Entré tarde. No por accidente.
Ya sabía que estarían ahí. Las había olido desde la entrada, esa mezcla imposible de menta, piel fresca y jazmín en celo. Pero fue el sonido —otra vez ese maldito sonido— lo que me detuvo antes de cruzar el umbral: la risa de Medb.
Ese sonido —el de Medb riendo— era un arma. No tenía filo ni veneno, pero sabía hundirse. La conocía. Cada versión suya. La Alfa Sekhem. La mujer. La hembra. La compañera. La reina. O lo que alguna vez creí que podía ser.
La risa se fue acercando por el pasillo del ala norte, como el canto de un ave peligrosa. No era una risa cualquiera. No era la suya de cuando era mía. Esta era otra. Suave, contenida. Educada. Para exhibirse. Una risa que elegía a quién llegaba y quién no. Una risa que ya no me pertenecía.
Las vi de espaldas primero. Lilou, en ese vestido beige de líneas limpias, parecía una estatua tallada para adorar algo. Y ese “algo” era Medb. Estaba pegada a su costado, como una extensión, como si se hubiera ganado ese lugar por derecho, por gracia. O por capricho.
Medb estaba relajada. Demasiado relajada.
Medb sonreía. Hacia nadie en particular. Solo sonreía.
Lilou se aferraba a su brazo con naturalidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Y Medb no la apartaba. Eso fue lo peor. Que no la apartó.
Vi cómo ladeaba la cabeza hacia la muchacha, cómo dejaba que le acomodara una hebra de cabello, cómo se inclinaba para oírle una frase en francés y cómo sonreía después. Una sonrisa privada. Una sonrisa que, durante treinta años, yo había estado esperando ver de nuevo dirigida solo a mí.
Diecisiete años respirando cada día como si fuera una ofrenda a su sombra.
Ocho más aguardando noticias después de su huida. Dos años como un perro siguiéndola por todo el pueblo. Y sólo tres malditos años como su pareja.
Y ya no quedaba nada.
—Lilou —dijo Blanche—, ¿hasta qué hora te quedas con nosotros?
Su tono era seco. Crudo. Como una cuerda que se tensa antes de romper.
Lilou ni se inmutó. Alzó el rostro hacia Medb como si no oyera a nadie más, dijo algo en voz baja y le estampó un beso en la comisura de la boca. No fue largo. No fue vulgar. Pero me atravesó.
Un instante tan breve. Un golpe tan certero.
No por lo que era. Sino por lo que significaba.
Sentí la mandíbula tensarse. Me forcé a no hacer ningún gesto. Mi rostro era roca. O eso me dije.
Medb no se inmutó. Acostumbrada, pensé. ¿O deseaba ese beso? ¿Lo esperaba? La mujer que yo había amado, la que conocí en la tierra oscura donde nacen los instintos, no se habría dejado tocar así frente a una sala llena de testigos. Pero esa versión ya no existía. O tal vez nunca fue mía.
Medb no se apartó. No la corrigió. No explicó nada.
Solo dijo, firme:
—Fue invitada por mí.
Sus palabras cayeron con autoridad, como una piedra en el agua. Nadie la discutió.
Y ahí estaban, sentadas juntas. Codo con codo. Una con el rostro encendido por la juventud y el orgullo. La otra con esa calma de montaña que podía devorarte si te acercabas mucho.
Intenté no mirarlas. Fallé.
Cada vez que Lilou le susurraba algo a Medb, mi pecho ardía. No de odio. De lo otro. De eso que no se puede nombrar sin hacer el ridículo. De eso que yo creía haber dejado atrás.
Porque Medb fue mía. Porque yo la conocí dormida, desarmada, rota. Y ella también me conoció así.
Compartimos la jaula y el fuego. El filo. La noche.
Pero ya no.
Ahora se dejaba besar por una francesa mimada, se reía con acentos suaves, y se dejaba mirar como si no tuviera nada que esconder. ¿Qué había cambiado? ¿Qué había en Lilou que no tuve yo?
—Dulce y joven, eso es todo —murmuró Pietro cerca de mi oído, como si leyera mis pensamientos. Lo miré. No dije nada.
Si abría la boca, iba a decir lo equivocado.
La reunión comenzó. Se habló de números, de planes, de migraciones. No entendí ni la mitad. Porque una parte de mí —la parte que aún ardía bajo la piel endurecida— estaba atrapada en los gestos mínimos. En el roce de los dedos. En cómo Medb le servía agua a Lilou sin que se lo pidiera. En cómo la otra apoyaba su mejilla en su hombro como si fueran... algo.
“No es tuya.”
La frase me atravesó como una cuchilla. No. No era mía. Pero lo había sido. Y eso era peor.
Porque uno puede aprender a vivir sin lo que nunca tuvo. Pero lo que se pierde, lo que se toca y se ama y se hunde en la carne... eso no se olvida.
En un momento, Medb giró la cabeza. Me miró. Por menos de un segundo. Y en sus ojos, vi que lo sabía.
Sabía que dolía. Sabía que ardía. Y no desvió la mirada.
Y el mundo siguió girando. Como si yo no estuviera ahí.
Medb no era solo una mujer para mí. Era mi raíz, mi locura, mi herida. La única que me llevó al borde del abismo… y la única por la que lo saltaría de nuevo.
Y ahora estaba ahí, decorada de paz, de gracia, de distancia. Con una niña pegada a la cadera que la adoraba como un dios menor.
Vi a Brígid murmurando algo al oído de Deirdre. Vi a Pietro levantar una ceja, sin disimular la sonrisa torcida. Y yo ahí. Apretando los dientes por dentro.
Me fijé en los detalles. En cómo Lilou le tomaba la mano a Medb cuando hablaban. En cómo Medb le daba la palabra cuando ella quería opinar. En el modo en que sus miradas se buscaban. Como si se conocieran hace siglos. Como si yo nunca hubiera existido.
Y entonces me pregunté si para Medb, esos tres años conmigo habían sido apenas un accidente. Un error de juventud. Una distracción entre dos huidas.
La reunión avanzó. Se hablaron de números, de cosechas, de alianzas. Yo no oía nada. Solo los ecos de mis propios años desperdiciados. Treinta.
Y Lilou, esa cría envuelta en telas francesas, ya había logrado lo que yo jamás: El corazón despreocupado de Medb.
Ella se lo entregaba ahora como si nunca hubiera sido roto.
Y yo ahí, recogiendo los pedazos que quedaron del mío.
#769 en Fantasía
#470 en Personajes sobrenaturales
#3509 en Novela romántica
erotica celos pasion romance, amor celos ruptura deseo erotismo, hombres lobo modernos
Editado: 20.03.2026