Las pisadas de Lilou hacían un sonido suave sobre la madera pulida del pasillo. Había cambiado los botines de cuero por unos mocasines franceses absurdamente caros que apenas tocaban el suelo, como si su cuerpo flotara de tanto romanticismo contenido. Venía hablándome desde hacía cinco minutos de una exposición de Yves Saint Laurent en el Palais Galliera, pero yo apenas podía seguirle el hilo. No por falta de interés. Sino por exceso de ella.
—…y entonces, ¿no te parece absolutamente trágico que hayan ocultado ese vestido durante casi treinta años? —preguntó, girando el rostro hacia mí con una mezcla de escándalo y deleite—. Il était parfait, Medb. Noir, comme toi (Era perfecto, Medb. Negro, como tú).
Asentí con una sonrisa tenue, alzando una ceja.
—¿Y como tú, no?
Ella se rió como si le hubiera contado un secreto indecente. Se acercó más, hasta que su brazo rozó el mío.
—Non. Moi je suis blanche et dorée. Tu es la nuit (No. Yo soy blanca y dorada. Tú eres la noche).
Peligroso. Cada vez que usaba el francés con esa voz de terciopelo, era como si me atara con hilo de oro a un anzuelo invisible. Quería mantener el control, la distancia. Pero Lilou sabía cómo desdibujar mis márgenes con palabras suaves y la frescura de sus cincuenta y cuatro años.
Cuando llegamos a la puerta de la sala del consejo, ella se detuvo, alisó con las yemas el cuello de mi abrigo y bajó la mirada a mis botones, uno a uno.
—Il faut que tu sois parfaite —susurró, apenas audible—. Aujourd’hui, tu es ma reine (Tienes que estar perfecta. Hoy, eres mi reina).
No supe si estaba jugando o si hablaba en serio. Pero mi corazón dio un paso atrás. O adelante. No pude distinguirlo.
La puerta se abrió antes de que pudiera decir nada.
Pietro fue el primero en vernos. Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, alzó una ceja y sonrió como si acabara de ver el final de una novela que llevaba tiempo sospechando.
—Mira nada más —murmuró, lo bastante fuerte para que yo lo oyera—. La heredera del Clan Berceau te plancha el abrigo. ¿Es amor o protocolo?
—¿Y tú? —le respondí sin girar del todo el rostro—. ¿Comentando moda o manifestando celos?
Se encogió de hombros con falsa inocencia.
—¿No puedo hacer ambas cosas?
Lilou le lanzó una mirada fulminante pero encantadora. Pietro la sostuvo como si fueran dos duelistas de terciopelo y sonrisa.
—Cuidado —dije, caminando hacia el interior—. Ella colecciona provocaciones.
—Y tú pareces disfrutarlas —añadió él.
Lilou me tomó del brazo con naturalidad mientras nos adentrábamos. La sala ya no parecía una antesala política. Con ella a mi lado, se sentía como una pasarela o una ópera.
Nos sentamos juntas. Su rodilla rozó la mía. Hablamos en voz baja sobre cortes, colores y tejidos. Ella me mostró en su teléfono un abrigo que juraba debía hacerme a medida. Yo asentía, no por el abrigo, sino por la forma en que me hablaba: como si cada elección de tela pudiera cambiar el destino de un territorio.
Pietro seguía observándonos con el rabillo del ojo. En un momento, Brígid se inclinó hacia él, murmurando algo que no escuché. Pero lo vi sonreír de lado y responder en voz baja:
—Estoy tomando notas. Si Lilou logra enamorarla con encaje y francés… quizá yo deba cambiar de estrategia.
No dije nada. Pero supe que me había escuchado sonreír.
…
La sala del consejo nunca me pareció tan tibia como aquella tarde.
No era la chimenea encendida ni la luz rasante del atardecer filtrándose entre los ventanales lo que lo hacía distinto. Era Lilou. Su risa se movía en ondas suaves por las paredes de madera, haciéndolas menos severas. Su presencia transformaba lo solemne en algo casi travieso. Entró conmigo, su brazo enredado en el mío, mientras me hablaba al oído con esa cadencia dulce que solo ella tiene.
—Tu vois, Medb, les volants cette saison sont absolument essentiels… —susurró, y luego me miró con esa mezcla de burla e ilusión que me desarma sin previo aviso—. Même pour toi, ma louve de glace (¿Ves, Medb? Los volantes esta temporada son absolutamente esenciales… Incluso para ti, mi loba de hielo).
Sonreí. No soy de las que sonríen fácilmente en público, pero ella tenía el don de hacerme olvidar mis muros.
—No creo que pudiera pelear en la arena con volantes —le respondí, seca en tono, suave en mirada.
—Mais c’est justement ça le charme (Pero eso es precisamente el encanto.)—replicó, girando sobre sí misma, con su falda de lino flotando en ondas suaves—. Que nadie sepa si vas a matar o desfilar.
Contuve la carcajada. Pietro estaba al fondo de la sala, leyendo algo en su tableta, pero alzando una ceja cuando escuchó la palabra “desfilar”. Nos acercamos juntas al círculo de mujeres del consejo: Blanche, Brígid y Deirdre ya estaban sentadas. Nos miraron con ese brillo en los ojos que no necesita traducción.
—¿Qué pasa? —pregunté, fingiendo no notar las sonrisas contenidas.
Brígid levantó la taza que tenía entre manos.
—Nada. Sólo admirando tu... nueva estética de entrada. Muy primavera en París.
Lilou se echó a reír, encantada.
—Mais oui! C’est exactement ça! On dirait qu’elle a enfin compris que le noir ne suffit pas toujours! (¡Pero sí! ¡Es exactamente eso! ¡Parece que por fin entendió que el negro no siempre es suficiente!)
—No hables así de mi negro —le dije al oído, empujándola con el hombro.
Ella no se ofendió. Nunca lo hace. Solo se acurrucó un poco más en mi lado, dejando caer la cabeza sobre mi hombro un instante.
—Tu es ma panthère noire —susurró—. Même en rose, tu serais dangereuse (Eres mi pantera negra. Incluso vestida de rosa, seguirías siendo peligrosa).
Sentí un calor suave en la base de la nuca. No era deseo. Era ternura, algo más delicado. Algo que no sabía cómo manejar pero tampoco quería evitar.
Las otras mujeres intercambiaban miradas. Pietro, por su parte, se levantó y se nos acercó con una lentitud felina.
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Editado: 27.02.2026