Año 1818 [ Boys Love ]

【 CAPITULO 1 】

— Inglaterra;

Enero de 1818.

El trono seguía perteneciendo, al menos de nombre, a Jorge III, tercero de su nombre. Pero hacía ya siete años que el viejo Rey estaba sumido en la locura, sordo y ciego así se encontraba, ya no gobernaba nada.

Quien movía los hilos del reino desde Carlton House era su propio hijo, el Príncipe Regente. Castle Combe estaba en el condado de Wiltshire, al suroeste de Inglaterra.

Vivo en un pueblo pequeño; casas de piedra caliza dorada, tejados empinados de paja o de losas de piedra gris, y un arroyo entre los puentes de piedra.

Nuestra casa era una más de ese conjunto —pequeña, de una sola planta, con el techo de paja que mi padre remendaba cada otoño antes de que llegaran las lluvias.

La granja donde trabajaba quedaba a poco más de dos kilómetros, cuesta arriba.

Lo primero que escuché fue el grito de mi hermano menor, Thomas. Todos los días era lo mismo: gritos, reclamos y él, con su pequeño cuerpo, intentando interponerse entre mi madre y mi padre.

Mis párpados pesaban horriblemente. Me incorporé lentamente, sentándome en el borde de mi cama. Alcé la vista hacia la puerta; las paredes no eran lo suficientemente gruesas como para silenciar los gritos.

— ¡Deja a mamá en paz! —escuché protestar a Thomas. Mi vista seguía clavada en la puerta, incapaz de levantarme y decirles que estaba cansado de escucharlos discutir todos los días.

— ¡Has estado con otras mujeres, ¿verdad?! ¡¿Por eso tu miserable sueldo ya no nos alcanza para comer?! —mi madre gritó furiosa. Al mismo tiempo, escuché el estruendo de un plato de porcelana rompiéndose en pedazos.

— ¡Ya cállate, mujer! —mis ojos se abrieron de golpe al escuchar un golpe seco. Mi corazón latió más rápido al quedar todo en silencio por unos segundos.

— ¡Mamá! ¡Mamá no hizo nada malo! ¡Papá malo! —Thomas, a pesar de tener solo siete años, protegía a mi madre como una fiera.

A veces no entendía. Muchas veces también intenté defenderla de los golpes de papá, pero ella siempre terminaba diciendo que no necesitaba ayuda. Pero... ¿por qué con Thomas era diferente?

Me levanté rápidamente y corrí hacia la puerta sin ponerme calzado. El suelo de tierra estaba helado bajo mis pies descalzos. Avancé por el pasillo hasta llegar a la cocina. El Sol apenas entraba por las pequeñas ventanas de cristal, reflejando todo menos un ambiente cálido, como el que debería haber “cuando la familia está reunida”.

Mi padre, un hombre que trabajaba en una granja, respiraba con dificultad. Mis ojos bajaron al suelo, donde mamá estaba agachada, sujetando su nariz ensangrentada, mientras Thomas le decía que la curaría.

Papá le había roto la nariz de un solo golpe.

— ¡Es para que aprendas a no alzarme la voz! ¡¿Lo entiendes, mujer?! —mi madre lo miró con los ojos llenos de furia y repulsión.

Un nudo se formó en mi garganta al ver la escena. Odiaba con todo mi corazón todo eso; llorar cuando ya todo me estresaba, cuando ya todo me tenía cansado... cansado de lo mismo.

— ¡¿Qué estás viendo, Nicolás?! —mi progenitor reclamó, acercándose a mí. Retrocedí un paso por el susto. Me tomó por el cuello de la camisa de lino, la cual me cubría hasta las rodillas, dejando expuesta parte de mis muslos—. ¡Ve a tu habitación!

( ••• )

Pasaron unas tres horas. De la nada me puse a reflexionar sobre mi vida. Ser un hombre joven a veces era confuso. Inglaterra era un país extenso y bonito a mis ojos. Recuerdo que, a los ocho años, ayudaba a papá en las tareas domésticas del campo. A los doce, ordeñaba vacas, araba y pastoreaba; así ganaba un poco de dinero que le entregaba a mis padres.

— Me pregunto si me llevará con él a la granja. Estos días ha estado de muy mal humor... —murmuré vistiéndome.

Me puse una camisa de lino más ligera, me coloqué mis breeches color café —unos pantalones hasta las rodillas—, no podía faltar mi waistcoat favorito y, por último, me puse unas botas viejas, ya gastadas en la punta de tanto caminar los mismos senderos de barro.

— Cada día más guapo, Nicolás. —dije colocando ambas manos en mis caderas. La puerta de mi habitación se abrió de golpe y ahí estaba Thomas, sosteniendo una cubeta entre las manos. Me sonreía de forma "inocente"; conocía esa sonrisa, algo tramaba este mocoso.

— ¿Qué quieres, pequeño renacuajo?

— ¡Papá dijo que yo iría en tu lugar! —dijo mostrando sus pequeños dientes. Espera... ¿qué fue lo que dijo? ¿Había escuchado mal? Hace unas horas la casa era un caos... ¿y ahora todo estaba arreglado así de la nada? No lo podía creer.

— Dijo que no quería ver tu horrible cara. Y que te tardas mucho. —la puerta se cerró nuevamente mientras procesaba la información.

— Mocoso insolente. Es mentira. —bufé molesto. Me encogí de hombros y salí por la ventana. Ya sé que era algo ilógico... ¿por qué no salir por la puerta como una persona normal? Pero siempre me había gustado desafiar la lógica.

Mis botas salpicaron un charco de agua, creando un leve chapoteo. El aire de enero olía a humo de leña y a tierra mojada, esa mezcla que solo conocen quienes han crecido en el campo.

Tenía antojo de pan recién horneado. Toqué mi bolsillo y metí la mano; por suerte tenía un penique, suficiente para comprar un pan un poco más grande.

Caminé unos cinco minutos. Pasear por calles de adoquines era un alivio para mis pies; todo lo contrario a caminar por calles de barro. Era un martirio. Aún recuerdo la vez que me caí... ¡ugh! ¡Qué vergüenza tan grande!

Llegué al pequeño pueblo, adentrándome por los callejones hasta llegar a la calle principal. Las fachadas de piedra dorada, propias de esta parte de Wiltshire, se alzaban una junto a otra, algunas todavía con el humo de las primeras chimeneas encendidas subiendo entre los tejados de paja.

Busqué con la mirada ese puesto que había coronado como el más especial: preparaban un pan tan delicioso y esponjoso...




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