Ankharis Sangre Inmortal

33.-La Huida a África-.

La sala del consejo estaba llena, no de gente, sino de tensión. Las paredes de piedra absorbían las voces como si el edificio supiera que lo que se decía allí no debía salir nunca. Las ventanas estaban cerradas a pesar del calor de la tarde, y una brisa cargada de hojas y polvo se colaba apenas por las rendijas.

La silla de Bogdan estaba vacía. Y esa ausencia era lo único de lo que todos querían hablar.

—¿Renunció? —preguntó Senan por tercera vez, con incredulidad. Su voz grave retumbó como una campana ahogada en la madera del piso—. ¿Así, sin más?

—Dejó la carta esta madrugada. —Brígid sostuvo el sobre aún entre los dedos, como si esperara que se deshiciera en cenizas y le quitara el peso de tener que leerlo.

—¿Y qué dice? —preguntó Alexander, impaciente. Estaba de pie, los brazos cruzados, como si se negara a sentarse hasta tener respuestas.

—Dice que renuncia a su cargo en el consejo y a cualquier deber público que se derive de él. Que necesita distancia. Nada más. —Brígid alzó una ceja. Sus ojos se clavaron en Blanche—. Pero tú sabes algo más, ¿verdad?

Blanche no respondió de inmediato. Se había mantenido en silencio desde que llegaron, jugueteando con un anillo de plata en su dedo índice. Finalmente, suspiró.

—Me dijo una palabra antes de irse. África.

La palabra cayó como una piedra en el centro de la sala. No tenía contexto. No tenía dirección. Pero su exotismo, su lejanía, la connotación de algo salvaje o perdido, agitó las mentes.

—¿África? —repitió Frank con el ceño fruncido—. ¿Qué carajo va a hacer allá? ¿Abrir una editorial de guerra?

—¿Quizás algún tipo de misión diplomática? —aventuró Darragh—. O un retiro espiritual. Hay clanes pequeños en la zona del Sahel. Un exilio voluntario, tal vez. O un castigo encubierto.

—Una fuga —dijo Brónach, la voz baja, los labios apretados. Siempre decía lo justo y lo justo era veneno esta vez.

—Medb lo mandó a freír monos al África —soltó Pietro con sorna, tumbado hacia atrás en su silla, con un pie apoyado en la mesa.

Lugh frunció el ceño, perplejo.

—¿Freír monos?

Una carcajada escapó de Blanche, inesperada, y hasta Giovanni sonrió por primera vez en la reunión.

—Es una expresión, Lugh —explicó Pietro condescendiente—. Quiere decir que lo mandaron bien lejos. Que lo sacaron del juego, que se acabó su turno.

—Pero no sabemos si fue Medb quien lo mandó —interrumpió Ethel con un tono más serio—. Bogdan nunca fue hombre de dejarse empujar.

—Salvo por ella —dijo Brónach sin pestañear.

Hubo un breve silencio. Todos sabían que eso era cierto. Bogdan había sido más que un consejero, más que un Alfa por derecho de combate. Había sido una parte viva de Medb durante años. Y cuando lo dejaron de ser, él nunca terminó de irse.

—Quizá se hartó —aventuró Giovanni, esta vez con la voz medida—. De la política, de la vigilancia constante, de la tensión. No todos estamos hechos para jugar a la democracia entre depredadores.

—No, no es eso —dijo Blanche con una firmeza inusual. Todos la miraron.

—¿Entonces qué? —preguntó Deirdre con los brazos cruzados, su tono casi burlón—. ¿Va a buscarse otra manada? ¿Va a encontrar sentido a la vida criando gacelas?

—Creo que fue una elección por amor —dijo Blanche. Su voz era apenas un hilo—. O por despecho. Lo que sea que haya entre ellos… nunca se resolvió. Sólo se pudrió.

—Y Lilou no ayudó —dijo Brígid, en voz baja.

—Esa chica no tiene idea del fuego que pisotea —añadió Frank, quitándose los lentes y frotándose el puente de la nariz—. El pueblo no es ciego. Todos lo vieron.

—¿Vieron qué? —preguntó Lugh otra vez, confundido.

—Que a veces el pasado no muere. Sólo se transforma en algo peor —respondió Alexander.

—¿Y ahora qué? —preguntó Senan, con tono práctico—. ¿Su silla queda vacía? ¿La rellenamos con algún Gamma? ¿Convocamos elecciones?

—No todavía —dijo Brígid con autoridad—. Esperemos unos días. Si se fue sin despedirse, puede que vuelva igual. Como un perro herido.

—Bogdan no es un perro —dijo Blanche, esta vez con dureza. Sus ojos brillaban con algo más que determinación. Dolor tal vez. O culpa.

El consejo quedó en silencio por un momento. La sala respiraba como un ente vivo. El eco de las palabras, de los nombres, de las heridas abiertas… se quedaba flotando en el aire.

—África… —repitió Pietro, en voz baja, esta vez sin burla—. ¿Qué demonios vas a buscar allá, hermano?

Nadie respondió. Pero todos, en lo más hondo de su pecho, sabían que la ausencia de Bogdan no era un final. Era el principio de algo.

Algo que aún no comprendían. Pero que ya se sentía en el aire como la antesala de una tormenta.

La doble puerta de madera de la sala del consejo se abrió con un crujido suave pero determinante. Todos giraron la cabeza al unísono. Medb cruzó el umbral tomada del brazo de Lilou, impecable en su postura, con los ojos delineados como si llevara una máscara de guerra.

Su cabello, recogido en una trenza gruesa sobre el hombro, brillaba como una cuerda de plata bajo la luz dorada de las lámparas. Lilou, en cambio, avanzaba con aire conquistador, como si aquel lugar le perteneciera desde siempre, y aún así, cada gesto suyo se notaba forzado, como si imitara un papel que no terminaba de comprender.

La conversación se detuvo, como si alguien hubiese cerrado una puerta al murmullo.

—¿Qué sucede? —preguntó Medb sin rodeos, deteniéndose junto a la silla vacía que ocupaba en las reuniones, aún de pie, sin soltar el brazo de Lilou.

Pietro fue el primero en hablar, con esa media sonrisa que no anunciaba buenas noticias. Había un brillo incómodo en sus ojos, y un dejo de burla apenas contenido.

—¿No te llegó la carta? Pensamos que ya lo sabías. El tema del día es tu ex.

—Bogdan —añadió Frank, con voz seca como los troncos partidos.

Medb parpadeó. Su espalda, siempre recta, titiló apenas un segundo. Nadie lo habría notado, excepto Lilou, que sintió el pequeño tirón del brazo de su pareja y supo, sin duda, que algo le dolía.




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