenzado a desvanecerse.

No del todo, pero sí en parte. Como si una grieta de luz se hubiera abierto paso en medio del pozo. Como si su luto se hubiese rendido.

Ahora eran ámbar.

Bogdan apretó los dientes. No sabía si era alivio o miedo lo que sentía. Pero sí supo que ese cambio no era casual. No era biología. Era voluntad.

Había dejado de perseguirla. Había dejado de forzar su amor. Había aprendido a quedarse quieto.

Había empezado a rendirse… sin rendirse a ella.

Se sentó en la orilla. Dejó que el viento le secara la piel.

Los ojos dorados miraban el amanecer. Por primera vez en un largo tiempo, sin rabia.

La sala del consejo estaba en silencio, como si el aire mismo hubiera olvidado moverse.

Medb no había llegado aún. Era uno de esos días en que llegaba tarde a propósito, y todos sabían por qué.

Bogdan entró sin anunciarse, como siempre. Sin ropa ceremonial, sin gesto de guerra. Piel limpia, cabello recogido, mirada baja.

Pero entonces Brónach lo vio primero.

—¿Sus ojos…? —murmuró, apenas audible.

Frank giró desde su lugar. Blanche levantó una ceja. Pietro dejó la copa de vidrio a medio camino entre su boca y la mesa.

—Santo... —dijo Lugh, entre dientes—. Están dorados.

—¡¿Qué dijiste?! —exclamó Deirdre, levantándose con un movimiento seco.

—Mírenlo —indicó Pietro, levantando un dedo como si se tratara de un fenómeno antinatural.

Todos lo hicieron.

Bogdan no se inmutó. Siguió caminando hacia su asiento sin prisa. El mismo lugar que había ocupado durante años. Pero ese día… algo se sentía distinto.

La negrura que durante tanto tiempo había consumido sus pupilas —ese símbolo de su locura, su dolor, su pérdida— se estaba desvaneciendo.

Los ojos eran ámbar.

No completamente. Pero lo suficiente para estremecer incluso al más escéptico.

—No es posible —susurró Giovanni—. No sin haberla recuperado.

—O sin haberla soltado —corrigió Senan, con la voz cargada de siglos.

—¿Estás diciendo que... que ha dejado de estar perdido? —preguntó Brígid con cautela, como si la palabra “curación” pudiera romper el encanto.

—O que ya no espera —agregó Ethel, más filosófica que práctica.

Nadie rió. Nadie discutió. Porque lo imposible estaba ocurriendo.

Un Alfa Sekhem, recuperando el color de los vivos.

Medb entró minutos después, como si no notara nada.

Pero lo notó.

Lo miró solo una vez. Directo a los ojos. Su rostro no se alteró. Pero sus manos tardaron más de lo normal en colocarse sobre la mesa. Y a pesar del invierno, una gota de sudor le bajó por la nuca.

El consejo no habló del tema en voz alta.

Pero desde ese día, todos supieron lo mismo:

El castigo estaba terminando.

Y el alma de Bogdan, por fin, estaba comenzando a volver a casa.

Medb ya estaba sentada. Inmutable. La espalda recta. Las manos cruzadas sobre la mesa. El cuello ligeramente inclinado hacia un costado, como si evitara verlo de frente.

Los demás sí lo miraron.

No eran negros.

No más.

El dorado había regresado. Ese ámbar profundo y cálido que distinguía a los alfas de sangre pura. El mismo que Bogdan había perdido cuando se unió a Medb por voluntad propia… o por impulso de su pasada vida.

Giovanni bajó la mirada. Como si el color nuevo le doliera en la boca del estómago. Deirdre entrecerró los ojos, sin decir nada.

Fue Lugh quien rompió el silencio con la sutileza de un trueno:

—¿Y eso?

Pietro se rió suavemente, un solo golpe de carcajada sardónica.

—Eso, mi querido Lugh… es un retroceso. O una liberación. Según el lado desde donde se mire.

Frank, que ya conocía las historias más antiguas, tragó saliva.

—¿Alguien lo confirma? —preguntó—. ¿O estamos todos especulando con el reflejo de una vela?

Fue entonces cuando Senan, el más neutral de todos, alzó la voz con serenidad:

—No es sólo un reflejo. El Sekhem se ha retraído.

Un segundo de vacío. Ni una respiración. Ni un parpadeo.

Blanche habló con frialdad académica.

—Si el Sekhem retrocede, significa que el vínculo ya no está activo. O no está sellado. O ella lo rompió.

Todos miraron a Medb.

Y ella… sonrió.

Una sonrisa pequeña. No burlona. No alegre. Una mueca que no alcanzaba a ser gesto. Una grieta en el hielo.

—No tengo nada que comentar —dijo sin titubeo, como si hablara de una cuestión administrativa.

Bogdan no dijo nada. No levantó la cabeza. Tomó asiento como si el cambio de color en sus ojos no significara nada. Como si no supiera que el salón entero estaba mirándolo como a un presagio.

Brónach se atrevió:

—¿Estamos diciendo… que nuestra Alfa Sekhem ya no está unida a él?

—Nunca lo estuve —corrigió Medb, sin levantar la voz—. No completamente.

Darragh desvió la mirada. Un susurro de incomodidad recorrió la sala.

Ethel, con sus hojas de monitoreo aún en las manos, rompió finalmente la formalidad:

—El Sekhem se manifestó de forma unilateral. No hubo sellado mutuo. Eso lo explica. Y también explica… por qué después de tanto tiempo, sus niveles energéticos comenzaron a declinar. Su Sekhem sin reciprocidad se agota. Se vuelve… “humano”.




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