—¡Y aquí va! ¡A la jaula va el último valiente! —rugí al micrófono, más ronco que nunca—. ¡Nuestro finalista... Patrick! El único sobreviviente con más dignidad que cerebro.
Las risas estallaron en las gradas mientras el Alfa Patrick era prácticamente empujado dentro de la jaula por dos Omegas fornidos, como si se tratara de un cordero enviado al matadero con una flor entre los dientes.
—Miren esa cara, amigos... —continué—. Esa no es la expresión de un guerrero. No. Esa es la cara de alguien que lamenta no haberse roto una pierna ayer para evitar esto.
Y no lo culpo. Frente a él, cruzado de brazos, tan relajado como un gato al sol, estaba Bogdan. El mismo Bogdan que había mandado a cuatro alfas al "modo Sehtep", le arrancó un pedazo a un pobre beta y dejó a medio consejo con las nalgas fruncidas.
Bogdan lo miraba. Solo lo miraba. Sin moverse, sin hablar. Como si estuviera decidiendo qué parte del cuerpo probar primero.
—Ahí lo tienen, señoras y señores... la calma antes del derramamiento de baba. Porque esa no es sudor, eso es baba. Literal. De puro aburrido. ¡Está bostezando, maldita sea!
Y sí. Bogdan bostezó.
El muy cabrón bostezó como si estuviera esperando que le trajeran el postre.
Patrick, por su parte, comenzó a dar vueltas por la jaula como un hamster paranoico. Y yo de verdad no lo juzgo. ¡Yo también correría si tuviera un condenado Sekhem con cara de funeral familiar siguiéndome a paso lento!
—¿Vieron eso? ¡Bogdan se estiró! Se está estirando como si se despertara de una siesta. ¡Le falta solo pedir una toalla caliente y un café!
Los murmullos en el público eran una mezcla entre carcajadas nerviosas y gritos de aliento. Algunos empezaron a corear el nombre de Bogdan. Otros solo se persignaban, por si acaso el tipo los miraba.
Y entonces...
Bogdan arremetió.
Un rugido gutural, seco, como si lo arrancara desde el fondo de los pulmones, y un solo movimiento. Rápido. Letal. Un tacle con todo el cuerpo, como si quisiera arrancarle el alma al pobre Patrick.
Pero Patrick, que hasta ese momento parecía un cervatillo al borde del desmayo, se tiró al suelo con una voltereta más digna de un circo que de un combate. Rodó, chilló, y el golpe de Bogdan dio de lleno contra el plexiglás.
—¡Mierda santa de la madre que lo parió! —grité mientras el eco del impacto resonaba en todo el estadio—. ¡Se agrietó la jaula! ¡A la re-mierda el presupuesto, Senan! ¡Esto va directo a la deuda pública!
Las grietas serpentearon por la pared transparente con un crujido que cortó la respiración de todos. Y ahí, amigos míos, ocurrió lo impensable.
Patrick rió.
Sí, se rió. Una risa nerviosa, histérica. De esas que suenan como: "me estoy meando, pero estoy tratando de parecer valiente".
Y con la elegancia de un payaso de rodeo que acepta su destino, hizo un mortal hacia adelante, cayó de espaldas como una estrella de mar traumatizada, y con los brazos en cruz, murmuró:
—Me rindo.
Y yo, con el micrófono temblando en mi mano, no pude más que soltar la carcajada más escandalosa de toda mi carrera.
—¡Y con eso, damas, caballeros y demás criaturas inmortales, tenemos al nuevo Alfa Líder Reproductor! ¡Bogdan, el Terror de la Jaula! ¡El rompeplexiglás! ¡El destructor de huesos y de esperanzas! ¡El hombre que hace bostezar al miedo!
El público estalló. Un rugido que hizo temblar hasta las columnas de piedra. Senan se llevó la mano a la frente, y yo aproveché para dar una vuelta teatral sobre mí mismo.
—¡Y que alguien le dé una medalla olímpica al pobre Patrick! O un trago. O una terapia. Lo que llegue primero.
…
No sé qué esperaba exactamente cuando Bogdan se estiró como si recién se despertara de una siesta, y luego embistió a Patrick como un maldito tren sin frenos. Pero no era esto. No esta grieta del porte de un buque en el plexiglás de la jaula. No esta mezcla entre carcajada histérica y rendición con voltereta incluida. No este maldito silencio fúnebre de funeral vikingo que se armó en el palco.
Nos quedamos quietos. Doce miembros del Consejo, y yo ahí, sosteniéndome el alma con un cigarro que no podía prender porque Brígid me había lanzado una mirada de muerte hace cinco minutos. La mierda.
Alexander, el Alfa actual, el muy bastardo, fue el primero en hablar. Por supuesto.
—Bueno… eso fue… inesperado —dijo, con esa sonrisa que no llega nunca a los ojos y ese tono como si hubieras encontrado un cadáver bajo su cama pero igual quisiera venderte el colchón.
—Inesperado es una palabra muy generosa —gruñó Giovanni, el muy guapo, siempre tan correcto, pero ahora tenía la vena del cuello latiándole como si fuera a lanzarse él mismo al ring.
—Podríamos decir que fue clínicamente impresionante —dijo Ethel, sonriendo con el mismo brillo que pone cuando encuentra una fractura compuesta "linda".
—¡Clínicamente impresionante! —repetí, alzando una ceja—. Ethel, el tipo dejó a un Alfa boqueando por aire, a otro gritando por su hombro, y a Patrick, que en paz descanse su dignidad, haciendo estrellitas en la lona. ¡Eso no fue una pelea, fue una declaración de guerra!
—No es guerra si nadie muere —intervino Senan con su tono neutral de siempre, como si eso resolviera algo. Él, el hombre imparcial, con el temple de un juez y la expresividad emocional de una piedra bien lavada.
—¿¡Nadie muere!? ¡¡ Porque somos inmortales!! —chilló Deirdre, casi levantándose de su asiento—. ¡¿Vieron lo mismo que yo?! ¡Ese muchacho no peleaba, cazaba! ¡No está bien! ¡No puede estar bien!
—A mí me pareció fascinante —susurró Darragh, sin levantar la vista de sus notas. Siempre anotando, siempre analizando. Seguro ya tenía una teoría de cinco páginas sobre los microgestos asesinos de Bogdan y cómo indican trauma transgeneracional o alguna mierda por el estilo.
—Yo estoy... confundido —admitió Lugh, mirando sus propias manos como si no recordara qué hacían ahí—. ¿Ya terminó la pelea?
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Editado: 03.05.2026