Terminé aceptando la propuesta de Samuel de ir al río, tomamos el sendero que bajaba desde la calle principal hasta el By Brook, un arroyo de aguas claras que serpenteaba junto al pueblo, pasando bajo el viejo puente de piedra que generaciones atrás había servido para lavar la lana que hizo rico a Castle Combe.
Con el Sol de mediodía filtrándose entre los sauces, solo servía para que un par de muchachos sin nada mejor que hacer se metieran a nadar como si tuvieran ocho años otra vez.
Me desvestí despacio junto a la orilla, dejando la camisa doblada sobre una piedra plana para que no se llenara de barro.
El aire frío de enero me erizó la piel apenas quedé sin ella, dejando a la vista mi cuerpo pálido y delgado —se me marcaba un poco la clavícula, aunque no era ni de lejos algo preocupante, solo la complexión de alguien que trabajaba más de lo que comía.
Samuel, como el niño impaciente que era en el fondo, ya estaba metido hasta la cintura en el agua, sacudiendo los brazos y quejándose del frío con una expresión exagerada, que parecía que se estaba muriendo ahí mismo.
— ¡Apúrate, Nicolás! ¡El agua está helada y yo aquí solo, sufriendo! —gritó, con los brazos cruzados sobre el pecho.
— Si está tan helada, ¿por qué sigues ahí metido? —pregunté, caminando hacia la orilla.
— Porque ya me mojé y salir ahora sería un desperdicio. —respondió, como si aquello tuviera toda la lógica del mundo.
Puse los ojos en blanco y avancé hacia el agua. Mis pies tocaron primero las piedras del fondo, estaban un poco resbaladizas y frías, sentí una que otra roca pequeña chocar contra la planta de mis pies conforme avanzaba.
El frío me subió por las piernas y solté un quejido que hizo reír a Samuel a carcajadas.
— ¡Mira quién se queja ahora! —se burló, y antes de que pudiera responderle, me lanzó un puñado de agua directo a la cara.
No lo pensé dos veces. Le devolví el ataque con las dos manos, salpicándolo con tanta fuerza que perdió el equilibrio y cayó sentado en el agua, entre risas y protestas.
A partir de ahí, cualquier intento de comportarnos como los jóvenes serios que se suponía que debíamos ser quedó completamente olvidado.
Nos perseguimos entre las piedras, nos hundimos el uno al otro, y cuando se cansó de perder en los chapuzones, el castaño propuso que compitiéramos en fuerza, sujetándonos de los antebrazos para ver quién lograba desequilibrar al otro primero.
Gané dos de tres rondas, aunque él insistió, entre resoplidos, que las dos derrotas habían sido porque el fondo del río "no era parejo".
Fue entonces, en medio de nuestra tregua para recuperar el aliento, que Samuel soltó un grito que me sobresaltó.
— ¡Nicolás, mira! ¡MIRA!
Tenía las dos manos hundidas cerca de una piedra grande, con el rostro concentrado. Un segundo después, salió disparado hacia atrás con un pez enorme entre las manos, era gordo y plateado, estaba retorciéndose con toda la fuerza que le quedaba.
— ¡Mira, es el almuerzo! —dijo orgulloso, levantando el pez con una mano mientras con la otra se apartaba el cabello mojado de la cara.
— Se te va a escapar si sigues moviéndolo así. —le advertí, aunque no pude evitar sonreír ante su cara de triunfo, como si acabara de conquistar Inglaterra entera con sus propias manos.
Salimos del agua poco después, temblando y con la piel de gallina, y nos dejamos caer sobre el césped de la orilla para que el Sol nos secara.
Nuestros cabellos estaban empapados y goteaban, formando pequeños charcos oscuros sobre la hierba. Nos sentamos uno junto al otro, con las piernas estiradas y las manos apoyadas atrás sobre el pasto, tan cerca que nuestros dedos meñiques apenas se rozaban.
Ninguno de los dos hizo el gesto de apartarse.
Hablamos de tonterías durante un buen rato: de si el pez de Samuel merecía tener nombre antes de convertirse en el almuerzo, de lo ridícula que se había visto mi cara al meter el primer pie al agua, de si el señor Smith notaría que su hijo había desaparecido toda la tarde en lugar de repartir pan.
Era fácil hablar con Samuel de nada en particular; siempre encontraba la manera de hacer que hasta el silencio se sintiera cómodo, bueno eso fue hasta que dijo esa oración...
— Están contratando a personas en el castillo... —soltó de golpe con la mirada fija en el agua, como si le costara decirlo mirándome a mí.
Lo observé directamente, buscando más. Su rostro normalmente expresivo, se veía extrañamente cauteloso.
— El castillo queda un poco lejos. Bueno, a decir verdad, muy lejos...
—añadió el ojiverde, arrancando una brizna de pasto con los dedos.
— ¿Estás pensando en ir? —pregunté dudoso.
— Mi papá tiene algunas deudas. La panadería ayuda a cubrir cosas, pero no lo suficiente. —suspiró dejando caer los hombros.
Guardé silencio un momento. Si lograba entrar a trabajar al castillo, posiblemente no volveríamos a vernos en mucho tiempo. La idea se instaló en mi pecho como una piedra fría, mucho más fría que el agua del By Brook.
Apreté los labios, sin saber muy bien qué decir, dolido por un pensamiento que ni siquiera me atrevía a nombrar del todo.
Samuel, que siempre parecía notar cuando algo se ponía demasiado serio para su gusto, decidió cambiar el tema con uno de sus chistes tontos sobre el pez, algo tan absurdo que terminé riéndome.
Pero esa frase —"posiblemente no nos íbamos a ver durante mucho tiempo"— se quedó dando vueltas en mi cabeza durante el resto de la tarde, incluso mientras caminábamos de regreso al pueblo con el pescado envuelto en hojas y la ropa todavía un poco húmeda pegada a la piel.
( ••• )
Esa misma tarde invité a Samuel a que llegara en la noche a mi casa, a escondidas de mis padres. En realidad quería saber un poco más sobre esos trabajos en el castillo; si había vacantes, tal vez yo también podría presentarme, y así al menos aportar algo más en casa además del jornal que ganaba con mi padre en la granja.