Ankharis Sangre Inmortal

40.-La Cobarde que no supo Elegir-.

La puerta crujió cuando empujé el cerrojo. No con violencia, sino con ese gesto casi reverente que uno tiene al entrar a una tumba. O a un santuario. Para mí, aquella vieja sala de mapas, enterrada bajo los escombros emocionales de mi vida, era ambas cosas.

Apoyé la frente contra la madera un momento antes de cerrar. El frío del metal del doble pestillo interior me recorrió los nudillos como una advertencia. Nadie más podía entrar. Nadie debía ver. Nadie, excepto Deirdre. Y ella sabía que, cuando los candados exteriores estaban abiertos, significaba una sola cosa: “No estoy para nadie.”

Pasé un seguro. Luego el segundo. Tomé un largo respiro… y la máscara cayó. Literalmente. Me quité el abrigo, el chaleco de cuero que me colgaba como una autoridad indeseada, el cinturón con las llaves del consejo. Todo cayó al suelo con un sonido sordo.

Me arrojé sobre el futón sin elegancia alguna. Mi cuerpo dolía. El alma más.

Bogdan había vuelto.Y yo... Yo había hablado con él como si no tuviera un nudo en la garganta. Como si mi voz no se quebrara al mirarle los ojos. Como si no hubiera sido suya alguna vez. Como si no hubiera soñado, muchas noches, con que volviera por mí.

Pero no volvió por mí.

Y eso era lo peor: no podía odiarlo. Porque había regresado con sentido. Había sanado. Había encontrado paz. ¿Y yo?

Yo me escondía en esta sala para llorar como una niña.

Me serví una copa sin mirar cuál era el vino. Da lo mismo. A esta altura todo sabía igual. Lo bebí de un sorbo y me llené otro. Y otro. Hasta que el ardor me calmó más que el fuego que alguna vez dominé. Ahora era ese fuego el que me consumía.

Hundí la cara en la manta. No quise llorar. Pero lo hice igual. Estúpidamente. Desarmándome entre sollozos como si no llevara más de siete siglos aprendiendo a no romperme.

Y sin embargo, me rompí.

El vino no bastó. Saqué una botella de ron y bebí directamente de ella. Me senté en el suelo, contra la pared, con las piernas estiradas. Contemplé las cajas de pañuelos. Agarré una y me sequé los ojos con la resignación de quien conoce demasiado bien el ritual.

—¿Qué hago contigo, Bogdan? —murmuré al vacío—. ¿Qué se supone que haga ahora?

Él tenía una pareja. Un hijo. Un proyecto.

Y yo sólo tenía caos.

Apreté la botella entre las manos. Mi reflejo en el espejo me devolvió una mirada rota. No era la Alfa Medb. No allí. No en esa sala. En esa sala era solo una mujer con demasiadas cicatrices, una loba sin manada real, una sobreviviente de sí misma.

...

Afuera, la noche avanzaba con un frío que se colaba por las ventanas rotas. Pero allí dentro no temblaba. Porque el dolor ardía más que el invierno.

No sé cuánto tiempo pasó. Horas, quizás. Me quedé sentada en el suelo tapada con la manta, abrazada a la botella vacía, con la mejilla húmeda contra el futón.

Un golpe en la puerta me sobresaltó.

Uno. Luego otro.

Suave. Paciente.

—Medb... Déjame entrar…

La voz de Deirdre.

—Déjame en paz.

—No puedo.

—Estoy bien.

—Mentira.

Sonreí amarga. Sabía que no se iría. Me levanté con torpeza, destrabé los pestillos y la dejé entrar.

Me limpié las mejillas de golpe, aunque seguían rojas y mojadas. Fui hasta la puerta con pasos vacilantes, abrí apenas lo justo para asomar el rostro.

—¿Puedo pasar? —preguntó Deirdre, sin la menor exigencia.

Asentí. No tenía fuerzas para palabras. Ella no esperó más y entró, cerrando la puerta con la delicadeza de quien ha hecho esto muchas veces. Se quitó el abrigo sin apuro, colgándolo en la estantería improvisada con mapas enrollados, y se sentó junto a mí en el futón, donde aún quedaban restos de una botella de vino a medio terminar.

Me miró, me escaneó, me entendió.

Y entonces, sin decir una sola palabra, abrió los brazos.

Yo me deshice.

Caí sobre ella como una niña herida, como una loba que había perdido la senda. Hundí el rostro en su cuello, entre su cabello perfumado a lavanda, mientras mi cuerpo se sacudía con sollozos sordos, secos, rabiosos. Deirdre me abrazó con firmeza, sin intentar detener el llanto. Sólo estaba ahí. Como siempre.

—¿Qué voy a hacer, Dre? —susurré entre hipos—. Volvió… volvió con alguien más… con esa… con un hijo…

Sollozaba. No con lágrimas delicadas, no con llanto bonito. Era un gemido tosco, atravesado, el cuerpo entero encorvado por el dolor.

Deirdre me acarició el cabello como cuando éramos niñas, cuando teníamos menos de cien años y soñábamos con conquistar el mundo. No dijo nada hasta que el temblor cedió, hasta que me dejé caer otra vez sobre el futón, dejando espacio para que se sentara a mi lado.

—¿Vas a dejarlo ir? —preguntó al fin.

Me cubrí la cara con ambas manos, sin responder.

—Medb…

—No entiendo por qué volvió —murmuré, la voz apenas un hilo de aliento—. Ni por qué trajo a esa mujer. Ni por qué me mira así. Como si nada de todo lo que pasó... hubiera importado.

Deirdre chasqueó la lengua, como hacía cuando estaba a punto de decir una verdad incómoda.

—¿Y tú qué esperabas? ¿Que no rehaga su vida después de que lo dejaste ir sin decirle nada?

Levanté la cabeza, fulminándola con la mirada, pero ella no retrocedió. Sabía que tenía derecho.

—No lo dejé ir. Fui a buscarlo.

—Sí. —Su voz tembló un poco, como si le doliera más que a mí recordarlo—. Y volviste rota. Yo te recogí cuando llegaste hecha un desastre, ¿recuerdas? Con la ropa desgarrada, deshidratada, con la voz tan gastada de gritarle al vacío que parecía que habías envejecido cien años.

Me apreté las piernas contra el pecho.

—No estaba donde dijeron que estaría.

—No, no estaba —dijo ella, con más suavidad—. Pero igual fuiste. Contrataste a esos mercenarios que te cobraron el triple por atravesar el desierto como una loba sin rumbo. Estuviste dias sin dormir bien, tragando polvo y piedra, solo por la mínima posibilidad de encontrarlo.




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