Ankharis Sangre Inmortal

52.-Alegría y Compromiso-.

Último capítulo

Giovanni se encontraba en la cocina de su cabaña, de espaldas a la puerta, batiendo una mezcla de tortilla para la cena, con una sonrisa boba en el rostro.

El atardecer se había teñido de una luz dorada, filtrada por las ventanas cubiertas de condensación. El ambiente olía a vainilla y a fruta madura.

El sonido de los pasos de Lilou sobre la madera lo hizo girarse sin dejar de batir, sus ojos centelleando como si acabara de descubrir un secreto delicioso.

—Llegas justo a tiempo para la cena y las mejores noticias del mes —dijo con un tono cantarín.

Lilou, enfundada en un suéter demasiado grande y unos shorts de algodón, se deslizó dentro con la elegancia descuidada que sólo ella dominaba.

—¿Empezamos con las tortillas o con el chisme? —preguntó, abrazándolo por la cintura desde atrás.

—Primero el chisme. ¿Has visto la cara de Ethel hoy? Anda flotando por el pueblo como si le hubieran prometido una docena de nuevos recién nacidos. — Giovanni rió y dejó el bol sobre la encimera. Se giró para abrazarla, recibiendo su risa cristalina en el pecho.

Ambos rompieron en carcajadas, y Giovanni se dejó caer en uno de los taburetes junto a la isla de la cocina, arrastrando a Lilou con él.

—Y lo mejor es que nadie esperaba eso de él —añadió Giovanni, limpiándose una lágrima de risa—. Con todo el drama silencioso que arrastra desde que volvió, pensé que iba a encerrarse otra vez como un monje herido.

Lilou estiró una pierna, la cruzó sobre la otra con un gesto ensayado de realeza y tomó una fresa del frutero.

—No, cariño. Lo que hizo fue marcar territorio. A su modo. Yo creo que esa noche fue un mensaje. —Mordió la fruta—. Un mensaje que decía: 'Soy el Alfa reproductor, y no tengo tiempo para dramas'.

—¡Sí! Y lo mejor —agregó Giovanni, más bajo, como si compartiera un secreto santo—, es que Medb no estaba ahí.

—¡Exacto! —exclamó Lilou, y lo señaló con la fresa—. No fue una respuesta a ella. Fue una afirmación de él. Y eso nos deja a nosotros dos...

—¡Fuera de peligro! —terminó Giovanni entre risas—. Mi reina sigue siendo nuestra.

Ambos alzaron las manos para un choque de palmas y luego se abrazaron con fuerza, riendo como niños.

—Ni siquiera se miran —continuó Lilou, ya más tranquila, pero con los ojos aún brillantes—. Es ridículo. Todo el mundo lo nota. Están helados uno con el otro. No sé qué pasó entre ellos, pero no hay ternura. No hay fuego. Sólo un muro. Y honestamente...

—Que lo mantengan, por favor —completó Giovanni, tomando otra fresa para él.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de esto? —dijo Lilou, sentándose en la encimera mientras Giovanni servía el primer panqueque.

—¿Qué?

—Que después de tanto mirar a Medb como si fuera un trofeo inalcanzable, ahora lo único que hace Bogdan es evitarla. Y ella a él. Y eso… me da paz.

—Y a mí me da vida. Porque la manera en que ella nos mira a ti y a mí — Giovanni sirvió el panqueque y le puso una cucharada de mermelada encima—, es la manera en que se mira a alguien con futuro. Con deseo sincero.

Lilou bajó de la encimera, se acercó y le besó la mejilla. Luego tomó el plato y caminó hacia la mesa.

—¿Crees que deberíamos sentirnos culpables? —preguntó con una ceja arqueada.

Giovanni negó con la cabeza.

—No. Nosotros no rompimos nada. Si algo entre ellos se rompió, fue mucho antes de que llegáramos. Y si queda algo, ni siquiera ellos lo quieren ver. ¿Tú has sentido que Medb lo extrañe?

—No. Sólo lo observa a veces, como si fuera un enigma que decidió no resolver. —Se encogió de hombros—. En cambio, con nosotros se permite ser… ella. Completa. Fuerte, pero también vulnerable. No hay máscaras. No hay distancia.

—Y no hay miedo de que desaparezca —añadió Giovanni con una sonrisa suave.

—Entonces, que el semental se divierta. Que haga su trabajo. Que procree y que brille. Nosotros ya ganamos.

Giovanni levantó su taza de café en un brindis improvisado.

—Por nuestra triada. Por las risas. Y por los chismes.

Lilou alzó la suya y la chocó con la de él.

—Y por las pieles que crujieron bajo el peso del regreso del Alfa reproductor —dijo entre carcajadas.

El sonido de sus risas llenó la cabaña, cálido y contagioso. Afuera, el pueblo seguía su ritmo sereno, pero en esa cocina, el mundo era perfecto.

El día amaneció más cálido de lo normal, y el cielo tenía ese tono lechoso que anunciaba tormenta, aunque todo seguía en silencio. Yo estaba ayudando a secar unas hierbas que Blanche me había traído del invernadero cuando Lilou me llamó desde la puerta, con esa voz suya que siempre me arranca una sonrisa, incluso antes de girarme.

—Giovanni —canturreó—, necesito hablar contigo… a solas.

Eso bastó para que mis cejas se levantaran con interés. De inmediato dejé los ramos sobre la encimera y me limpié las manos con el delantal.

—¿Tan temprano para una conspiración?

Ella me miró con esos ojos encendidos, brillando de picardía y misterio.

—Es importante.

Asentí. Nos alejamos caminando por el sendero de piedra que rodeaba la cabaña. Lilou no dijo nada durante los primeros pasos. Se limitó a morderse los labios, a contener una emoción que le inflaba el pecho y que no sabía cómo sostener. Finalmente se detuvo bajo uno de los árboles y giró hacia mí, tomándome las dos manos.

—Llegó.

—¿Llegó qué? —pregunté, sonriendo, disfrutando de su suspenso.

—Lo que estábamos esperando… directamente desde Suiza.

Mi mente se activó de inmediato. Abrí los ojos y solté un jadeo.

—¿Quesos y chocolate?

Lilou soltó una carcajada, con esa dulzura atolondrada que me enamoraba cada vez que lo hacía. Negó con la cabeza, divertida.

—¡También! Pero no. Lo más importante, Giovanni... llegaron los anillos.

Me quedé congelado unos segundos. El corazón me dio un latido seco, fuerte. Sentí como si una cuerda invisible se tensara desde el pecho hasta la base de la garganta.




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