Ahora estoy aquí. En la jaula. Rodeado de alfas y betas, todos preparados para la lucha.
Todos atentos.
Me detengo un instante antes de entrar completamente. Siento el calor del plexiglás, el aroma a sangre anticipada, la tensión en el aire.
Y entonces lo hago.
Me saco los lentes, arrojándolos al suelo fuera de la jaula.
El silencio que cae sobre las gradas es absoluto.
Los murmullos se congelan. Las risas mueren. Incluso Pietro deja de moverse.
Mis ojos recorren a los miembros del consejo. Algunos se inclinan hacia adelante, otros se tensan como si esperaran una señal. Medb no dice nada. Pero su mirada se encuentra con la mía. Y entonces sé que me ha dado un arma.
El sol caía oblicuo sobre la jaula cuando me quité los lentes. Nadie se movió. Pude oír los engranajes invisibles de todas las mentes presentes intentando comprender lo que acababan de ver. Lo que eran testigos de ver. Mis ojos. Negros. Como la brea. Como el abismo. Como los de ella.
El silencio fue asesinado por la voz inconfundible de Pietro.
—¡La grandísima concha de la madre que me parió! —tronó, amplificado por su micrófono inalámbrico que había olvidado silenciar.
Algunas risas estallaron en los extremos de las gradas. Pietro, teatral, se persignó tres veces como si enfrentara una aparición demoníaca.
—¡¿Senan, esto es legal?! ¡¿Esto cuenta?! ¡¿No había una cláusula para este tipo de trucos de feria?!
Senan, desde su asiento en la primera fila, ni parpadeó.
—No hay ninguna norma que prohíba que un contendiente sea Sekhem —dijo con su tono grave, como si leyera un veredicto milenario.
Pietro soltó un bufido y sacudió la cabeza, aún mirando mis ojos como si fueran una maldición personal.
—Entonces, señoras y señores, aunque aquí su humilde servidor esté considerando renunciar y mudarse al bosque más lejano posible... el espectáculo debe continuar.
Se oyó un rugido de entusiasmo en las gradas.
Yo no sonreí. Solo los miré. A todos.
Y a ella.
Medb, en la primera fila, no apartaba la vista de mí. Ni siquiera cuando el resto del consejo se agitaba en sus asientos. Ni siquiera cuando Alexander se inclinó hacia Senan para cuchichear algo. Ella sabía.
Ella me lo había devuelto.
Y no era para jugar.
No porque me quiera o me desee.
Sino porque me necesita fuerte.
Y eso... eso es casi suficiente.
—Que empiece la caza —murmuro.
La puerta se cierra detrás de mí.
Y el mundo, por fin, se reduce a lo que entiendo.
A la pelea.
A la sangre.
A la prueba.
A lo que nací para hacer.
...
—Ahora Pietro, empieza a relatar —me dijo Frank cuando me vió dudando.
—¡Y arranca la masacre, señoras y señores! —grité, sin un ápice de vergüenza, pegado al micrófono. La jaula de plexiglás tembló con el estruendo de los cuerpos lanzándose como bestias desesperadas.
Pero no era una masacre. Era su masacre.
—Esto ya no es un combate, ¡es una sesión de exorcismo a puñetazos!
Bogdan, en el centro, apenas se había movido. Los otros lo rodearon. Ocho alfas, dos betas. Todos con hambre, con rabia, con el deseo en los huesos de aplastarlo como a una cucaracha desobediente. Pero el muy cabrón sonreía.
—Mierda, creo que va a rezar. ¡Senan, está rezando antes de matar! —grité, exagerando, aunque nadie en su sano juicio me prestaba atención ya.
El primero saltó. Un Alfa de unos dos metros, con cuello de toro y un brazo tatuado con cráneos. Bogdan lo esperó. Y cuando el tipo estuvo cerca, crack —le luxó el hombro izquierdo con un movimiento limpio, seco, quirúrgico. El grito retumbó por toda la arena.
—¡Y tenemos dislocación en primera fila! ¡Gracias por venir, señor hueso!
Dos más vinieron por los flancos. Uno con un grito de guerra. Otro en silencio, como un asesino. A Bogdan no le importó. Giró sobre un pie, atrapó la mano del más callado y la quebró como si fuera una ramita.
—¡Ay, ay, ay, eso crujió como pan tostado! No era pan. Era su mano. ¡Alguien tráigale una férula y una mamadera, que ese ya no vuelve!
El gritón le metió un rodillazo al costado. Bogdan lo recibió sin parpadear. Le devolvió el favor con un cabezazo que resonó como si hubieran chocado dos rocas.
—¡DIOS! ¡Le abrió la frente como una sandía! ¡Esto no es combate cuerpo a cuerpo, es demolición selectiva!
Sangre. Mucha. La vi salpicar contra la jaula. Una beta trató de meterse por atrás, ágil, calculado… ¡ja! Error. Fatal.
Bogdan giró como una tormenta, lo atrapó con el brazo y lo levantó como si no pesara nada. Intentó una dormilona. Una llave limpia. Táctica.
—¡Y el beta intenta dormir a la fiera, quiere contarle un cuento de cuna...!
Pero el muy maldito respondió como una criatura de los abismos: lo mordió. Le arrancó un trozo del trapecio, como si fuera carne de caza.
—¡NOOOOO! ¡OH, DIOOOOS! ¡Esto ya no es legal, esto no es ético, esto no es ni humano! ¡Senan, abre la jaula, carajo! ¡ÁBRELA YA!
El beta cayó, chillando, tapándose la herida como podía. La sangre le chorreaba por el pecho.
Bogdan no paró.
Cazó al siguiente con un izquierdazo tan rápido que me costó seguirlo. Lo apagó. Literalmente. Como si le hubiera apretado el botón de off. Cayó redondo, sin tiempo de gritar.
—¡Y ahí va otro! ¡¡APAGADO!! ¡Tenemos un Alfa con el cuello roto reiniciando sistema operativo en la lona!
La multitud estaba entre el éxtasis y el horror. Gritos, aullidos, jadeos. Unos aplaudían, otros se tapaban la cara. Pero nadie podía dejar de mirar.
Yo, mientras tanto, tenía los dedos apretando mi micrófono como si de eso dependiera mi alma.
—Senan, te juro por todo lo sagrado, ¡abre la puta jaula ya! ¡Este no está compitiendo! ¡Está cazando! ¡ESTÁ CAZANDO! —bramé.
Vi cómo Senan alzaba la mano.
La cerró en puño.
Y la jaula se empezó a abrir, hidráulica, lenta como una sentencia.
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Editado: 03.05.2026