Ankharis Sangre Inmortal

44.-El Acosador.-

Desde el árbol más alto, apenas a veinte pasos de la cabaña. Sombra entre ramas. Hombre entre bestias.

Nunca me fui. No del todo.

Dije que necesitaba caminar, que debía despejarme después de la reunión del consejo. Pero lo que necesitaba era verla. A ella. En su cabaña.

Mis botas apenas tocaron tierra cuando subí al árbol. Como cuando era niño y vigilaba a los ciervos antes del desgarro. Como cuando aprendí que el deseo es más fuerte si uno lo observa sin ser visto.

La ventana no tiene cortinas. Medb nunca las necesitó. Siempre tan expuesta. Siempre tan confiada.

Ahí están. Los tres.

Lilou está desnuda. Arrodillada.

Giovanni la toca con la calma de quien sabe que puede poseer sin pedir. Y Medb… Medb ordena. Medb domina. Medb se deja caer sobre ellos con la boca, con el cuerpo, con la sangre.

El olor llega hasta mí. No por el viento, sino por la memoria. Sé cómo huele su piel caliente, cómo sabe su lengua cuando exige.

Y me irrita.

El estómago se me aprieta. La mandíbula también. Mi sexo se endurece con violencia. No debería excitarme. No debería mirar. Pero no puedo dejar de hacerlo.

Cuando Giovanni la levanta contra la pared y la toma, casi salto desde la rama para arrancarlo de cuajo. Pero me quedo quieto. Porque ella gime. Porque ella quiere. Porque ella se arquea como si él fuera su única salvación.

Y mi mano ya está entre mis piernas.

Lo hago sin cuidado. Sin cariño. Solo con rabia y hambre. Mi palma raspa. Mi respiración se vuelve irregular. No hay ternura. Solo un castigo que se repite desde que volví. Desde que ella me miró como si fuera un extraño. Como si mis dedos no le hubieran enseñado a temblar.

La veo montarse en la mesa. Bajar la cabeza entre los muslos de Lilou. Y Giovanni detrás, invadiéndola como lo hice yo una vez. Como lo haré otra vez, estoy seguro de eso.

Mis dedos se aprietan. Mi espalda se arquea contra la corteza. El placer es feo. Rápido. Una quemadura que me arranca un gemido seco, mordido.

Me vengo en silencio. Y me odio.

No me limpio. No me bajo del árbol.

Solo observo. Hasta que Medb dice que no la dejen ir. Hasta que Giovanni promete jamás hacerlo. Y Lilou la abraza como si fueran de siempre.

Yo también la abracé así.

Yo también creí que podía quedármela.

El bosque no me suelta, pero ya no me retiene. Camino entre las raíces como un hombre al que le falta la piel. Cada paso es una ofensa. El aire es demasiado liviano, y yo demasiado pesado.

No recuerdo en qué momento bajé del árbol. Solo sé que mis nudillos están sucios de resina y rabia, y que el nudo de mi garganta todavía no cede. Ni siquiera el orgasmo pudo aliviarlo. Fue solo un puñetazo lanzado al vacío. Ruido sin eco.

La cabaña aparece al fondo, entre las sombras verdes del bosque de Cróga. Mi casa. La que designaron para mí como si fuera cualquier otro ciudadano a prueba. Pero dentro de esas paredes hay algo más que muebles: está Abeni. Está Khaal.

Me detengo en la puerta como si tuviera que pedir permiso. Como si mi pecado hubiera dejado una huella tan fétida que ni el umbral quisiera recibirla.

Abro. Entro. La luz es suave.

Y ella está ahí.

Abeni.

Sentada en el sofá, con Khaal dormido sobre su pecho. Su cabello oscuro brilla como la tinta fresca sobre un papel sin escribir. Sus ojos se levantan cuando me huelen. No cuando me ven. No necesito explicar nada. No necesito decir una palabra.

Ella sabe.

Se pone de pie con delicadeza. Mueve a Khaal y lo deja en la cuna, sin apurarse.

Yo no puedo hablar. Tengo la garganta quemada. La lengua inútil.

Pero ella se acerca. Me toma de la muñeca.

Y me lleva al baño.

El vapor comienza a levantarse antes de que yo pueda detenerla. El agua corre y el calor lo inunda todo, como si quisiera purgarme de la selva y del deseo. Ella no me pregunta nada. No me mira como si estuviera roto. No me mira como si estuviera sucio. Y esa deferencia me salva.

Desabotona mi camisa. Se la lleva al canasto. Me baja el pantalón. No hay juicio en sus manos, solo silencio. Me quita las botas como si fuera un niño. Y luego, sin pedir permiso, sin hacer de esto una ceremonia, me empuja bajo la ducha.

El agua cae. Caliente. Punzante.

Cierro los ojos. Siento que las gotas arrancan la corteza del árbol. La savia. La vergüenza.

Abeni se mete conmigo. Desnuda.

Toma jabón. Lo hace espuma entre sus manos. Y me limpia. El pecho. Los brazos. Las caderas. No hay lujuria en sus gestos, pero sí hay ternura. Y eso me desarma más que cualquier golpe.

—Todo estará bien —me dice, como si lo supiera. Como si las estrellas que le hablan por dentro le hubieran mostrado un futuro donde no soy un animal enfermo.

No le respondo. Apoyo la frente en su hombro. Dejo que me lave el cuello. Dejo que me lave la espalda. Dejo que me sostenga como si fuera capaz de caer y ella lo único que me sostendría.

Cuando el agua deja de quemar, salimos.

Me seca con una toalla gruesa. Me pone una camiseta limpia. Ropa interior. No me pregunta si comí. No me pregunta si miré. Ya lo sabe. Me toma de la mano y me lleva al dormitorio.

La cuna está al otro lado. El niño duerme.

Y yo, por fin, me dejo caer en la cama.

Abeni se acuesta a mi lado. Me acaricia el cabello con movimientos circulares. Me susurra lo que ninguna otra mujer podría decirme sin que yo me quebrara:

—No eres solo eso. No eres solo lo que viste. Lo que hiciste. No eres solo lo que perdiste.

Quiero creerle. Pero la imagen de Medb entre los brazos de ellos me vuelve como un puñal. La forma en que se arqueaba. La forma en que gemía. Como si yo nunca hubiera existido.

Sus palabras me duelen más porque no son crueles. Son reales. Son el tipo de verdad que una mujer como ella puede ofrecer: limpia, sin veneno.

—No la quiero como está ahora —miento.

Abeni no me responde. Solo me acaricia más despacio.




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