—¿Esto es una prueba? —dijo Giovanni, con voz ronca.
Lilou no respondió. Me buscaba con los ojos, como si esperara una señal. Yo no se la di. Me acerqué a la mesa y serví tres copas de vino oscuro como sangre. Tomé un sorbo sin decir nada.
Y luego me desnudé.
No toda. Solo lo suficiente para que entendieran que no había vuelta atrás.
Me desabotoné lentamente la camisa. Mis dedos sabían lo que hacían: medían cada respiración, cada mirada que se cruzaba entre ellos. Dejé que mis hombros quedaran al descubierto. Que la piel hablara antes que yo. Lilou contuvo el aliento. Giovanni bajó la vista, pero no por pudor. Por tensión. Por hambre.
Lilou dio el primer paso. Siempre ella. Impulsiva, temeraria. Se acercó y me tomó la cara con ambas manos, temblando. Me besó. No fue un beso dulce. Fue un reclamo. Un sollozo contenido.
Sus labios se abrieron entre los míos y no se detuvo. Su cuerpo me presionaba. Su pecho latía fuerte. La abracé. Fuerte. La levanté un poco y nos tumbamos sobre la alfombra. Su muslo se coló entre los míos, caliente, suave, buscando contacto.
Giovanni no se movía. Pero ya respiraba distinto. El aire lo envolvía.
Se arrodilló junto a nosotras. Lilou se tensó. Lo sintió cerca, respirando contra su cuello. Él le acarició el hombro con la yema de los dedos. Apenas un roce. Y ella gimió, sorprendida de su propio cuerpo. Entonces, fue Giovanni quien me buscó.
Me besó.
Fue seco al principio. Dubitativo. Después más profundo. Nuestros labios se amoldaron como amigos de toda una vida esperando el día para encontrarse. Mis dedos buscaron su nuca, su espalda. Sentí el temblor leve bajo su piel.
—No me hagan elegir —susurré entre los dos.
Y ellos no lo discutieron.
Nos tumbamos los tres. Lilou entre mis piernas, su mejilla apoyada sobre mi vientre. Mis dedos jugaban con su cabello mientras Giovanni se acomodaba detrás de mí, rodeándome con su cuerpo más grande, más firme.
Las manos comenzaron a explorar. Primero las mías, sobre la espalda de Lilou. Sobre sus costillas. Sobre la curva de sus caderas. Ella arqueaba el cuerpo y se aferraba a mí como si se deshiciera.
Giovanni se inclinó sobre mí. Su boca recorrió mi cuello. Su aliento me calentaba la piel. Sentí su mano deslizarse por mi costado, lenta, poderosa, trazando caminos nuevos sobre un mapa antiguo. Y yo los dejé hacer.
Lilou se alzó para besarme otra vez. Sus labios brillaban con saliva y deseo. Su lengua se entrelazó con la mía mientras Giovanni, detrás de mí, me atrapaba con sus brazos y me respiraba hondo entre los omóplatos.
Éramos un nudo. Un lenguaje hecho de gemidos bajos, piel encendida y suspiros a tres voces.
Los cuerpos se curvaban, se chocaban, se abrazaban. No había norte. No había fin.
Mi mano alcanzó la de Giovanni. La llevé sobre el cuerpo de Lilou. Sobre sus costillas, luego su vientre. Él no se resistió. Y Lilou no lo detuvo. Yo estaba en medio. Entre sus dos bocas.
Los besos se volvieron lentos. Cada gesto era un altar. Cada jadeo, una promesa que no pedía futuro. Solo presencia. Solo ahora.
Nos deshicimos. Piel contra piel. Piel sobre piel.
No hubo uno sobre el otro. No hubo conquista. Solo danza. Lenta. Profunda. Embriagante.
Cuando el vino se agotó y la madrugada nos alcanzó, estábamos entrelazados. Los tres.
Mi brazo bajo el cuello de Giovanni. Su pierna sobre la de Lilou. El pecho de ella subiendo y bajando entre los míos.
Yo no quería dormir. Quería quedarme ahí. En ese momento suspendido donde ya no éramos tres almas divididas. Sino una criatura nueva, salvaje, compleja y perfecta. Una tríada
—¿Esto es lo que querías? —susurró Giovanni, con voz baja, rendida.
—No —respondí—. Esto es lo que somos ahora.
Y Lilou, sin decir nada, se aferró más fuerte.
Como si al fin hubiera entendido.
…
Había algo inusualmente doméstico en despertarme con el peso cruzado de dos cuerpos sobre el mío.
A veces era el brazo de Giovanni, grande y caliente, envuelto bajo mi cintura como si reclamara un territorio ya suyo.
Otras, era el muslo suave de Lilou rozando el mío, aún dormida, su respiración haciéndome cosquillas en el cuello, como si jamás hubiera existido el escándalo, la guerra emocional, el descontrol.
El sol entraba filtrado por las cortinas de lino blanco, arrastrando con él una paz inesperada. La casa había cambiado desde que convivíamos los tres.
Nada sustancial, al menos no a simple vista: mismos muebles de madera clara, misma estufa de leña encendida al amanecer, mismo aroma a café y tierra húmeda. Pero los silencios eran más densos, los pasillos más vivos. Había una risa que se deslizaba en las mañanas, compartida entre roces y miradas, y un leve caos de pasos que ya no eran solo míos.
Esta mañana era especial. No por la ternura que sentía al ver a Giovanni medio cubierto con la sábana, ni por el mechón de cabello dorado que escapaba del hombro de Lilou, sino porque ambos habían aceptado, con una mezcla de orgullo y temor, dar el paso siguiente: presentarnos como una unidad, una elección no convencional.
—Hoy toca jugar a la familia disfuncional —murmuré para mí misma mientras me vestía.
Preparar la fiesta no era una estrategia política —o no solo—. Era una declaración de independencia emocional.
Nadie esperaba que la Alfa Sekhem Guardiana de Cróga compartiera el lecho con dos personas.
Y mucho menos con alguien como Lilou, símbolo de la vieja guardia, y con Giovanni, el estoico que había evitado las pasiones durante siglos.
En la cocina, Giovanni ya estaba preparando el café. No hablaba mucho por las mañanas, pero había aprendido a leer sus gestos. La forma en que dejaba mi taza más cerca que la suya. La forma en que evitaba las tostadas que sabía que Lilou prefería. El modo en que me miraba cuando creía que yo no lo notaba, como si intentara memorizarme.
—¿Lilou sigue dormida? —pregunté.
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Editado: 20.03.2026