Ankharis Sangre Inmortal

47.-Sigue el Combate-.

—Damas, caballeros, gammas, betas, omegas, alfas y toda criatura peluda que respire dentro del perímetro de la arena... ¡Estamos de regreso! —anuncié, ya con una copa de licor a medio terminar escondida en el atril, porque sinceramente: si iba a ver más de Bogdan en acción, lo iba a hacer anestesiado.

La jaula había sido cerrada otra vez. El piso, aunque parcialmente limpio, seguía oliendo a sudor, miedo y sangre caliente. No había nada más delicioso para un combate… ni más aterrador para los participantes.

—Y ahora, una actualización rápida para los que estaban comprando cabritas afuera o recuperando el alma en el baño…

Levanté los dedos, uno por uno, enumerando los daños.

—El combatiente que recibió el izquierdazo celestial de Bogdan está fuera. Técnicamente no respira, pero vamos, resucitará en unas semanas. El beta al que le arrancaron un trozo de carne... pues, sorpresa: tampoco puede continuar. Está en enfermería, preguntando por qué su hombro tiene forma de medialuna.

Pausa para tomar aire. Y no reírme. Pietro, sé serio. Esto es una masacre, no un circo... bueno, es las dos cosas.

—El del hombro dislocado fue "reparado" en tiempo récord. Gracias sanación regenerativa inmortal pagana, que nos dieron Neith y Ka.

—Y el de la mano quebrada también. ¿Lo vieron? Hasta se estiró los dedos y los hizo sonar como quien calienta para tocar el piano. Hermoso. Una sinfonía de huesos y desesperación.

Miré la lista de los nombres proyectados en la pantalla flotante sobre la jaula. Quedaban ocho en esta tanda. Ocho. Contra uno.

—Y como seguimos con número impar, adivinen qué formato se repite… —miré a la jaula, con una sonrisa torcida— Sí, mis cielas. Es todos contra uno otra vez. ¿Adivinen quién es el “uno”?

Silencio dramático.

—¡Bogdan, por supuesto! Porque al parecer, el universo quiere verlo arder o quiere que él lo queme todo antes.

Los contendientes entraban. La tensión era tan densa que podía cortarse con las uñas. Algunos tragaban saliva. Uno hizo la señal del cuervo. El beta que quedaba intercambió miradas con su amigo en las gradas, recibiendo un asentimiento firme. ¡Qué bonito! Una mirada para decir: “Si mueres, muere bien.”

—Aquí van. Miren esas caras. Nadie quiere ser el primero en acercarse. Yo tampoco me acercaría, ni con una lanza bendita y cien metros de distancia. Pero hey, es el deber, es la gloria, ¡es la Arena!

Uno de ellos hizo el primer movimiento. Una embestida lateral, buscando cegar a Bogdan con velocidad. Error.

—¡Ah no, no, no, qué haces, imbécil! ¡No corras de lado, él huele el miedo por el sudor! —grité al micrófono, pero era tarde.

Bogdan lo agarró del brazo y se lo quebró con un rodillazo. ¡Cráck! Fue como romper una rama húmeda. No lo mató —gracias al cielo y a los árbitros— pero lo dejó como un títere deshuesado gritando de dolor.

—¡Y el primero cae como hoja en otoño, damas y caballeros! —grité, mientras el público jadeaba y una omega se desmayaba en las gradas—. Uno menos. ¿Quién sigue en esta danza con el demonio?

Los otros siete se abalanzaron juntos. Bien. Coordinación. Al fin. ¡Por fin!

—¡Eso, carajo! ¡Atáquenlo como jauría, no como cachorros!

Dos lo sujetaron por los brazos. Uno trató de hacerle una llave a las piernas. Otro iba por la espalda. Buen movimiento. Por un momento pensé: “Tal vez esta vez lo derriban…”

Pero no.

Bogdan rugió. No como hombre. Como animal. Un sonido que no salía de la garganta, sino del vientre de la tierra. ¡Rrrrraaaaaahhh!

Con un tirón de hombro sacudió a uno. El cuerpo del oponente voló contra los barrotes. ¡THUM! Se oyó el sonido metálico de hueso contra acero. Cayó. Pierna quebrada en un ángulo imposible. Quedó sentado, pero no se levantó.

—Oh, por los huevos secos del primer Alfa. ¿QUÉ FUE ESO? ¡¡Le dejo la pierna doblada como origami!!

Los otros intentaron seguir la llave, pero Bogdan giró sobre sí mismo, usando su peso y fuerza como un látigo. Se soltó de los dos, y con un zarpazo —porque ya ni puño parecía— le arrancó la nariz a uno. Sangre. Gritos. Aplausos histéricos.

—¡La arena está roja y el show sigue! ¡Esto no es una pelea, es una pintura rupestre hecha con cuerpos! —dije con el corazón desbocado.

—¡ Los que quedan no se mueven, usan la técnica de la araña, se pegan a las paredes!

El beta que quedaba, el más joven, bajó los brazos. Miró a los jueces. Miró al público. Miró a Bogdan.

Y tembló.

—Uy… uyuyuy… Se va a mear. Se va a mear encima. No lo culpo. Yo también me mearía, cagaría y vomitaría si estuviera a tres metros de esa criatura.

Bogdan no se movía. Esperaba. Silencioso. Con esa calma de depredador saciado, que aún así quiere más.

El joven dio un paso atrás. Otro. Y luego… se tiró al suelo y se hizo el muerto.

—¡ABANDONA! ¡SE RINDE! —grité antes que lo hiciera él. ¡Y con eso, damas y caballeros, Bogdan pasa otra ronda más!

El público rugió. Algunos de entusiasmo. Otros de horror.

Yo bajé el micrófono, me pasé una mano por el rostro y dije, fuera del aire:

—Cuando este tipo llegue a la final, me voy emborrachar tanto que olvidaré hasta cómo me llamo.

Luego volví a hablar al público.

—¡Quedan menos! ¡El torneo avanza! ¡Las almas tiemblan! ¡Y los huesos crujen! Este fue Pietro, reportando en vivo desde la mismísima boca del infierno. ¡Nos vemos en el siguiente combate!

...

—¡A la mierda la neutralidad, a la mierda el reglamento, y a la mierda quien diga que estoy exagerando! ¡¿ALGUIEN VIO ESO?!

Golpeé la mesa con el micrófono, que chirrió como un gato electrocutado. No me importó. No puedo más con este weón. ¡No puedo!

Bogdan, en el centro de la arena, respiraba con calma, con esa mirada de pozo sin fondo. No tenía una gota de sangre suya en el cuerpo, pero sí varias ajenas. Como si llevara puestos los fragmentos de los otros. Una jodida galería de trofeos vivientes. O muertos. O semi.




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