Ankharis Sangre Inmortal

43.-Me quedo por el Momento-.

La puerta de la casa estaba entreabierta cuando llegué. Había silencio, uno de esos que no son verdaderos, sino que están llenos de pasos contenidos y cosas no dichas.

Dejé la mochila en la entrada sin hacer ruido, deslicé mis sandalias, y crucé el umbral de la cocina con el corazón en vilo. La vi de espaldas. Estaba sola. Al fin.

Medb estaba eligiendo frutas. Las sacaba de la bolsa de tela con un cuidado casi maternal, como si cada manzana pudiera quebrarse con solo mirarla mal.

A pesar de la tensión que aún me pesaba en el pecho desde la reunión del consejo, verla así me devolvió algo del aire. La línea de su cuello, el mechón rebelde cayendo sobre la nuca, los hombros levemente tensos... todo eso era mío. Mío y de Giovanni. Nuestro.

Y sin embargo, esa mañana, no lo parecía.

—¿Saliste sin decir nada? —pregunté, suavemente, recostándome contra el marco de la puerta. No quise sonar herida, pero la voz me salió más aguda de lo que esperaba.

Ella no se giró al principio. Levantó una pera, la giró con los dedos.

—Quería estar sola un rato —respondió.

Me mordí el labio. Hubiera preferido que dijera cualquier otra cosa.

—¿Sola o sin mí?

Entonces sí se giró. Sus ojos negros me atraparon, tan impenetrables como siempre, pero había algo quebrado en su gesto. Algo que me decía que no era sólo conmigo, que también se estaba alejando de sí misma. A veces, Medb se alejaba de todo lo que amaba cuando algo dentro de ella dolía. Como si guardar silencio fuera su forma de protegernos.

—No es eso, Lilou.

—¿Entonces qué es?

Ella suspiró y se volvió otra vez hacia el mesón. Sacó las uvas, las puso en un bol. Acomodó las manzanas como si necesitara ordenar el universo por colores.

—La reunión me dejó agotada —murmuró.

Yo avancé despacio. Cada paso era un reto. Estábamos en casa, en nuestra casa, y aun así se sentía como entrar a territorio ajeno. Me paré a su lado, más cerca de lo que pedía su lenguaje corporal. La observé de perfil.

—A mí también —dije, y dejé que mi voz se quebrara un poco. Porque era verdad. Porque verla tan distante dolía más que cualquier discusión.

Ella me miró entonces. Solo un segundo. Pero suficiente.

—Lo sé.

—¿Por qué no me dejas estar contigo cuando estás así?

Medb bajó la mirada. Su respiración se hizo lenta. Parecía que luchaba contra las palabras, como si decirlas fuera un esfuerzo físico.

—Porque me da miedo romperte —dijo al fin.

Sentí un nudo en la garganta. La rabia y la ternura me golpearon al mismo tiempo. ¡Como si yo fuera de cristal! Como si no hubiera resistido el peso de mi propio linaje, de las expectativas de mi padre, del juicio de su consejo entero. Como si no hubiera elegido quedarme. Elegirla.

—No soy tan frágil —susurré.

Ella me tocó la mejilla entonces. Breve. Suave. Como si su piel aún no supiera si tenía derecho a la mía. La tomé de la muñeca. Me aferré a ese contacto.

—Estamos en esto juntas —le recordé.

Medb asintió apenas. No dijo nada más, pero su silencio fue distinto esta vez. Fue un silencio que abría la puerta, no que la cerraba.

.

Giovanni llegó unos minutos después. Llevaba el cabello húmedo, y una sonrisa tibia en la boca. Traía pan recién horneado y un ramo pequeño de flores silvestres que dejó en el centro de la mesa sin hacer ningún comentario. Sus ojos se deslizaron entre nosotras con esa mirada que todo lo ve, todo lo entiende, pero no juzga nunca. El equilibrio perfecto entre nosotras dos.

—¿Llegaste hace poco? —le pregunté, acercándome a él con los brazos abiertos.

Me abrazó sin reservas. Olía a bosque y agua.

—Hace nada. Me crucé con Pietro, me hizo un resumen completo de la reunión, como si no hubiera estado ahí, mientras me perseguía con propuestas de reformas para el sistema de reciclaje en la editorial —bromeó.

Medb soltó una risa breve. Yo sonreí, pero me colé entre los dos y apoyé la cabeza en su pecho, sin disimular mi necesidad.

—¿Te quedas a almorzar? —le pregunté.

—¿Hay comida? —alzando las cejas hacia Medb.

—Fruta, queso, pan... improvisamos.

—Entonces claro que me quedo.

Comimos los tres juntos, como antes. Como siempre quise. La tensión se fue disolviendo con el pan caliente, con el sabor ácido de las uvas, con las palabras suaves que Giovanni sabía insertar justo donde hacía falta. Él era el puente. El calmante. La gravedad amable que mantenía nuestra órbita sin colapsar.

Medb no hablaba mucho, pero ya no se sentía lejos. Me rozaba la pierna con la suya. Me ofrecía las mejores rodajas del durazno. Me miraba.

Y eso era suficiente por ahora.

Después, cuando terminamos de comer y Giovanni lavaba los platos, me acerqué a ella otra vez. Nos quedamos solas en el pasillo del fondo, donde la luz se colaba en líneas finas desde la ventana del baño. La tomé de la mano. Era cálida. Real. Presente.

—No quiero que me excluyas, Medb. Nunca. No importa lo que pase afuera —le dije, con el corazón en la garganta.

Ella me sostuvo la mirada. Más tiempo del que solía hacerlo. Su pulgar se deslizó sobre el dorso de mi mano.

—Tampoco quiero perderte, Lilou.

—Entonces no te vayas tan lejos.

Asintió. Se inclinó. Me besó la frente. Un gesto sencillo, pero íntimo. Me dejó respirar dentro de su presencia.

Esa noche, dormiríamos juntos. Los tres. Y no me importaba si Medb aún se sentía en silencio por dentro, o si Giovanni tenía el corazón cansado por todo lo que contenía.

Lo importante era esto: nos teníamos. Aunque fuera imperfecto. Aunque doliera a veces.

Yo no iba a dejar que esta triada se rompiera. No mientras me quedara aliento.

...

La cocina huele a tomillo y romero. Lilou ha vuelto a hacer su sopa de lentejas con cebolla caramelizada, y Giovanni, como siempre, ha servido el vino con una elegancia silenciosa que nunca deja de enternecerme. Me recuesto sobre los almohadones del banco junto al ventanal, con las piernas cruzadas bajo mí, observando cómo el vapor se enrosca en el aire, como si quisiera encontrar su propio camino hacia la paz.




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