Ankharis Sangre Inmortal

35.-Reproches de Niña Mimada-.

No recuerdo cómo salí de esa sala sin romper nada. Solo el temblor de mis dedos, la opresión en el pecho y la humillación ardiendo en mis mejillas me empujaron hacia adelante. Crucé el pasillo como una ráfaga, sin mirar a nadie, sin escuchar los pasos de Séraphine a mis espaldas, que intentaba alcanzarme.

—Lilou, por favor…

No respondí. No podía. Si decía una sola palabra, me descompondría. Todo se desmoronaba. Todo lo que había defendido, todo lo que había creído seguro.

Medb. Mi Medb. Con Pietro. Borrachos. Riéndose. Tirados sobre los mapas como si fueran dos adolescentes sin historia ni deber.

Me encerré en mi habitación, cerrando la puerta con tanta fuerza que retumbó la pared. Séraphine golpeó una vez. Dos. Luego se rindió. O entendió. O me dejó ser.

"Me cansas", había dicho Medb. Con voz fría. Con ojos que no vacilaron. ¿Cuándo había empezado a cansarla? ¿Cuándo dejé de ser la promesa de un futuro hermoso a ser una molestia?

—No soy una niña —susurré, pero mi voz temblaba, quebrada. Medb no la oía. Nadie la oía.

Me senté. Las lágrimas se habían secado en los bordes, pero el ardor seguía ahí. Esa herida invisible que solo dolía cuando se amaba de verdad. Y yo la amaba. Con toda mi alma, con toda mi obstinación. La amaba desde antes de saber su nombre.

Y ahora… me había reemplazado. Ni siquiera esperó a que su ausencia doliera. Ni siquiera lloró a Bogdan antes de tirarse a otro.

Bogdan.

Otro nombre que se deslizaba como hielo por mi piel.

¿Qué tenía él que yo no? ¿Qué parte de su oscuridad la había envuelto tan fuerte que no podía soltarlo? ¿Y por qué estaba siempre ahí? Hiriéndola. Acompañándola. Desafiándola. ¿Por qué incluso cuando se marchaba, seguía siendo más importante que yo?

Tenía que hacer algo.

No podía quedarme aquí. No podía esperar que Medb volviera a mí por voluntad propia. No lo haría. Nunca lo haría. No si seguía siendo "una niña". No si Bogdan seguía siendo el centro invisible de su dolor.

Me levanté. Fui hasta el espejo. Estaba pálida. Ojerosa. El moño torcido. Me quité todo con rabia. Deshice cada rastro de esa versión vulnerable de mí. Me lavé la cara con agua helada. Me vestí de nuevo. No con mis sedas suaves, sino con algo sobrio. Un pantalón negro ajustado. Una camisa blanca. El cabello suelto, cayendo como una cortina de fuego sobre mis hombros. Mis botas altas. Mis anillos.

Y salí.

La cabaña olía a ella. A leña vieja, a cuero, a cosas que yo no tenía y que no sabía si alguna vez iba a tener.

Me planté frente a la puerta como si fuera una batalla. El corazón me latía en la garganta, en las uñas, en los pies. No era justo. Nada era justo. Y por eso estaba allí, con los ojos empaquetados de lágrimas que no pensaba contener, con un abrigo prestado que no combinaba con mi atuendo, y con una rabia tan grande que apenas cabía en mi cuerpo pequeño.

Golpeé la puerta tres veces. Firme. Como si el mundo me debiera algo.

Ella tardó en abrir. Escuché los pasos, el leve crujir de la madera bajo sus pies. No preguntó quién era. Sabía que era yo. Siempre lo sabía.

Cuando abrió, me recibió con esa cara de resignación tranquila que más me enloquecía. Como si esperara una tormenta y supiera que no podía hacer nada más que pararse bajo la lluvia.

—Hola —dije, con voz rota. Y sin pedir permiso, pasé.

Ella se hizo a un lado. No dijo nada. Ni una palabra. Ni un reproche. ¡Eso era lo peor! Que no me gritara, que no me mandara a volar, que me dejara hacer escenas sin defenderse.

¿¡Cómo podía amarme si no me peleaba!?

Cerré la puerta tras de mí con más fuerza de la necesaria y me giré para verla. Estaba igual de hermosa que siempre. El cabello suelto, los ojos cansados. Medb no brillaba, ella ardía, incluso cuando parecía dormida. Y eso me quemaba. Porque no ardía por mí.

—Necesitaba verte —dije. Y ya estaba llorando. Otra vez. Otra maldita vez.

Ella suspiró y caminó hacia el fuego. Se sentó en una silla, cruzó las piernas y me miró sin decir nada. Era su forma de decir hazlo rápido. Como si fuera un castigo inevitable.

—¡Me estás matando! —grité, y me llevé las manos al pecho, donde dolía más—. ¡No tienes idea de lo que haces conmigo!

Ella no contestó. Ni un gesto. Solo bajó la mirada un segundo, y volvió a levantarla. Serenidad brutal.

—¿Por qué te importa más él que yo? —pregunté. Tenía que empezar por ahí. Por Bogdan. Por ese hombre roto que no se moría aunque todo en mí quería que desapareciera—. ¡Está sangrando por ti y tú corres a curarlo! ¿Y yo qué? ¡Yo también sangro! ¡Yo también me muero un poquito cada día y tú ni siquiera me miras!

Ella parpadeó una vez. Ni una palabra.

Me acerqué al fuego. Necesitaba que me oliera. Que sintiera mi rabia como un perfume envenenado. Que supiera que yo estaba deshecha de amor y desesperación.

—Te juro que si lo piensas una vez más como lo pensaste ayer, voy a irme del pueblo —amenacé. No porque fuera verdad, sino porque dolía—. ¡Voy a irme, Medb! ¡Y no vas a detenerme!

Ella alzó una ceja. Fue apenas un gesto. Pero lo hizo. Me hizo estallar.

—¡Y Pietro! —seguí—. ¡Estabas borracha con Pietro! ¿¡Qué significa eso!? ¿¡Ahora todos pueden tenerte menos yo!?

No podía contener las lágrimas. Resbalaban por mis mejillas como cuchillas. El pecho me dolía, como si me lo hubieran vaciado con una pala.

—El consejo me odia. Me mira como si fuera una niña caprichosa. ¡Y tal vez lo soy! ¡Pero tú lo sabías desde el principio! ¡Sabías que no era como tú y aun así me abriste la puerta de tu casa! ¡Y de tu cama!

Ella apretó los labios. No con rabia, sino con pena. Como si yo fuera un huracán en un vaso. Algo inevitable, pero pequeño.

—Cróga no me habla —seguí, dando vueltas por la sala—. Me esquiva. Porque claro, tú nunca me defendiste. Nunca dijiste ella es mía. Nunca me diste un anillo. Ni una flor. Ni una maldita flor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.