Ankharis Sangre Inmortal

31.-Confrontación y Esperanza-.

La lluvia golpeaba los ventanales con un ritmo meticuloso. Las gotas se deslizaban por los cristales como si la propia montaña llorara algo que aún no se decía en voz alta.

El Consejo estaba reunido. Catorce sillas. Catorce cuerpos. Uno de ellos, el mío. Otro, el suyo.

No recuerdo exactamente qué se discutía al inicio. Algo sobre la rotación de patrullas en la frontera sur. La vieja mina. Una protesta de los gammas que no querían perder sus turnos comerciales para vigilar el perímetro. Detalles. Ruidos. Nada que me interesara hasta que la escuché hablar.

—Propongo reducir la vigilancia diurna en el sector este —dijo Medb—. La actividad humana ha disminuido. Podemos reasignar recursos a la frontera del río.

Nadie dijo nada.

Ella hablaba, y el silencio la rodeaba como un escudo. Así era siempre. Incluso cuando no ostentaba poder formal, su presencia era ley. Su voz, sentencia.

Yo también había callado durante años. Por respeto. Por temor. Por amor.

Pero hoy algo se rompió.

—No estoy de acuerdo —dije, antes de pensarlo demasiado.

El aire se detuvo. Un par de cabezas se giraron hacia mí. La lluvia se intensificó contra los ventanales.

Medb levantó la mirada.

—¿Tienes una mejor propuesta?

Su tono era neutro. Pero la rigidez de sus hombros la traicionaba. Había una tensión en su mandíbula. La conocía bien. Era la misma que precedía a sus decisiones más duras.

—Sí —dije. Y no mentía—. Creo que reducir vigilancia en el este es un error. Los humanos no son el único factor. Hay rutas viejas que siguen activas. Algunos Ankharis errantes han estado cerca. Sabes que lo sé. Estuve allí.

Mis palabras eran medidas. No levanté la voz. No temblé. Pero en el fondo... había algo más. Algo que se arrastraba desde un rincón herido de mí. No era solo estrategia. Era algo más primitivo.

Era la necesidad de que ella me escuchara. De que me viera. Aunque fuera en contra.

Medb apoyó las manos sobre la mesa. No se inclinó, no mostró hostilidad. Pero sus ojos se afilaron.

—Entiendo tus datos. Pero no estoy convencida de que un par de señales de movimiento justifiquen desviar recursos. Esta comunidad se sostiene con equilibrio. No solo con vigilancia.

—La vigilancia es lo que garantiza ese equilibrio —repliqué—. Cuando dejamos de observar, comenzamos a ceder. A debilitar las fronteras. Tú me enseñaste eso.

Un silencio profundo se instaló.

Fue una frase cruel. A propósito. Quise hacerla tambalear. Quise que recordara. Quise—lo admito—herirla.

Pero ella no cayó.

—Las fronteras también se defienden con confianza —dijo.

—Y a veces, la confianza mata —respondí.

El consejo entero contenía el aliento.

No me había levantado de mi silla. Ni ella de la suya. Pero era como si ambos estuviéramos de pie en un campo de batalla personal.

Las palabras no eran solo palabras.

Eran memoria.

Eran lo que no se dijo aquella última noche. Eran su forma de irse. Y la mía de no detenerla.

Pietro carraspeó.

—Podemos votar —dijo, como quien lanza una cuerda al abismo—. O estudiar la propuesta de Bogdan con más tiempo.

Medb no lo miró. Me miró a mí.

Por un segundo, lo juro, vi dolor en sus ojos. Dolor y rabia. No por mi desacuerdo. Sino porque yo era el único que se atrevía a dárselo.

Asintió.

—Haz tu informe. Lo leeré.

Luego volvió la vista a sus papeles. Como si no le importara.

Pero lo hacía.

La herida estaba abierta.

Y eso me sostuvo el resto del día.

La sesión terminó cuarenta minutos después. Algunos se acercaron a mí. Felicitaciones suaves, murmullos sobre "tener razón", "atreverse". Palabras huecas.

Yo no las quería.

Salí de la biblioteca y caminé bajo la lluvia. No abrí el abrigo. Quería que el frío me calara.

La amaba. Aún. Como se ama a una casa en ruinas: sabiendo que si entras, algo te caerá encima. Pero entrabas igual.

La lluvia había cesado, pero el aire seguía cargado de humedad. Las ventanas empañadas del salón filtraban una luz tenue, grisácea, que hacía parecer a todos más pálidos, más indefinidos. Como si fuéramos figuras recortadas en papel mojado.

Era una reunión menor, sin protocolo. Un descanso tras días de sesiones intensas del consejo. Los miembros estaban dispersos entre sillones y sillas de madera tallada. Había jarras de hidromiel, fruta fresca y pan caliente. La conversación fluía entre risas suaves y comentarios políticos.

Bogdan estaba de pie, cerca de una ventana. No bebía. No hablaba.

Observaba.

En especial, a Medb.

Ella estaba sentada en el otro extremo de la sala, rodeada por dos omegas jóvenes y un anciano Gamma que hablaba con las manos. No reía. Pero escuchaba. Su cabeza inclinada, los labios apretados. Vestida con bluejeans, top escotado y chaqueta roja, a juego con sus zapatillas, con el cabello trenzado sobre un hombro.

Y entonces, entró Lilou.

La hija del Alfa del clan Berceau. Piel de luna, labios como pétalos, ojos llenos de fuego. Lilou no sabía estar en silencio. No sabía callar. Y a veces, tampoco sabía el peso de sus palabras.

Venía con un vestido rojo, de tela liviana, como si el frío no la tocara. Se detuvo junto a Medb y le dio un beso en la boca. Luego saludó a los demás, con su voz de campanillas afiladas.

Bogdan desvió la vista. Pero era tarde.

—Ah, ahí está el silencioso —dijo Lilou al verlo—. Siempre tan serio. Pero yo sé su secreto.

Algunas cabezas giraron hacia ella. Otras, hacia él.

Bogdan no respondió. Mantuvo la mirada en el vidrio empañado.

—¿Saben cuál es? —insistió Lilou, como si fuera un juego—. Es que aún la ama.

La frase cayó como una piedra en un lago en calma.

Nadie se rió.

Ni siquiera Lilou, que recién entonces se dio cuenta del peso de lo que había dicho. Abrió la boca como para retractarse, pero algo en el aire la detuvo.




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