Desperté con la sensación de haber cruzado un umbral invisible.
No abrí los ojos de inmediato. No podía. El aire era espeso y lento, como si el mundo entero estuviera contenido dentro de esa cabaña, dentro de esa piel que aún olía a ella. A Medb. Al bosque que habitaba en sus huesos.
No sabía si era de día, si había pasado una hora o un siglo. El tiempo tenía otra forma entre sus brazos.
Me moví apenas, y el roce de una piel contra la mía confirmó que no lo había soñado. Estaba ahí. Seguía ahí. La Alfa Sekhem. La loba imposible. La mujer que nadie había domado, pero que esa noche se dejó rozar por mis labios. Por mis ganas. Por mi miedo. Por mi todo.
No dije su nombre. No me atreví. Me daba miedo romper el hechizo.
Me giré con lentitud, y la vi.
Dormía de lado, con el cabello enredado sobre el hombro y una rodilla sobre la manta, como si la noche no hubiera terminado del todo. Su espalda desnuda tenía la misma forma que la palabra destino. Y su respiración, pausada y grave, me hacía pensar en un animal dormido que aún sueña con correr.
Quise tocarla. Y no. Quise hablarle. Y no.
Me quedé ahí, mirándola, sintiéndome tonta y sensata a la vez. Como una niña que por fin ha puesto las manos sobre el fuego que siempre quiso probar.
Me dolía el cuerpo. Pero no por el deseo. Sino por todo lo que había dejado atrás.
No era virgen. Pero sí lo era de este tipo de entrega.
Nunca antes me había entregado así. Entera. Cruda. Muda.
Me dolía el ego, también. Porque Medb no me había dicho “te quiero”. Ni “me perteneces”. No había juramentos, ni marcas, ni mordidas. Sólo una noche.
¿Y si sólo fue eso?
Tragué saliva y me obligué a mirar al techo, como si pudiera encontrar respuestas entre las vetas de la madera. Las lágrimas se me formaron en los ojos sin que las llamara. ¿Qué esperaba? ¿Que se despertara, me abrazara y dijera “ahora somos una”?
Idiota. Nadie posee a Medb. Nadie la amarra.
Ni siquiera yo. Ni siquiera si fuera su mitad.
Me senté al borde del futón, con el corazón hecho un vendaval. Miré mis pies descalzos. El suelo estaba frío. Mi alma también. Me abracé las rodillas. Intenté no temblar. Respiré hondo.
Y entonces…
—¿Te vas?
Su voz. Grave. Ronca. No dormía. O no del todo.
Me giré. La encontré con los ojos entrecerrados. Negros como la noche que habíamos compartido. Y sentí que toda mi rabia se evaporaba de golpe. Maldita sea. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo lograba eso con una sola palabra?
—Pensé que querías estar sola —susurré.
Ella no respondió de inmediato. Se incorporó, se restregó el rostro con la mano, luego me miró, entera. Desnuda también.
—Si quisiera estar sola… —dijo, y se interrumpió. Se quedó mirándome. Sus cejas se juntaron apenas, como si algo dentro de ella no supiera si seguir o no.
—¿Sí? —insistí, sintiendo que el corazón me sangraba desde el centro.
—…no te habría abierto la puerta anoche.
Silencio. Luego:
—Y tampoco la cerré.
Mi estómago se hizo un ovillo. Me di cuenta de que tenía razón. La puerta… estaba apenas entornada. Podía irme. O quedarme.
Elijo.
Era una elección.
Y de pronto lo entendí. Medb nunca iba a amarme como los cuentos de mi infancia. No iba a correr tras de mí. No iba a suplicarme. Ni a prometerme eternidades.
Pero sí me dejaba elegir.
Y en ese gesto —tan brutalmente libre— estaba su amor.
Me acerqué sin decir nada. Me metí de nuevo bajo las mantas. Ella no se movió, pero sus brazos se abrieron, como una tierra fértil que sólo florece si decides quedarte.
Y me quedé.
Hundí la cara en su cuello. Cerré los ojos. Su olor me envolvió como un hogar antiguo. Como si ya hubiese vivido ahí antes de nacer.
No hablamos más.
Porque algunas cosas no se sellan con palabras. Se sellan con respiraciones sincronizadas. Con el calor que no se extingue, con la piel que no olvida.
Y supe, justo antes de quedarme dormida otra vez, que esa noche no era el final.
Era la primera piedra de algo que ninguna de las dos sabíamos construir aún.
Pero que queríamos. Juntas. Aunque no lo dijéramos. Todavía.
…
No sé en qué momento me volví tan cobarde.
Antes de conocerla, habría tomado su rostro entre mis manos, la habría mirado a los ojos y dicho: “hazme tuya todos los días”. Habría exigido, llorado, gritado si era necesario. Yo no conocía el silencio. Pero ahora, con Medb, era distinto. Cada palabra que no decía parecía tener más peso que las que sí.
Me vestí despacio, con los dedos torpes. Ella se quedó acostada, observándome, sin detenerme, sin apresurarme, como si pudiera leer cada pensamiento que se me deslizaba por la espalda. Me ardía la garganta de todo lo que no me atrevía a preguntarle.
Y sin embargo, me lancé.
—¿Tienes que irte pronto?
Lo dije con voz ligera, como si no me importara. Como si no llevara horas pensando en todas las formas en que esa mañana podía arruinarse.
Ella giró el rostro hacia la ventana. Los rayos del sol le pintaban la piel de dorado. No parecía una Alfa. Parecía una profecía dormida.
—Tengo una reunión con el consejo esta tarde —dijo sin más.
Me tragué la decepción. No quería ser una carga. Pero tampoco quería ser un recuerdo pasajero.
Me acerqué, descalza, con el pulso en los dientes. Me senté al borde de mi cama y toqué su hombro con la yema de los dedos. Ella no se apartó. Eso era algo.
—¿Puedo acompañarte? —pregunté, y luego, antes de que respondiera, añadí con tono burlón, fingiendo ligereza—. Prometo comportarme.
Ella soltó una exhalación breve. No era risa. No era burla. Era algo más profundo. Como si dudara. Como si no supiera cómo manejarme. Como si quisiera… y no pudiera.
—No necesitas prometer eso —dijo por fin—. Tu impulso es parte de lo que eres.
¿Me estaba diciendo que le gustaba mi impulso? ¿O que debía aprender a controlarlo?
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Editado: 27.02.2026