El murmullo dentro de la sala del consejo se extinguió tan pronto como Bogdan cruzó la puerta. La energía cambió. Como si un nuevo eje gravitacional hubiese entrado al recinto, alterando la forma en que los demás se sentaban, hablaban o incluso respiraban.
Pietro había llegado primero. Había pasado la noche en vela. Una mezcla de ira, decepción y miedo le quemaba la garganta. Desde que supo que Bogdan estaba de regreso no había podido ni comer. ¿Y ahora el muy cabrón aparecía sin siquiera avisarle? Ni un cuervo, ni una maldita señal. Nada.
Cormac, puntual como nunca, entró silbando por lo bajo con una sonrisa irónica. Se saludaron con un gesto leve, sin humor. Blanche llegó después, serena, con una capa de lino blanco que arrastraba un poco al andar. Darragh estaba concentrado, revisando el acta anterior, y Brónach con el ceño fruncido, ya en modo defensa. Lugh entró último, distraído, con un libro bajo el brazo que no correspondía al orden del día.
Medb tomaba su asiento, imperturbable, los ojos negros como la noche, clavados en el vacío frente a ella. A su derecha, Pietro se removía con evidente incomodidad. De todos los presentes, quizás él era el único que tenía razones personales para sentirse herido. Y no se molestó en disimularlo.
Y entonces llegó. Bogdan.
Vestía ropa sencilla, pero impecable. El cabello trenzado, la barba recién recortada. No era el mismo hombre que había partido meses atrás. Caminaba como quien ya ha peleado con todos sus demonios y los ha obligado a inclinarse.
Pietro no pudo contener la mirada. El pecho le dolió, pero no era celos lo que lo consumía. Era el abandono.
—Maldito —susurró apenas.
Bogdan saludó con una inclinación de cabeza y ocupó el asiento frente a todos, dejando las formalidades de lado.
Alexander entró justo detrás de él. Siempre llegaba último, con ese aire insidioso que lo envolvía como un perfume rancio. Se sentó en su silla con el cuerpo ladeado, como si observara a una presa. Llevaba un día disfrutando del espectáculo. Sabía que el regreso de Bogdan provocaría una sacudida, y no le importaba en lo más mínimo. Mientras todos ardían, él se calentaba las manos.
—Ni un solo cuervo, ni una carta, ni un maldito susurro —escupió entre dientes Pietro, mirando a Bogdan con una mezcla de reproche y decepción.
—No estamos aquí para ajustar cuentas personales —intervino Brígid con voz clara, siempre imparcial.
—Pues deberíamos —añadió Giovanni con un tono ácido, sin despegar los ojos de Bogdan. Sentado con los brazos cruzados, el cuerpo echado hacia atrás, era todo contención rabiosa.
—Empecemos —dijo Frank, impaciente—. ¿Cuál es el reclamo formal que se ha presentado?
Fue Blanche quien leyó el documento.
—Bogdan, ciudadano naturalizado, ex Alfa por combate, solicita su candidatura a la elección del Alfa Líder Reproductor para el nuevo ciclo de siete años.
Hubo un silencio prolongado.
El protocolo dictaba que Bogdan debía presentar su petición de forma clara. Se puso de pie sin aspavientos y, con una voz firme y tranquila, como si hubiera estado ensayando este momento durante años, habló:
—Vuelvo a Cróga para reclamar mi derecho a participar en la elección de Alfa Líder de esta primavera. He cumplido con el requisito de ciudadanía, y mi estatus como Alfa Líder ha sido confirmado por combate hace más de una década.
Brónach alzó una ceja, severa. Siempre lo era, pero ahora parecía aún más rígida.
—Tu ausencia fue prolongada. ¿Esperas que simplemente pasemos por alto que estuviste fuera en momentos críticos?
—¿Con qué derecho? —exclamó Deirdre— Se fue sin decir palabra. No rindió cuentas. Nos dejó.
—No estamos aquí para juzgar la moral de sus actos —interrumpió Senan con voz neutra—, sino para decidir si cumple con los requisitos constitucionales.
—¡Pero claro que cuenta! —intervino Giovanni, los ojos llameando clavados en Bogdan—. ¿Qué clase de Alfa Líder desaparece y luego regresa como si nada? ¿Y ahora exige el derecho al puesto?
—A mí me parece maravilloso —intervino Ethel, sonriendo con una dulzura inquietante—. Su línea genética es fuerte, y ha demostrado que puede reproducirse.
Todos la miraron con incomodidad.
—Eso no es argumento —gruñó Brónach—. ¿Qué legitimidad tendría como líder? ¿Qué clase de ejemplo da?
—Luchó por este pueblo. Fue elegido Alfa en combate. Cumplió su rol —dijo Darragh, sin apartar la vista del acta—. Su ausencia fue prolongada, sí, pero no rompió ninguna ley.
—Además, ha regresado con una familia —añadió Cormac, en voz baja—. Eso debería contar.
Frank, con su estilo de travesura sutil, se inclinó hacia Pietro y le susurró algo al oído. Pietro soltó una risa suave, que se evaporó bajo la mirada cortante de Brónach. Darragh, al lado, hojeaba documentos con meticulosidad, evitando la tensión general.
Ethel, desde su lugar, miraba a Bogdan con interés clínico, como si observara a un espécimen inusual. Tenía una leve sonrisa; ella siempre había considerado a Bogdan como una variable inestable y fascinante.
Cormac, bonachón como siempre, tamborileó los dedos sobre la mesa.
—A mí me parece que si vino, habló y cumple los requisitos, no veo por qué no aprobarlo. Es primavera, y se nota.
Senan asintió, imparcial como Brígid. Ambos sostenían la balanza invisible del consejo, esperando el momento justo para inclinarla.
—¿Qué dice Medb? —preguntó Blanche de pronto.
Todos giraron hacia ella.
—Nada aún —respondió Brígid—. Aunque su silencio dice mucho.
—Ella no se pronunciará en público —dijo Blanche, sin ocultar el veneno—. Como siempre, mantendrá el rostro impasible mientras otros se desangran peleando.
Alexander, satisfecho de verlos a todos debatir, alzó una mano.
—Muy bien. Antes de que continúen desangrándose emocionalmente… Quiero decir algo —se levantó, dejando que su presencia llenara la sala—. No me presentaré a la reelección. El ciclo ha terminado para mí. Dejo el cargo de Alfa Líder libre para ser disputado en justa elección.
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Editado: 11.04.2026