Ankharis Sangre Inmortal

34.-Sí lo Amaba-.

Cuando la puerta se cerró tras Lilou, el eco resonó en mis huesos como un grito que no podía permitirme contestar.

El consejo quedó en silencio. Las sillas rechinaron, una a una, mientras se levantaban. Algunos me miraron con una mezcla de compasión y prudencia; otros simplemente bajaron la cabeza. Sabían que no era el momento de palabras. Pietro me sostuvo la mirada por un instante, como si quisiera decirme algo… pero solo asintió una vez, breve, y se fue tras Blanche. Sus pasos y los de todos los demás se fueron apagando hasta dejarme sola con la madera vieja y el peso del aire.

No me moví. No podía.

Tenía la mano aún sobre la mesa, el lugar donde solía sentarse él. Donde apoyaba los antebrazos con la costumbre de quien siempre estaba listo para pelear por algo, incluso en calma. A veces lo miraba de reojo mientras hablábamos del futuro del pueblo, o mientras discutía alguna política de frontera. Me gustaba su forma de estar presente. Como si sus decisiones le pesaran, pero su convicción le impidiera delegarlas.

Ahora ese lugar estaba vacío. El calor de su presencia, borrado.

Tragué saliva, pero la garganta me ardía.

No sé cuánto tiempo estuve allí. La luz cambió. Los sonidos de la calle llegaron filtrados, lejanos. Afuera, la vida seguía.

¿Por qué me dejaste? —quise preguntarle. ¿Por qué renunciaste a todo lo que construimos aquí?

Y luego la respuesta me golpeó: porque no tenía nada más que construir si yo no lo dejaba hacerlo conmigo.

Yo lo detuve. Fui yo.

No lo dije. No le di lugar. No supe cómo permitirle quedarse sin que pareciera debilidad. Sin que me sintiera yo débil. Porque soy la Alfa Guardiana de Cróga. Porque no debo quebrarme por amor, ni por deseo, ni siquiera por pena.

Pero me rompí. En silencio. Aquí.

Pasé los dedos por la superficie pulida de la mesa. Allí donde él a veces tamborileaba con impaciencia, o donde dejaba caer los planos del perímetro. Tenía una letra fuerte, decidida. Su firma era clara, como él.

Y ahora era ausencia.

Caminé sin mirar a nadie. Atravesé el edificio del consejo como una sombra sobre alfombra de piedra. Cada paso era una decisión sostenida con fuerza artificial, como si todavía pudiera fingir que nada estaba temblando dentro de mí. No saludé a nadie. No respondí cuando alguien intentó acercarse. Ni siquiera vi quién fue.

Fui directo a la única parte del edificio donde sé que nunca entra nadie: la vieja sala de mapas, desocupada hace años, con los vidrios empañados por el tiempo y las paredes cubiertas de planos que nadie actualiza.

La puerta cedió con un gemido. Cerré tras de mí. El ruido de la madera fue como un sello. Como si al fin pudiera respirar sin testigos.

Entonces, me desmoroné.

Apoyé las manos en la gran mesa del centro y dejé que mi frente cayera contra la superficie fría. No lloré al principio. Solo temblé. Una vibración sorda, desde el estómago hasta los dedos, como si algo se hubiera soltado y no pudiera volver a tensarlo.

Bogdan.

Su nombre era una herida sin sangre. Un filo sin borde. Un eco que se repetía en mi pecho como si mi cuerpo quisiera pronunciarlo incluso en su ausencia.

Bogdan, maldito seas.

Bogdan, vuelve.

Bogdan, quédate.

Bogdan, perdóname.

Mi respiración se volvió entrecortada. Cerré los ojos. Vi su rostro en la arena, herido. Vi sus ojos buscándome cuando creía que no lo veía. Lo seguí con la mirada en silencio tantas veces, desde lejos, como una cobarde que no sabe amar sin ocultarse. Siempre creí que bastaba con estar cerca… pero nunca lo estuve del todo.

No lo detuve cuando debí hacerlo.

Le exigí todo y no le di nada que no fuese deber, control, jerarquía. Le dejé claro, una y otra vez, que su lugar no era a mi lado, sino bajo mi mando.

Y aún así, lo quería.

Dioses, lo quería.

Golpeé la mesa con ambas manos, sin pensar. El golpe resonó con fuerza, y parte del polvo cayó de las vigas. No me importó. Lo hice otra vez. Y otra. Hasta que sentí la piel punzante en los nudillos. Hasta que la mesa ya no era mesa, solo un montón de astillas a mi alrededor.

—¡Idiota! —grité—. ¡Maldito idiota!

No sabía si se lo gritaba a él o a mí.

Me dejé caer al suelo, de rodillas, como si el peso de todo se concentrara en las piernas. El cuerpo entero me pesaba. Me abrazaba a mí misma. No había ruido. Nadie me oía. Era la única manera de llorar que me permito: sin lágrimas, solo vacío.

Lo vi en mi mente, caminando lejos. Hacia África, decían. África. ¿Por qué? ¿Qué hay allí que yo no le di aquí? ¿Qué encontró fuera que no encontró en mí? ¿O es que encontró demasiado… y se asustó?

No. No fue miedo.

Fue orgullo. Dolor. Dignidad.

Esa palabra me perforó el pecho. Él la tenía. Siempre la tuvo. Aunque yo intentara ignorarla. Él era más noble que todos nosotros juntos, aunque viniera de un mundo más cruel. Nunca se sintió en casa, y aún así dio todo por este lugar.

Y yo… lo traté como un subordinado. Como un capricho que no debía permitirme.

Pensé en Lilou. En su mano sobre mi brazo cuando entramos a la sala. En su sonrisa que era más estrategia que ternura. En su forma de hablar de Bogdan como si fuera una molestia, un recuerdo, un error.

Y yo… no dije nada.

Él se fue porque yo no lo defendí.

No sé cuánto tiempo pasó. Quizás minutos. Quizás horas. El tiempo no transcurre igual cuando se tiene el alma partida en varios pedazos. Mi frente seguía contra el suelo de madera. Apenas respiraba. No quería que nadie me encontrara.

—Siempre creí que era un mito eso de que las reinas no lloraban —dijo una voz desde la puerta.

No me moví. Me quedé quieta, como una estatua de rabia congelada. Él entró igual.

—¿Qué quieres, Pietro?

—Traerte vino.

Levanté apenas la cabeza. Lo vi caminar con su andar lánguido y elegante, dos botellas sin etiqueta bajo el brazo y dos copas en la mano.




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