La madera crujía bajo mis botas, como si reconociera mi paso. Los tapices de lino colgaban pesados, temblando apenas con la humedad del deseo colectivo.
Y sobre las pieles —esas alfombras tejidas de placer y memoria— los Ankharis se mecían como olas rotas por la tormenta.
El ritmo lo marcaban las caderas. El jadeo. El murmullo de un nombre dicho a media voz. El mío, quizás. Aunque aún no me habían visto.
Caminé sin urgencia, sin titubeos, a través de la penumbra tibia del templo del instinto. Así lo llamaba yo. El templo. Porque aquí no se venía a hablar. Ni a pactar. Ni siquiera a fingir afecto. Aquí se venía a entregar el cuerpo como se entrega el alma: desnudo, sin defensa, dispuesto a desaparecer.
Pasé junto a una omega de cabello rojo que gemía contra el muslo de un gamma. Él la tenía sujeta del cuello, con ternura brutal, susurrándole cosas que no necesitaban traducción. Ella lo miraba como si fuera el fin del mundo.
Más allá, dos betas se reían entre besos. Uno de ellos tenía la espalda cubierta de arañazos. El otro, la mirada encendida de quien ya no distingue entre amor y necesidad.
No me detuve.
Mi destino era el bar.
Un mueble rústico de madera quemada, tallado por generaciones de manos que sabían que el deseo se fermenta igual que el vino. Allí, entre jarras, copas y botellas, reposaba la promesa de olvido.
—La negra —le dije al gamma que atendía.
Él ni siquiera levantó la vista. Solo me la entregó.
Tomé la botella por el cuello, como si fuera una hembra que ya me conocía. No la probé primero. No la saboreé. Bebí directamente de la boca de vidrio, sin pausa, dejando que el líquido oscuro me quemara la garganta y limpiara lo poco de duda que aún arrastraba del mundo exterior.
Cuando terminé, el silencio dentro de mí era absoluto.
Medb.
Mi mente no podía impedir decir su nombre en voz baja, aunque mis labios no se movieran. Era un eco. Un eco que siempre estaba.
Pero esta noche no la buscaría a ella. Esta noche no la rogaría, ni la esperaría. Esta noche iba a hacer lo que se esperaba de mí.
Esta noche iba a ser el semental.
No en privado.
No entre sombras.
No con delicadeza.
Iba a tomar.
Una por una.
A la vista de todos.
…
Los cuerpos comenzaron a detenerse a mi paso. No por miedo. No por sumisión. Sino por deseo. Porque sabían lo que significaba que mis ojos estuvieran tan negros como el vino que acababa de beber.
Sabían lo que significaba que no llevara camisa. Que mis manos colgaran a los lados como armas que aún no habían sido desenvainadas.
La primera fue una omega de cabello rizado, ojos celestes y sonrisa afilada. Me esperaba desde que entré. No lo supe por su gesto. Lo supe por su aroma. El de una hembra que ovulaba con el orgullo de saberse útil.
No le hablé.
Tampoco ella.
Solo la tomé de la cintura y la llevé hasta uno de los pilares que sostenían el techo alto del salón.
Era un tronco grueso con marcas de uñas y espaldas grabadas en su corteza barnizada. Apoyé su espalda allí, levanté su pierna, y dejé que su cuerpo hiciera el resto.
No la besé. No la acaricié. No susurré su nombre.
No hacía falta.
Ella gemía contra el pilar como si fuera el altar de un dios antiguo. Se aferraba a mi cuello con desesperación y orgullo. Sus ojos se cerraron cuando el ritmo se volvió inhumano, cuando los cuerpos alrededor se detuvieron a mirar.
Y al final, cuando el orgasmo la dejó sin fuerzas, resbaló lentamente por la madera hasta quedar sentada en el suelo, con la respiración hecha cenizas. Me miró desde allí, con la boca entreabierta y las piernas aún abiertas.
No me detuve.
Esto era sólo el principio.
…
La segunda me esperaba como si hubiera nacido para hacerlo.
Estaba tendida sobre una alfombra de piel blanca, tan suave que el cuerpo parecía hundirse en ella como si fuera nieve caliente.
Sus muslos estaban abiertos, su torso arqueado hacia atrás, los brazos en cruz, el cuello expuesto como una ofrenda.
Me miró con los ojos brillantes y húmedos de quien no necesita palabras. Me había elegido antes de que entrara en la sala. Y yo… no iba a negárselo.
Me arrodillé entre sus piernas y la sujeté de las caderas. No hubo urgencia, solo una certeza que temblaba en el aire entre nosotros: ella sabía lo que venía. Lo deseaba. Lo temía un poco. Pero lo deseaba más.
Hundí los dedos en su piel como si buscara memorias debajo, y entonces la tomé.
No con violencia.
Con poder.
Con la firmeza de un hombre que ya no se cuestiona nada.
Ella gimió primero. Luego gritó. Y al final, se disolvió, convirtiéndose en respiración agitada y piel húmeda. Su espalda se curvó como un arco tenso. Su cuello se inclinó hacia atrás, dejando ver la garganta palpitante.
En ese momento, todo el salón pareció suspenderse. Como si el aire se hubiera detenido para mirar lo que sucedía en ese pedazo de piel blanca.
Y entonces, otra sombra se unió.
La sentí antes de verla. Su calor. Su aroma. Una mezcla perfecta de sal y humo, de fruta madura y peligro. Era joven. Quizás demasiado. Pero su cuerpo sabía lo que hacía.
Se deslizó entre nosotros sin pedir permiso. Se arrodilló junto a la otra omega y me miró con la osadía de una tigresa sin miedo.
Sus ojos eran azul humo. Y tenía un tatuaje de luna creciente justo sobre la clavícula izquierda.
—¿Puedo? —susurró.
Su voz era baja, pero no temblaba. No pedía perdón. Solo ofrecía lo que era. Su entrega. Su juventud. Su fe en que yo no la rompería del todo.
No respondí con palabras. Solo le tomé la muñeca y la atraje contra mí.
Ella cayó con gracia sobre la otra, sus cuerpos encajando como piezas de un deseo mayor. El cabello rubio oscuro de una se enredó con los rizos castaños de la otra. La alfombra blanca las envolvía como un altar. Yo era el fuego que las consumiría.
#3933 en Fantasía
#1399 en Personajes sobrenaturales
#9117 en Novela romántica
erotica celos pasion romance, amor celos ruptura deseo erotismo, hombres lobo modernos
Editado: 10.05.2026