La arena estaba impecable. La jaula de plexiglás relucía como si no hubiera contenido nunca sangre ni huesos rotos.
A un lado de la jaula, la plataforma de madera esperaba al encargado de pronunciar las reglas. Y allí, tras unos minutos de tensa expectativa, subió Pietro.
Despreocupado. Descarado. Elegante, en sus propios términos. Camisa sin abotonar del todo, pantalones de lino arremangados a la altura de los tobillos, y esa sonrisa torcida que podía hacer sonrojar a una anciana y temblar a un soldado.
—¡Buen día, mis bestias preferidas! —tronó su voz sin esfuerzo, amplificada por el eco natural de la arena.
—Gracias por llenar este recinto con sus cuerpos sudorosos y bien vestidos… o mal vestidos, en algunos casos —miró a Lugh, que le respondió con una mueca indulgente. Risas y silbidos subieron como espuma.
—Y gracias, sobre todo, por contener las ganas de arrancarse la ropa antes de tiempo. Hay un orden en esta casa, aunque no lo parezca.
En las primeras filas, el Consejo estaba casi completo. Solo faltaba Medb. Estaba Frank con su media sonrisa, Brígid y Senan con los brazos cruzados; Deirdre, sentada como si cada palabra de Pietro fuera una espina en su asiento.
Alexander, con las manos entrelazadas, observaba sin pestañear. Brónach parecía contar internamente los minutos. Blanche permanecía serena.
Y Lugh, bueno… Lugh tenía cara de haberse olvidado por qué estaban allí.
—Hoy es el día en que nuestros alfas, y uno que otro beta —continuó Pietro, caminando por la plataforma como si fuera una pasarela—, esos orgullosos sacos de músculo y testosterona, se van a despedazar entre sí por el más noble de los títulos: ¡el derecho a meter la pata en la madriguera oficial y dejar descendencia!
Carcajadas estallaron entre el público. Incluso algunos miembros del consejo sonrieron, aunque lo disimularon detrás de carraspeos.
—Sí, sí —levantó una mano como si calmara un mar imaginario—. Sé que suena vulgar. Pero seamos sinceros: la biología nunca fue elegante.
—Lo que vamos a ver hoy es la versión civilizada de una pelea de machos en celo. Con un poco menos de saliva y, con suerte, algo más de técnica.
Más risas. Pietro sabía dosificar las provocaciones como un chef las especias. Bajó el tono y se puso serio sólo por un instante.
—Pero no confundamos las cosas. Lo que ocurre aquí, hoy, no es un simple espectáculo. Es la reafirmación de algo que ha sostenido a nuestra comunidad por más de un siglo: la elección de nuestro alfa líder reproductor. El único con derecho a engendrar. El cuerpo en quien depositamos no sólo nuestra confianza… sino literalmente nuestro futuro.
El murmullo se apagó. Era fácil olvidar lo que significaba, entre tanto bullicio. Pero Pietro lo devolvía al centro como un anzuelo bajo la lengua.
—Ahora bien —continuó, con una sonrisa más felina—, vamos a las reglas. Porque sí, aunque parezca lo contrario, aquí no vale todo. La jaula está lista. Transparente, para que no se pierdan detalle.
—No intenten treparla, ni desde dentro ni desde fuera. Ya aprendimos eso por las malas el año pasado… ¿eh, Cormac?
Un rugido de risas subió cuando el aludido, un bonachón con barba trenzada en dos mechones, levantó las manos en inocente rendición. Había intentado escalar la jaula con tanto entusiasmo que la había dañado.
—Los contendientes son once. ¡Once! Número maldito para algunos, perfecto para otros. ¿Qué significa esto? Que la primera ronda es todos contra todos. Sí, como lo oyen: los once entran juntos. Se cierra la jaula. Y comienza la danza.
El murmullo volvió con fuerza.
—El primero que caiga —siguió Pietro, imitando un desplome dramático con su cuerpo—, ya sea por rendición, por pérdida de conciencia o porque su corazón se toma unas vacaciones… queda eliminado. Descalificado. ¡Fuera! ¡Kaput!
Dramático como sólo él sabía ser, lo acompañó con una sonora palmada que hizo saltar a un niño pequeño en la segunda fila.
—Y no se preocupen —añadió, dirigiéndose a las filas más jóvenes—. Si “mueren”, los revivimos. Tenemos médicos, y a Senan, que se cree dios griego cuando se trata de recomponer almas.
Senan alzó las cejas con una mezcla de orgullo y amenaza. Pietro le guiñó un ojo.
—Después de que uno caiga, los diez restantes pasan a la siguiente ronda. Ahí los emparejamos. Combate uno contra uno. Como en los viejos tiempos, donde podías mirar a tu oponente a los ojos antes de arrancarle una costilla.
Hizo una pausa dramática, respiró hondo, y cambió el tono a uno más solemne.
—Como van a quedar cinco, volveremos al hermoso y violento todos contra todos. Las dos parejas que queden decidirán a los finalistas.
—Al final, sólo quedará uno en pie. Uno que será el portador del título. El responsable de dar continuidad a nuestra especie. El símbolo de fuerza, deseo y compromiso con este pueblo.
Un silencio vibrante recorrió la arena. Por unos segundos, no hubo risas. Pietro sabía dominar ese vaivén como un director de orquesta. Bajó la voz, casi en confidencia.
—Y, por supuesto, si ese uno no me invita a su primera follada conyugal… me ofenderé.
Las risas volvieron, esta vez más fuertes. Incluso Deirdre reprimió una carcajada, y Giovanni rodó los ojos con resignación divertida.
—Ahora sí. Vayan preparando sus gritos, sus apuestas ilegales y sus pañuelos. Porque dentro de poco, la jaula se cierra y los colmillos se afilan.
Se inclinó con exagerado respeto, bajó del estrado y, mientras cruzaba frente al consejo, murmuró a Deirdre:
—Dime que al menos eso no te pareció aburrido.
—Eres un idiota —respondió ella sin mirarlo, pero una comisura de su boca había traicionado una sonrisa.
Y en el aire, mientras los asistentes se preparaban para la entrada de los contendientes, el eco de las risas de Pietro quedó flotando como una antesala ineludible a la violencia que se avecinaba.
…
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Editado: 03.05.2026