Ankharis Sangre Inmortal

39.-Amar el Fuego-.

Esperábamos el crujido de la puerta. La forma en que Medb solía empujarla con el hombro, casi siempre distraída, como si ya estuviera pensando en otra cosa. Yo ya tenía las palabras en la punta de la lengua, las lágrimas listas, el cuerpo tenso.

Preparada para mi escena, la última, la más dolorosa, la más perfecta. Giovanni estaba a mi lado en el sofá, sosteniendo mi mano con la calma que siempre fingía tener. Estábamos listos para enfrentarla. Para detenerla. Para exigirle.

Pero el crujido nunca llegó.

Un segundo, luego otro. El silencio siguió acumulándose como un animal dormido, estirando sus patas dentro de mi pecho. Giovanni ladeó la cabeza, alerta, y se incorporó primero. Lo seguí, descalza, con el corazón haciendo ese tambor tribal que sólo golpea cuando sé que algo está mal. Y esta vez, algo estaba mal. Muy mal.

Nos asomamos por la ventana de la cocina. Era de noche, y la niebla que colgaba sobre el bosque le daba a todo ese aire de magia maldita que detestaba. Y ahí estaba ella. Medb.

No entrando. No volviendo a casa. No regresando a nosotros.

Caminaba. Con paso firme, las manos en los bolsillos del abrigo largo. La cabeza alta.

—¿A dónde va? —pregunté, aunque la respuesta ardía en mi estómago. Giovanni tardó en responder. Seguía mirándola, su mandíbula tan tensa como la mía.

—A la sala del consejo. —dijo al fin—. Va a decidir que hacer con él.

"Él". Bogdan. El regreso. La mujer. El niño. La grieta. Todo.

Sentí que la sangre me bajaba tan rápido a los pies que por un segundo pensé que me desmayaría. Me apoyé en el marco de la ventana, la piel helada contra la madera vieja.

—Tenemos que detenerla —susurré—. No puede hacer esto. No puede decidir por su cuenta. No puede... no puede...

Pero no terminé. Giovanni se giró hacia mí y me tomó del rostro, obligándome a verlo. Su voz fue suave pero afilada como un alfiler.

—Si sales corriendo detrás de ella ahora, Lilou... sólo le darás más motivos para alejarse.

Negué, desesperada.

—Pero si no hacemos nada, si no la frenamos...

—¿Y luego qué? —interrumpió él—. ¿Le gritas? ¿Le lloras? ¿Le dices que la amas? ¿Otra vez? ¿Le exiges flores y anillos mientras el mundo arde a su alrededor?

Me aparté de él. El golpe no fue físico, pero dolió como si lo fuera.

—No es justo.

—No lo es. —asintió con calma—. Pero ser justa nunca fue la forma de tenerla cerca, ¿verdad?

Cerré los ojos. El recuerdo de la terraza, las voces flotando entre las ramas como canciones tristes. Medb y Bogdan. La forma en que ella lo miraba cuando creía que nadie la veía. Lo que decían sin decirlo. La historia que compartían. El amor que les unía aunque se negaran a llamarlo así.

Y ahora... ahora estaba caminando hacia el consejo. A ponerlo todo sobre la mesa. A decidir.

—Podemos frenarla —insistí, aunque ya no sonaba segura ni ante mí misma—. Aún podemos convencerla.

Giovanni suspiró. Rodeó la mesa, sirvió dos copas de vino sin decir nada, y me tendió una.

—No la vamos a convencer con gritos, Lilou. Ni con lágrimas. Esta vez, hay que usar la cabeza.

Lo miré, sin tocar el vino.

—¿Quieres que haga como si nada pasara? ¿Que me quede callada mientras ella... mientras ella elige...?

—No. Quiero que entiendas que si explotas ahora, la pierdes para siempre.

Silencio. El mismo silencio que Medb dejó al no entrar. Me pesaba en los hombros, en los párpados. Quise llorar. Quise romper algo. Pero él tenía razón. Aunque me doliera. Aunque todo en mí gritara por hacer una escena.

La copa de vino temblaba entre mis dedos.

—Entonces, ¿qué hacemos? —susurré—. ¿Esperamos?

Giovanni se acercó. Me tomó de la nuca, suave.

—No. Planeamos.

Pasamos horas hablando. Dibujando futuros sobre el mantel. Posibilidades. Trampas dulces. Momentos que podríamos crear. Yo, cocinando su postre favorito. Él, acompañándola a entrenar. Los dos, decorando la casa. Regalos. Gestos. La vida que alguna vez quiso. Lo que podíamos ofrecerle juntos.

Pero nada borraba el hecho de que ella había ido al consejo sola.

Nada borraba la figura de Bogdan, su historia, su sombra. La mujer que lo acompañaba. El hijo. El rumor.

La traición que no era traición, porque nunca nos prometió nada. Y eso era lo peor.

Cerca del amanecer, cuando el primer rayo de luz atravesó la ventana, Giovanni tomó mi mano.

—Lo haremos a nuestra manera —me dijo—. Con elegancia. Con inteligencia. Sin escándalos.

Y por primera vez en mucho tiempo, no discutí. Solo asentí, con el corazón lleno de cristales rotos. Pero todavía entero. Todavía dispuesto a luchar.

No con gritos. Con estrategia.

La respiración de Lilou se hizo más pausada. Al principio no lo notó, perdido como estaba en la danza errática de pensamientos. Pero luego, cuando el ritmo se hizo más constante y el vino finalmente la venció, se permitió soltar el aire que llevaba contenido en el pecho desde hacía horas. No por ella. Por Medb.

La manta había caído hasta la cintura de Lilou, una pierna estirada sobre las sábanas y el rostro enrojecido por el llanto y el alcohol. Se notaba tan joven cuando dormía… tan lejos del huracán que era despierta. Tan parecida a como fue Medb, cuando aún era posible llamarla joven.

Giovanni se sentó al borde de la cama, le acomodó el cabello tras la oreja con delicadeza. No quería despertarla. No ahora. No cuando por fin se había callado ese torbellino de reclamos, de exigencias, de miedos. No la culpaba. Amar a Medb era como amar al sol: hermoso, vital, pero imposible de poseer sin quemarse.

Él lo sabía mejor que nadie.

Porque la había amado antes que nadie.

Lilou se removió levemente en el colchón. Giovanni la cubrió con la manta hasta los hombros. Luego se levantó. El fuego de la chimenea aún chispeaba. Se sirvió otra copa de vino. No sabía si era la segunda o la décima. Perdió la cuenta.




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