La última noche del año se extendía sobre Seúl como un manto de terciopelo negro salpicado de destellos fríos. En el corazón de la bulliciosa ciudad, en un apartamento que era un extraño híbrido entre santuario y campo de batalla, el año viejo agonizaba no con un suspiro, sino con un estruendo caótico.
No era el caos de los festejos multitudinarios, sino uno doméstico, peculiar, cultivado durante doce meses de convivencia, giras agotadoras, risas compartidas y calcetines perdidos. En la sala, el ambiente era una sopa espesa de olores contrastantes: el tteokbokki picante que se enfriaba en la mesa, la cera de una vela de aroma a pino que Namjoon había encendido para “renovar las energías”, y el tenue olor a quemado que provenía de la cocina, donde Jungkook intentaba, por tercera vez, prender unos mandu para la prosperidad sin lograr que no parecieran fósiles carbonizados.
Fuera, la ciudad resonaba con la anticipación de lo nuevo. Dentro, el año viejo resistía, aferrándose a ellos con los pequeños fracasos y las glorias pasadas. Jin repasaba con melancolía dramática sus chistes de papá más exitosos del año, asegurando que merecían un funeral digno. Yoongi, envuelto en una manta, observaba desde el sofá con una media sonrisa, calculando mentalmente cuántos minutos faltaban para poder irse a dormir sin parecer un aguafiestas. Hoseok, en un intento frenético por inyectar “vibraciones altas”, reorganizaba los cojines por enésima vez, chocando con Jimin, quien, en su búsqueda espiritual, intentaba alinear los mismos cojines según los puntos cardinales para un flujo óptimo de Chi.
Taehyung miraba por la ventana, su reflejo superpuesto a las luces de la ciudad, atrapado en un silencio contemplativo que era a la vez nostalgia por lo que se iba y una curiosidad infinita por lo que vendría. Y Namjoon, el líder nominal de aquel microcosmos, sostenía en una mano una lista de propósitos (”Leer 50 libros, aprender botánica intermedia, mantener un diario de gratitud”) y en la otra, el control remoto de la televisión, sintonizando la cuenta regresiva nacional, mientras una de sus plantas, la sensible Monstera deliciosa, parecía inclinarse lejos de él, como presintiendo el caos inminente.
Este no era el BTS que el mundo veía en los escenarios, impecable y sincronizado. Este era el núcleo crudo, el desorden previo a la creación. Eran siete individuos, siete universos en órbita cercana, cuyas trayectorias personales chocaban y se entrelazaban de manera gloriosamente imperfecta. El año viejo había sido una montaña rusa de logros monumentales y dudas íntimas, de canciones que rompían récords y silencios llenos de preguntas en medio de la noche. Había dejado cicatrices suaves, callos en el alma, y también recuerdos tan brillantes que dolían mirar de frente.
Ahora, al borde del abismo temporal que separaba lo que fueron de lo que serían, el apartamento era una cápsula en transición. La renovación espiritual no llegaría con una iluminación serena, sino entre risas nerviosas, mandu achicharrados, debates sobre el significado del koppure (el sonido de las campanadas) y el tropiezo inevitable de alguien con la alfombra. La evolución individual no se anunciaría con trompetas, sino en sus miradas furtivas hacia los demás, en las promesas no dichas, en el reconocimiento tácito de que, sin importar los caminos que tomaran, el imán de su amistad era más fuerte que cualquier resolución de Año Nuevo.
El reloj en la pantalla comenzaba su descenso final.
Diez. Nueve. Ocho…
Jungkook salió de la cocina con una bandeja humeante y un gesto de disculpa.
Siete. Seis. Cinco…
Jin dejó de lado su dramática elegí y se puso de pie, enderezando el cuello de la camisa de Yoongi.
Cuatro. Tres…
Hoseok y Jimin, renunciando a su batalla de cojines, se unieron en el centro de la sala, manos buscando otras.
Dos…
Taehyung se volvió de la ventana, sus ojos encontrando los de los demás, un universo reflejado en seis pares más.
Uno…
El año viejo expiró no con un eco, sino con el estallido simultáneo de doce campanadas, los gritos de la ciudad… y el sonido de Namjoon derribando, por accidente, la planta de la Monstera al intentar abrazar a todo el mundo a la vez.
La carcajada que siguió fue el primer sonido del año nuevo. Fue caótica, divertida, profundamente amistosa. Y en medio de ese caos, entre tierra de maceta esparcida y promesas de “lo arreglo mañana”, algo viejo se quebró para siempre, y algo nuevo, tierno y lleno de potencial, tomó su primer aliento colectivo.
El año nuevo de BTS había comenzado. Y la aventura de reinventarse, individual y en conjunto, prometía ser mucho más desordenada, hilarante y humana de lo que cualquier lista de propósitos pudiera contener.
Editado: 25.02.2026