El amanecer me encontró de pie, como tantas otras veces, antes de que el mundo despertara.
Aún era temprano. El cielo apenas comenzaba a pintarse con los tonos diluidos del alba, y el canto de los pájaros apenas brotaba tímido entre los árboles. Cróga dormía. Pero yo no podía.
No había dormido más de un par de horas, aunque mi cuerpo supiera lo necesario del descanso. Mi mente estaba demasiado despierta para cerrar los ojos. El corazón… aún peor.
Abeni y Khaal dormían en la cama, fundidos uno en el otro. Ella con un brazo curvado alrededor de su cuerpecito moreno, su mano extendida sobre su pecho como si fuera una extensión de su alma. Los rizos de ambos, enmarañados y oscuros, formaban una sola corona en la almohada. Respiraban al mismo ritmo, sincronizados, como si el mismo universo les dictara el compás.
Eran parte de mi hogar.
Pero no podía quedarme allí, en esa calma bendita.
Me levanté con cuidado. Tomé una camiseta del respaldo de la silla y me la pasé por la cabeza. Los tablones del suelo crujieron levemente bajo mis pies descalzos mientras avanzaba hacia la cocina. No encendí ninguna luz. El resplandor pálido de la aurora era suficiente.
Preparar el desayuno se convirtió en un acto casi ceremonial. Algo que me anclara a este presente, a esta tierra que no pisaba desde hacía tiempo, y que ahora reclamaba con el peso de mis decisiones.
Puse a hervir agua en la vieja tetera que había rescatado del desván de la casa. No era mucho lo que había aquí. La vivienda que me habían asignado temporalmente era más pequeña de lo que alguna vez conocí en Rumania, pero más cálida. Más humana, si se podía decir.
Sobre la mesa, dispuse frutas secas, un tarro de miel, infusiones y café, además de pan con semillas, que los vecinos habían dejado a la puerta en una canasta, junto con una pequeña nota que decía “Para ustedes. Bienvenidos a casa”.
Tal vez fue Mairead, la gamma que me saludó anoche desde su silla en la plaza central.
Todo me parecía tan familiar y tan nuevo al mismo tiempo.
El sonido de la tetera me sacó de los pensamientos. Serví dos tazas, una con hierbas relajantes para Abeni, la otra con café para mí. La sostuve entre las manos unos segundos, sin beberla, solo sintiendo el calor. Como si eso fuera suficiente para calentar también las dudas.
Hoy era el día. El verdadero motivo de mi regreso.
La elección de Alfa Líder se acercaba. Primavera. Un nuevo ciclo. Y yo… yo estaba listo.
Al menos, eso me decía cada vez que respiraba hondo.
...
Había soñado con este momento durante meses. Lo planeé. Lo preparé. Elegí con cuidado cuándo volver, cómo hacerlo, qué decir. Pero aún así, estar aquí, en Cróga, caminando entre estos árboles, escuchando el rumor del viento que hablaba un idioma distinto al de África, era una mezcla de vértigo y certeza.
No había venido solo. Tenía un hijo. Una mujer. Un pasado que pesaba. Una historia no dicha.
Y había algo más. O alguien más.
El nombre de Medb aún ardía en mi pecho como una vieja runa escrita con fuego. No sabía qué había en su interior cuando me vio anoche. No sé si me odia o si aún guarda mi nombre bajo llave, como yo intenté guardar el suyo en cada frontera, en cada fuego encendido en el desierto.
Pero no era sólo por ella que volvía.
Volvía por mí.
—¿Ya estás despierto? —la voz suave de Abeni me sacó del trance.
Me giré. Estaba en el umbral, descalza, envuelta en una manta que le cubría los hombros. Su cabello estaba suelto, largo, aún desordenado por el sueño. Tenía los ojos entrecerrados, pero en ellos había algo que siempre me devolvía la calma: la fe. No ciega, no ingenua. Una fe que había sido tallada a golpes, a pruebas, a noches en cuidando a los que dormían.
—No quise despertarte —murmuré, acercándome para besar su frente.
—No podías dormir. Lo sentí. Tus pasos, tus silencios… tus pensamientos.
Asentí, sin esconderlo. Ella no me pedía explicaciones. Nunca lo hacía. Solo me leía como si mi piel fuera un libro abierto y mi sangre una canción antigua que conocía de memoria.
—Estás nervioso —añadió, tomando la taza que le ofrecí—. Pero no tienes por qué. Lo que está destinado, se cumple. Como las estrellas cuando siguen su curso.
—¿Y si el destino cambia? —pregunté, sin querer que sonara como duda, pero sonó igual.
Ella me miró largo rato. Luego sonrió. Una sonrisa lenta, cargada de sabiduría y fuego.
—Entonces lo volverás a trazar. Como lo hiciste conmigo. Como lo haces cada vez que eliges.
…
Caminamos juntos hacia el edificio del Consejo. La mañana ya se había abierto paso y los habitantes del pueblo comenzaban a salir. Algunos nos saludaban con curiosidad. Otros fingían no mirar. Otros sonreían con autenticidad, miraban a Khaal, y él los saludaba como si ya fuera príncipe de estas tierras.
Abeni iba a mi lado, serena, impecable, con su vestido largo y su turbante violeta. Se mantenía ligeramente detrás, como dictaba la tradición de su clan, pero sin restarse presencia. A su modo, también era una reina.
Los escalones del consejo eran más altos de lo que recordaba. O tal vez, mis pies más pesados. Sostuve a Khaal de la mano y subimos juntos.
—Recuerda quién eres —me dijo Abeni, antes de entrar—. Y por qué ardes.
Cuando me anuncié ante el consejo, vi las miradas de asombro, de juicio y de alerta. Sabían que había regresado, pero no esperaban que trajera a mi hijo conmigo. Mucho menos que hablara, sin rodeos, de postularme como Alfa Líder Reproductor.
Las palabras quedaron flotando en el aire, como una llama sin oxígeno. Lo dije sin temblar. Sin elevar la voz. Sin arrogancia.
—Vengo a reclamar mi derecho.
Y el silencio fue total.
Mi nombre aún pesaba. Mi linaje aún contaba. Pero mis decisiones, mis ausencias, mis heridas… también.
Vi a algunos miembros del consejo intercambiar miradas. Vi a Medb, sentada al fondo, con los ojos clavados en mí, pero sin decir una sola palabra. Era otra. O la misma, tras mil batallas. No sabía si su silencio era apoyo o juicio. Pero dolía igual.
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Editado: 11.04.2026