La tarde se había ido tiñendo de tonos dorados y anaranjados cuando la Tía Soo-kyung, con una determinación silenciosa, se levantó del sofá y anunció que iba a cocinar. No era una sugerencia ni una oferta. Era una declaración de intenciones, acompañada de un gesto que no admitía réplica: se ató el delantal de Jin (el que decía "El Chef es Sexy" con letras rojas) como si siempre hubiera sido suyo.
— Ustedes me han regalado unos fideos inolvidables — dijo, mientras revisaba el contenido de la nevera con la eficiencia de alguien que ha cocinado para familias enteras durante décadas.
— Ahora me toca a mí devolver el favor. Y no acepto negativas —
Siete hombres se miraron, alternando entre la sorpresa y el pánico. ¿Dejar que una señora mayor cocinara en su cocina? ¿Someterse a su criterio culinario? ¿Exponerse a ese escrutinio tan íntimo y vulnerable?
— Tía — intentó Jin, con voz conciliadora.
— No hace falta que te molestes. Nosotros podemos pedir comida, o podemos... —
— ¿Pedir comida? — lo interrumpió ella, con una ceja levantada.
— ¿Después de que ustedes pasaron una noche entera preparando ramen casero para mí? No, hijo. La hospitalidad se devuelve con hospitalidad. Y la mejor hospitalidad es la que sale de las propias manos —
Dicho esto, comenzó a sacar ingredientes: verduras que habían olvidado en el cajón de abajo, una bandeja de tofu que Jungkook había comprado sin un plan claro, huevos, cebollas, ajo, y un frasco de gochujang que parecía tener más años que algunos de los presentes.
— ¿Qué va a hacer, Tía? — preguntó Jungkook, acercándose con curiosidad respetuosa.
— Algo sencillo — respondió ella, mientras encendía la estufa con una seguridad que desmentía su edad.
— Un dubu jorim (tofu estofado picante), un poco de arroz recién hecho, y una sopa de verduras con lo que haya. Nada del otro mundo. Pero hecho con cariño. Que es lo que importa —
Los demás, que al principio se habían quedado en la sala como congelados, comenzaron a acercarse uno a uno a la cocina, atraídos por el aroma que empezaba a desprenderse: ajo y aceite de sésamo, cebolla caramelizándose, el gochujang burbujeando en la sartén. Era el olor de la infancia, de las casas de las abuelas, de los domingos en familia.
— ¿Puedo ayudarla? — ofreció Jimin, con timidez.
— Claro que sí, hijo — dijo ella, sin dejar de revolver.
— Lava el arroz. Pero bien lavado. Que no quede ni un grano sospechoso —
Jimin asintió con una seriedad que rozaba lo cómico y se puso a la tarea con la concentración de un cirujano. Jungkook, por su parte, había tomado un cuchillo y comenzaba a picar las verduras con una precisión que arrancó un gesto de aprobación de la Tía.
— Este sí sabe manejar un cuchillo — comentó, mirando a Jin de reojo.
— A diferencia de cierto sobrino que una vez casi se corta un dedo pelando una manzana —
— ¡Eso fue hace veinte años! — protestó Jin.
— ¡Ya he superado ese trauma! —
— El trauma sí — respondió su Tía, con una sonrisa.
— La mala puntería, no sé —
La cocina se fue llenando de movimiento, de risas, de ese caos ordenado que caracterizaba todo lo que hacían juntos. Taehyung se encargó de poner la mesa, pero no de cualquier manera: colocó cada plato, cada tazón, cada par de palillos con una simetría que parecía responder a algún criterio estético desconocido para los demás. Hoseok, mientras tanto, había puesto música suave de fondo, esa que sonaba en las cafeterías de barrio cuando el sol se pone. Yoongi, que había jurado no moverse del sofá, apareció en la cocina con una pregunta inesperada:
— Tía, ¿el tofu hay que presionarlo antes de cocinarlo para que suelte el agua? —
Ella lo miró, sorprendida y complacida.
— Eso depende. Si quieres que absorba bien la salsa, sí. Si te gusta más jugoso, no. ¿Tú cómo lo prefieres? —
— Absorba — dijo Yoongi, con la misma seguridad con la que decidía un arreglo musical.
— Pues entonces presiónalo. Pero con cuidado. Que no se desmorone —
Y así, el productor musical que había trabajado con los mejores ingenieros de sonido del país se encontró presionando un bloque de tofu entre dos platos, con la concentración de quien está a punto de mezclar una pista maestra.
Namjoon observaba la escena desde la entrada de la cocina, con su libreta en la mano, pero esta vez no escribía. Solo miraba. Almacenaba. Guardaba cada imagen en la memoria para no olvidarla nunca: la Tía Soo-kyung moviendo la sartén con una gracia que solo dan los años, Jungkook picando verduras como si estuviera tallando una escultura, Jimin lavando el arroz con una devoción casi religiosa, Taehyung alineando los palillos como si fueran piezas de un juego sagrado, Hoseok ajustando el volumen de la música para que no compitiera con las conversaciones, Yoongi presionando tofu como si su vida dependiera de ello, y Jin, su amigo, su hermano, observando a su Tía con una mezcla de orgullo y ternura que le partía el corazón.
— Joon-ah — lo llamó la Tía, sin volverse.
Editado: 25.04.2026