Lilou no había vuelto a llorar desde aquella tarde en mi cabaña. Tampoco me había vuelto a gritar. No me exigió explicaciones ni me hizo escenas en público. Y eso, por supuesto, me ponía los pelos de punta.
Porque Lilou no se calmaba. Se replegaba.
Me lo había enseñado a la fuerza su padre, Mathieu, cada vez que negociábamos. El clan Berceau no alzaba la voz: tejía trampas con flores y se las entregaba a los enemigos como si fueran coronas. Lilou no era distinta. Quizá más emocional, sí. Más directa. Pero el instinto era el mismo. Cuando el deseo no alcanzaba, venía la estrategia.
Y ahora… estaba en estrategia.
—¿Puedo quedarme contigo esta noche? —me preguntó con voz baja, mientras me tendía una taza de té.
La miré en silencio. Estábamos en la terraza trasera de mi casa, la misma que usaba cuando necesitaba respirar sin que el pueblo me mirara como símbolo. Lilou había venido sin anunciarse. Como siempre. Como si tuviera derecho.
Le tomé la taza.
—¿Por qué?
—Porque no quiero dormir sola —respondió, clavando sus ojos grandes en los míos—. Porque hace frío. Porque me da miedo lo que sueñe si me quedo en mi cabaña.
Su dulzura era perfecta. Medida. Irritante. Se notaba ensayada.
Asentí sin decir nada. Y eso pareció bastarle.
Nos sentamos a beber en silencio. Lilou se acurrucó en la manta que siempre dejaba en la silla, y recostó su cabeza contra mi hombro. Yo no me moví.
¿Esto era amor?
No. Esto era comodidad.
El amor era otra cosa. Tenía la forma de un hombre que se negaba a volver. Tenía las manos heridas de tanto golpear sacos en la arena, el corazón lleno de silencios, el cuerpo que conocía mis sombras y mi modo de respirar en las madrugadas.
El amor dolía.
Y Lilou solo quería quedarse donde no doliera.
—¿Puedo preparar el desayuno mañana? —preguntó en voz baja.
—Si quieres.
—Y podríamos ir a entrenar luego. Con Blanche. Dijo que nos esperaría.
La miré de reojo. Estaba planeando rutinas. Horarios. Vida en común.
Estaba construyendo.
Yo no quería que construyera.
Pero tampoco tenía fuerzas para decirle que no.
Esa noche no me tocó. No intentó besarme. No se desnudó.
Se acurrucó a mi lado en la cama como una niña asustada y se durmió sujetándome la mano. Y aunque eso debió darme paz… no lo hizo.
Porque Lilou no dormía si no sabía el siguiente movimiento.
…
Al amanecer, la casa olía a café y a pan caliente.
No supe en qué momento se había levantado. Me encontré la mesa puesta, flores en un jarrón improvisado y la risa de Lilou tarareando algo mientras freía huevos.
—Buenos días, corazón —dijo, sin mirarme directamente.
La palabra me hizo detenerme.
"Corazón".
No la había dicho antes. No de ese modo. No con esa ligereza.
Ella sabía que yo no la había pronunciado nunca en voz alta para referirme a ella.
Me senté en silencio. Acepté el desayuno. Comí. La dejé hablar de flores, del color de las cortinas, de cómo deberíamos pintar el porche antes del invierno.
No interrumpí.
Pero mientras hablaba, yo no dejaba de pensar que estaba trazando su ofensiva. Que cada gesto, cada bocado servido, cada palabra dulce… era la punta de lanza de algo mayor.
Algo que no había mostrado aún.
Algo que me apuntaría a mí.
…
Cuando llegamos a entrenar con Blanche, Lilou ya estaba sudada. Había ido antes. Había calentado. Estaba preparada.
—No quiero solo golpear —dijo, tomando las vendas—. Quiero resistencia. Y precisión. Y estrategia.
Blanche levantó una ceja, sorprendida.
—¿Estrategia?
—Sí. Quiero saber cómo proteger a Medb. Cómo moverme si algo pasa.
—¿Y si algo pasa con Medb?
—Entonces quiero saber cómo no quebrarme.
Blanche me miró.
Yo también.
¿Qué tramaba Lilou?
¿Qué nueva pieza estaba moviendo?
…
Las semanas siguientes fueron una mezcla inquietante de armonía fingida y una sensación de acecho.
Lilou no se despegaba de mí. No reclamaba. No gritaba. No lloraba.
No hacía absolutamente nada que se pudiera señalar como erróneo.
Y sin embargo, todo estaba mal.
…
Un día fue a visitar a Brígid, sin que yo se lo pidiera.
Le llevó flores del jardín de la casa común —las que Blanche cuidaba como si fueran hijos— y se sentó con ella en el invernadero durante horas.
Cuando llegué a buscarla, ya se había ganado a tres mujeres que le ofrecían sus recetas para el invierno.
—Es tan dulce —dijo una de ellas, pasándome la mano por el brazo como si yo fuera una madre orgullosa—. No sabía que tu pareja era tan educada y generosa. Está organizando una feria de plantas con Brígid. Imagínate.
Lilou me miró desde el fondo del invernadero.
No me sonrió.
Me sostuvo la mirada como si me advirtiera: yo también sé construir poder.
…
Otro día… fue a ver a Pietro.
Eso lo supe porque lo encontré riéndose con ella en el porche de su casa, copa en mano, mientras Lilou fingía desinterés por su guitarra y él le tocaba una melodía improvisada.
—Es solo una canción —dijo Pietro al verme—. Me pidió que le enseñara acordes. Me pareció inofensivo.
No lo era.
Porque Pietro no tocaba para cualquiera. Y Lilou no aceptaba regalos sin calcular la deuda.
—Gracias, Pietro —dijo ella, mirándome por encima de la copa—. A veces uno necesita hablar con alguien que no te vea como una sombra.
Una sombra.
Eso era yo, según ella.
La figura sobre la que se proyectaban todas las expectativas. Todo el deber. Toda la contención.
Lilou estaba cansada de amar a alguien que no le devolvía la luz.
Pero no lo dijo con reproche.
Lo dijo con lástima.
Como quien asume que está bien… y que por eso va a tomar otro camino.
…
Otra vez, durante el almuerzo comunal, Lilou cocinó para todo el consejo.
Sí, para todos.
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Editado: 20.03.2026