La jaula huele a sangre, sudor viejo, goma caliente bajo las luces. Aún no me limpio del todo los restos de los otros. Siento su miedo pegado a mis nudillos, ese sabor metálico de la violencia en la lengua. El rugido de la multitud ya no me hace nada. Estoy vacío. Quieto. Quiero irme.
Pero entonces la escucho.
Tac. Tac. Tac.
Un ritmo que no pertenece a este lugar.
Ella entra a la jaula y el mundo se desvanece
Mi cuerpo gira solo. Ella camina hacia mí, como si la arena fuera suya. Como si yo fuera suyo. El vestido se mueve con cada paso como una sombra viva. Perfecta. Su cabello parece flotar como luz de luna, o quizá solo es mi mente que empieza a perder eje.
El sudor y la sangre que manchan el suelo no importan. Las luces se vuelven más tenues. Ella es lo único que brilla.
Vestida de negro, como una sombra hecha carne, como un presagio andante. El vestido le pega al cuerpo con descaro. Abierto abajo, ajustado arriba. Cada movimiento revela piel, músculo, control y… esa maldita forma de caminar. Ni una gota de prisa. Ni una pizca de duda.
—Medb… —mi voz raspa.
Ella no contesta.
Por supuesto que no.
Me estudia como si ya supiera qué parte de mí va a quebrar primero. No dice nada. Solo avanza. El consejo grita, creo. El público murmura, tal vez. Pero yo no oigo nada. Solo siento el latido del deseo en mis dientes.
—No voy a pelear contigo —le advierto, aunque suena como un ruego.
Ella sonríe. Tranquila. Letal. Como quien no discute con el trueno, lo desata.
Se acerca.
Maldita sea.
Mis ojos bajan sin permiso. Su clavícula. El escote. La forma en que el vestido roza sus muslos al caminar. Hay algo erótico en su amenaza. No debería estar deseándola así. No ahora. Mas todo en mí ruge por rendirse.
Ella frena a menos de un metro. Su perfume me golpea. Almizcle y tierra mojada. Poder contenido.
Y de pronto, lo sé. Sé lo que va a hacer.
—Medb... —susurro, Levanto las manos y niego con todo mi cuerpo. .
No me grita. No me amenaza. Solo avanza. Y cuando está cerca, demasiado cerca, me mira con esa expresión de reina cansada de niños ruidosos que ví por primera vez hace más de treinta años. Hay algo en su mirada... un juicio. Un lamento. Y... compasión.
Y bajo la guardia, porque no hay mundo donde pueda levantar la mano contra ella
Su pierna derecha se tensa.
Y entonces…
Salta.
¡Mierda!
Un grito queda atrapado en mi garganta, pero no llega a salir. El cuerpo de Medb se eleva como si la gravedad la obedeciera a ella y no al revés. El vestido vuela con ella, como un manto de guerra.
Pierna estirada. Precisa. Silenciosa.
Una maldita patada giratoria estilo oriental directo a mi cara.
Mis reflejos se activan, claro. Pero mi alma no.
No esquivo.
No detengo.
No me defiendo.
La miro.
Porque ese segundo suspendido en el aire, cuando su cuerpo desafía las leyes de todo lo que conozco, cuando su fuerza y su belleza se funden en algo sobrehumano…
Ese instante es sagrado.
Y entonces, impacta.
Un fogonazo blanco.
El chasquido brutal de mi mandíbula.
Mi cabeza gira hacia un costado como si no me perteneciera.
Y caigo.
Pero no como caí en otras peleas.
Caigo con gratitud.
Caigo con reverencia.
Caigo como si hubiera recibido una bendición violenta de la diosa a la que adoro.
Y en ese túnel que se forma antes de la inconsciencia, en medio de los ecos lejanos y el silencio viscoso de mi mente, la veo.
A Medb.
Agazapada en modo combate.
Y lo último que pienso antes de desmayarme es:
“Sí, tú puedes controlarme. Solo tú.”
Oscuridad.
No es un sueño. No es inconsciencia dulce. Es un abismo. Un espacio tibio, sin dirección. Y, sin embargo, no me siento solo.
Siento un dedo invisible recorriendo mi esternón. Como si alguien escribiera algo en mi carne desde dentro. No sé si es mi consciencia o mi Sekhem, pero la veo. La veo a ella, parada en medio de ese espacio sin fondo.
"Yo puedo contenerte."
Eso dijo, ¿no?
Y ahora entiendo. No era amenaza. Era promesa. Era pacto.
Ella es la única que puede tocarme sin miedo. No porque yo no la dañaría, sino porque ella no teme ser dañada.
…
La voz de Pietro, lejana, me arrastra de vuelta.
—...¡¿Y yo qué chucha sé si respira, Lugh?! Yo no soy paramédico, soy comentarista. ¡A ver, Senan, haz tu magia!
Alguien me toca el cuello. Siento presión en mi nuca. Mi mandíbula arde. El aire me entra helado en los pulmones.
—Bogdan... ¿me escuchas? —la voz de Ethel. Precisa. Y feliz, la muy maldita.
Abro los ojos. Luz. Techos. Olor a vinagre y alcohol.
—¿Medb? —susurro.
—Ella te apagó como a una vela, grandote. Y nadie cantó feliz cumpleaños antes —responde Pietro, sin piedad, desde el borde de mi visión. Su voz sigue siendo aire y cuchillas.
Intento moverme. Dolor. Me río. Una risa rota, seca, pero real.
—Por supuesto que lo hizo.
Porque Medb no vino a pelear conmigo. Vino a ponerme de rodillas.
Y lo hizo sin sudar una gota.
…
El día siguiente la plaza principal estaba repleta.
El eco de los pasos formales del consejo, envueltos en capas negras con bordes del color de sus jerarquías, resonaba sobre la piedra pulida. Frente a ellos, las gradas improvisadas bullían de cuerpos expectantes. Lobos, turistas, ancianos, niños, incluso los heridos del torneo observaban desde el fondo. Pero nadie hablaba. Sólo se escuchaba el aire contenido de una manada esperando lo inevitable.
Me mantuve quieto, al borde del círculo de piedra marcado con ceniza, justo frente al atril ceremonial. Bajo mis pies, el símbolo del ciclo, grabado en ónix, parecía vibrar.
Todos sabían lo que había pasado. Todos vieron mis ojos. Y ahora me iban a coronar.
No porque lo desearan. No porque les agradara. Porque lo gané.
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Editado: 10.05.2026