Ankharis Sangre Inmortal

32.-Enfrentamiento-.

La plaza principal bullía con actividad.

Era sábado por la mañana y el mercado comunitario ocupaba el corazón del pueblo como cada semana, entre olores de pan recién horneado, mantas tejidas a mano y miradas que sabían más de lo que decían. Las casas nórdicas parecían observarlo todo con su elegancia sobria, y el lago al fondo ofrecía su espejo tranquilo, indiferente al temblor que se avecinaba.

Bogdan estaba de pie frente al puesto de frutas. No por hambre, sino por costumbre. Llevaba una manzana en la mano, intacta, tan roja como la línea de sangre que parecía latirle en la mandíbula.

Medb caminaba a pocos metros, conversando con la bibliotecaria y un par de miembros del consejo. Su cuerpo recto. Sus ojos negros como la promesa de lo eterno. Vestía de gris oscuro, sin adornos. Lo suficientemente sobria para pasar desapercibida, lo suficientemente imponente para que nadie pudiera ignorarla.

Y Lilou.

Lilou flotaba.

No caminaba: desfilaba. Su cabello suelto caía sobre la espalda como un rayo de fuego en medio de la tormenta. Vestía una falda corta, innecesaria para el clima. Pero útil. Porque se notaba. Porque todos la notaban. Y sobre todo él.

Bogdan apretó la fruta hasta que crujió.

La omega se detuvo justo frente a él, sin siquiera mirarlo. Tomó una mora del canasto y la llevó a la boca con una lentitud innecesaria.

—Sabes... —dijo sin girarse—. Hay algo curioso en cómo ella elige.

Bogdan no respondió.

No debía.

—Ella ama lo que no la hiere —añadió, aún sin mirarlo.

La frase cayó como un aguijón.

Lilou volteó. Sonrió. Sus ojos lo midieron como si fueran dueños de un terreno que él solo ocupaba por accidente.

—Tú no sabes amar sin destruir, Bogdan. Por eso ella no te elige.

Ahí fue cuando el volcán tembló.

Bogdan respiró hondo. Pero el aire le quemaba.

Dejó caer la manzana.

Dio un paso.

Lilou no retrocedió.

—Tú no sabes lo que amas —le dijo, y su voz ya no era la suya, sino algo más grave, más roto—. No sabes lo que eres. Solo ocupas un lugar prestado.

El murmullo en la plaza se detuvo.

Los pájaros alzaron vuelo.

Y Medb… Medb giró la cabeza con la rapidez de quien presiente una herida.

Bogdan no se movía, pero su cuerpo entero parecía al borde de un estallido. Lilou bajó apenas la mirada, incómoda, por primera vez desconcertada.

—¿Y tú qué ocupas, entonces? —preguntó ella—. ¿Un lugar que nadie te ofreció?

Entonces, Medb cruzó la plaza.

Sus pasos firmes. Su respiración marcada. Las sombras bajo sus ojos más pronunciadas de lo normal. Se colocó entre ambos, como un muro entre el fuego y la provocación.

—¡Basta! —gritó.

Nunca había levantado la voz así.

Nunca.

Ni siquiera cuando él la había roto. Ni siquiera cuando la historia les había jugado en contra. Ese grito no era por Lilou. Era por ella. Por todo lo que ya no podía sostener.

El silencio fue absoluto.

Bogdan retrocedió un paso, no por miedo, ni por vergüenza. Por rabia. Por esa mezcla oscura que le apretaba el estómago como una mano invisible.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Medb, con la voz tensa—. ¿Amenazando a una Alfa frente a todo el pueblo?

—Ella me provocó —susurró Bogdan.

—Y tú, ¿no eres más que un lobo con la piel abierta? ¿Eso eres?

Bogdan no respondió.

Su pecho subía y bajaba como el de un animal acorralado.

—No lo hagas —murmuró ella, apenas audible ahora—. No te pierdas. No aquí. No así.

Y entonces, el murmullo volvió. Una oleada de voces bajas, mezcladas con miradas cruzadas, gestos de desaprobación y una que otra sonrisa mal disimulada.

El consejo, reunido junto a la fuente, lo observaba con una mezcla de juicio y lástima.

Bogdan los sintió.

Sintió que ya no pertenecía a ningún lado.

Lilou lo miró una última vez. Ya no con burla, sino con algo parecido a la lástima.

Eso lo dolió más que todo lo anterior.

Porque ella no era su enemiga. No realmente. Solo era una sombra proyectada por la distancia entre él y Medb. Solo era una advertencia.

Y aún así, la habría destrozado con palabras si Medb no se hubiese interpuesto.

Medb lo miró de frente.

Con los ojos llenos de una rabia triste.

—Vete —dijo.

Bogdan no supo si se refería a la plaza, a su casa o a su vida entera.

Pero obedeció.

No por sumisión.

Sino porque quedarse habría sido peor.

Mientras se alejaba, las voces lo seguían como un eco.

“Perdió el control.” “No es digno.” “Medb nunca grita.”

Y sin embargo, lo había hecho.

Por él.

Para detenerlo.

Para protegerlo de sí mismo.

O para marcar una línea que no debía cruzar.

Tal vez todas.

Tal vez ninguna.

Cuando Bogdan se perdió entre los árboles, el volcán dentro de él ya no temblaba.

Se había partido en dos.

Y lo peor no era el fuego.

Era el vacío que dejaba su ausencia.

El aire sabía a hierro. No solo en mi lengua, donde la sangre aún se mezclaba con saliva. El bosque entero parecía empapado en ese sabor. En ese peso. Como si yo lo hubiera contaminado con mis heridas, mis derrotas, mi rabia.

Caminé sin dirección, cruzando raíces húmedas y ramas quebradas, hasta que los ecos de la Arena dejaron de alcanzar mis oídos. Me dolían los costados, la mandíbula, la espalda. Pero lo físico era solo el eco. La herida real estaba más adentro. Más cerca del corazón. Más cerca de Medb.

Me dejé caer de rodillas bajo un roble añoso. La corteza me raspó la espalda mientras me deslizaba hasta el suelo. Cerré los ojos. Respiré hondo. Todo olía a barro y savia rota, a hojas pisoteadas y al final de algo. Quise gritar, pero no salió nada. Solo el ardor en mi garganta, la misma garganta que se había cerrado cuando vi a Lilou tomarle la mano a Medb en la Arena. Cuando la vi apoyarse en ella. Reírse. Tomarse lo que yo nunca tuve derecho a pedir.




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