Anomalías del Destino

CAPÍTULO 3: El Eco de la Resonancia

Parte I:

El aire del Umbral me recibió con su habitual caricia gélida, un contraste violento tras el calor sofocante y húmedo de Panamá que aún parecía impregnado en mis poros, mezclado con el olor a café y salitre. Al materializarme en la Sala de Saltos, mis botas de combate resonaron contra el cuarzo pulido, rompiendo un silencio que aquí siempre se sentía artificial, casi sagrado. Me quedé inmóvil un segundo, dejando que mi sistema se recalibrara y que la pesadez de la gravedad de la academia volviera a anclar mis huesos al suelo de mármol negro.

Levanté la vista hacia el estrado de observación. El Instructor Vadhir no estaba solo. A su lado, envueltos en túnicas de un blanco tan puro que hería la vista, se encontraban dos Auditores del Cónclave. Estos seres eran los jueces supremos de la realidad; su función era vigilar que ninguna Anomalía se desviara de su propósito. Sus rostros estaban ocultos por máscaras de plata sin rasgos, diseñadas para eliminar cualquier rastro de subjetividad o emoción durante las evaluaciones. Sentí un pinchazo de ansiedad en la base de la nuca; los Auditores solo descendían de sus torres cuando un hilo se cortaba de forma irregular o cuando una Anomalía mostraba signos de "fuga" emocional.

—Encargo 402: Ricardo Vanzini. Estado: Hilo disuelto por inducción —anunció el Auditor de la derecha con una voz plana que carecía de cualquier inflexión humana—. El sujeto ha perecido en el sector de Casco Antiguo, Panamá. Resonancia recuperada en un 98%. Eficiencia de ejecución: Óptima.

Vadhir bajó los escalones con su habitual elegancia depredadora. Se detuvo a tres metros de mí, manteniendo esa distancia de seguridad que marcaba nuestra jerarquía.

—Has cerrado el nudo, Astra —dijo Vadhir, escaneando mi postura con sus ojos de ceniza—. El Cónclave está satisfecho con la resolución del caso Vanzini. La mancha de su codicia ha sido borrada del tejido. Sin embargo... —hizo una pausa que hizo que mi corazón diera un vuelco—, los Auditores han notado una inconsistencia en tu frecuencia de extracción. Un pico de actividad onírica justo antes del salto de retorno.

—Fue el esfuerzo de mantener el Velo de Inercia frente al objetivo —mentí, manteniendo mi mirada fija en un punto invisible de la pared, evitando su escrutinio—. Vanzini estaba proyectando una paranoia de alto nivel. Requirió un anclaje más profundo de lo habitual para asegurar que el Efecto Ceniza no flaqueara en el último segundo.

Vadhir intercambió una mirada rápida con los Auditores. El aire en la sala se volvió más denso, cargado de una sospecha que no se pronunciaba pero que flotaba entre nosotros como una nube de tormenta eléctrica.

—Retírate a tu unidad, Grado Noveno —ordenó Vadhir finalmente—. Mañana inicias la fase teórica de "Psicología de la Ruina". No quiero ver más "picos" en tu registro. El éxito en Panamá no te da derecho a la distracción.

Parte II:

Al entrar en mi unidad 402, el susurro de la puerta deslizándose fue el primer sonido real de paz que escuché en horas. Me despojé del equipo de campo con movimientos mecánicos, dejando la daga de metal negro sobre el escritorio de ébano tallado. Mi cuerpo pedía descanso, pero mi mente era un hervidero de imágenes que no lograba archivar en las celdas frías de la lógica.

Me acerqué al ventanal circular. La nebulosa dorada del tiempo terrenal giraba con su parsimonia habitual tras el cristal inexistente, pero hoy me resultaba hipnótica, casi dolorosa. Me senté en la alfombra de lana gris, en posición de loto, e intenté iniciar la meditación de limpieza que nos enseñaban desde el primer año de instrucción. Inhala la inercia, exhala la existencia. Pero cada vez que cerraba los ojos, no veía el vacío del Umbral; veía el rostro de Dante bajo la farola de Panamá, buscándome con una insistencia que desafiaba las leyes de la física.

Él no estaba allí físicamente cuando salté, de eso estaba segura, pero su rastro estaba en el aire. ¿Cómo podía un humano, un simple joven de diecinueve años, generar una estática tan potente que fuera capaz de filtrarse por mis barreras de Anomalía? Toqué el lunar de mi mentón, recordando cómo él lo había mencionado con tanta seguridad. Él no solo me veía; él me reconocía entre la multitud de sombras que pueblan el mundo.

—No eres real, Dante —susurré hacia la estancia vacía, tratando de convencer a las paredes de piedra—. Eres solo un eco de un error que cometí en Santos. Un fallo técnico en un muelle brasileño que se niega a morir.

Me puse en pie y caminé hacia el baño de mármol. Al abrir el grifo, el agua tibia empezó a llenar la tina. Me sumergí en ella, dejando que el líquido estabilizador envolviera mi piel oscura y calmara la vibración de mi cicatriz de vidrio. Cerré los ojos y, por un instante, me permití bajar la guardia. Fue entonces cuando ocurrió.

No fue un sueño, fue una intrusión de frecuencia.

En mi mente, el mármol negro de mi habitación se mezcló con un paisaje que no era mío. Vi una habitación lujosa en una mansión rodeada de vegetación tropical. Vi bocetos de carbón esparcidos por un suelo de madera cara. Y en el centro de todo, vi a Dante, sentado frente a un caballete, dibujando con una obsesión febril. En el lienzo no había paisajes; había un ojo. Mi ojo. Con el lunar en el párpado derecho detallado con una precisión que me hizo temblar bajo el agua.

Salí de la tina de un salto, el corazón latiéndome con una fuerza prohibida. El Campo Onírico se había activado sin mi permiso, puenteando la distancia entre dimensiones. Dante no solo me recordaba; estaba proyectando su conciencia, buscando el origen del hilo que lo unía a mí desde aquel tiroteo en Santos.




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