Ankharis Sangre Inmortal

30.-Obsesionado-.

No tenía permiso para estar allí. Pero el bosque me llevó. Ni los árboles me lo impidieron, ni el viento me delató. No era mi intención irrumpir. Pero cuando uno ha amado así —con las vísceras, con los dientes, con la paciencia de quien espera bajo nieve durante años—, ciertos límites dejan de existir. O se vuelven irrelevantes.

La puerta no estaba cerrada. Medb confiaba demasiado. Tal vez porque nadie osaba tocar su casa sin ser llamado, o porque simplemente no pensó que yo fuera capaz.

Pero lo era.

Porque algo en mí, algo más antiguo que la culpa, necesitaba estar cerca. Aunque fuera sólo para ver las huellas de su existencia.

La cabaña de Medb olía a madera de roble, a cuero... y a ella.

Un aroma tenue, como cuando te quedas dormido en el hueco de un cuerpo que ya no es tuyo.

Avancé en silencio. No encendí luces. No moví nada. Sólo miré. Respiré. Intenté memorizar el orden en que estaban las cosas: los libros abiertos, los cojines hundidos, los restos de una hoguera en la chimenea que hablaba de una noche reciente y compartida.

Las sillas estaban separadas, pero no opuestas. En ángulo. Íntimas.

Me senté en la silla donde solía leer. La toqué. Estaba tibia aún.

Esa era su silla. Lo sabía.

La forma en que Medb cruzaba la pierna, el modo en que ladeaba la cabeza cuando estaba concentrada… todo estaba impreso ahí. En el leve desgaste de la madera. En el crujido del respaldo.

La tela aún tenía su temperatura.

Y yo, estúpidamente, cerré los ojos, como si eso bastara para traerla de vuelta.

Sobre la repisa descansaba un pañuelo que alguna vez le regalé.

Blanco, simple, bordado con hilo azul.

Una “B”.

La única costura que hice en mi vida. Tardé tres días en lograrla. Me sangraron los dedos. Me burlé de mí mismo mientras la hacía. Pero ella lo recibió con una sonrisa que aún podría describir de memoria.

Ese pañuelo sobrevivió incendios, huidas y estaciones.

Estaba limpio. Planchado.

Cuidado.

Pero no visible. No en un altar ni en un cajón especial. Solo ahí. Olvidado. Como algo que ya no duele, ni importa.

Lo tomé. Lo guardé. Como si fuese un crimen.

Sentí que robaba. Que le quitaba algo que ya no quería. Que recogía un pedazo de lo que fuimos, aunque nadie más lo notara.

Un símbolo de que alguna vez estuve ahí. Que alguna vez me eligió.

Aunque ya no lo hiciera.

¿Era esto lo que quedaba de nosotros?

¿Un pañuelo olvidado? ¿Un eco mudo? ¿Un recuerdo que ni siquiera vale la pena esconder?

Me odié por estar ahí.

Y también me odié por no poder evitarlo.

La cama no estaba hecha.

Las sábanas revueltas. Un extremo caído. Las marcas del cuerpo aún delineaban el colchón.

El olor era reciente.

A ella. Y a alguien más.

Dos copas en la mesa.

No me hizo falta ver más.

No lo sé con certeza, pero el corazón es estúpido. Ve signos donde no los hay y se rompe igual.

Medb no necesitaba explicarme nada.

Yo no era su pareja. Ya no.

Y sin embargo, una parte de mí seguía pensándolo.

Porque la lógica no sobrevive treinta años de espera.

Salí como entré: sin hacer ruido, con los colmillos apretados y el corazón mordido.

No sabía si me dolía más la escena o mi debilidad por buscarla.

Porque no debía haber ido.

Porque no podía reclamar nada.

Porque ella no me eligió esta vez.

Y porque yo sí la seguía eligiendo. Aunque ya no quedara nada para elegir.

El bosque me tragó al salir.

La noche estaba quieta. Como si todo en la naturaleza entendiera que debía callar ante un hombre derrotado.

No por una batalla.

No por una caída.

Sino por el tipo de pérdida que no se ve, pero desgarra desde adentro.

Los Ankharis como yo no acostumbramos a llorar.

Pero eso no significa que no sangremos.

Me senté bajo un alerce, con el pañuelo apretado en el puño.

La tela crujió. Y fue lo único que me respondió.

Pensé en cómo empezó todo.

En cómo era ella cuando me miraba como si yo fuera el único capaz de sostenerla.

En cómo su voz bajaba una octava cuando me hablaba al oído.

En cómo me decía “dormimos mañana, esta noche solo vivamos”.

Yo fui ese hombre.

Su compañero.

Su amante.

Su sombra cuando huía.

Su escudo cuando dudaba.

Tres años juntos.

Veintisiete esperándola.

Y aún así, no bastó.

A veces me pregunto si Medb me quiso.

De verdad.

No con el deber. No con el deseo.

Sino con esa ternura feroz que da sentido a todo.

Y la verdad es que no lo sé.

Sé que me deseó.

Que me eligió en un momento.

Que me buscó cuando no tenía a nadie más.

Pero ¿me amó?

Yo sí.

La amé en pasado, presente y futuro.

En su caída, en su retorno, en su silencio.

La amé en el eco de su nombre cuando nadie más se atrevía a decirlo.

Y ahora, ella amaba a otra.

O algo parecido.

Porque Medb no era de amar con facilidad.

Pero había dulzura en sus gestos hacia Lilou.

Una ternura que no le vi ni en nuestros mejores momentos.

Y eso era lo que dolía.

No su cuerpo en otra cama.

Sino su alma en otro rincón.

La siguiente fiesta de los instintos me hablaron dos, tres omegas. Rubias, bronceadas, de ojos azules. Tenían la voz dulce, modulada como las de aquellas que saben que basta con una sonrisa para ser deseadas. Se inclinaban al hablar, me tocaban el brazo con confianza, como si ya me conocieran, como si no llevara tatuado el rechazo en la espalda.

Pero yo buscaba otra cosa. No belleza genérica, no la alegría de la carne joven. Buscaba algo más pálido. Más letal. Algo que doliera al mirar. Algo que desgarrara el pecho con solo entrar en la habitación. Algo que tuviera los ojos como cuchillas negras, el perfume a bosque húmedo y la lengua afilada que me llamaba por mi nombre como si me maldijera.




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