Anotaciones al margen de la lista

12 de julio, 1:15pm.

—Fueron a su casa para realizar el trabajo grupal, y hoy le han dicho que es una pobre, no directamente, pero los escuchó desde la carpeta. Lucero ahora está en las graderías de la losa de voley, llorando.

Alcancé a escuchar las palabras reveladoras de Fátima, quien encandilada le contaba a María la problemática que atravesaba Lucero. Por mi parte estaba en las bancas de cemento, leyendo "Sobre héroes y tumbas" más bien, buscando la subhistoria sobre el culto de ciegos y la venganza de la ciega. Quería releerla para luego contarles a los de quinto tan macabra historia.

La palabra pobre caló hondamente en mi cabeza. Tuve la dicha, en mi juventud docente, de enseñar en un colegio para señoritas, un colegio de renombre, donde asistían las niñas bien, como decía mi abuelita cuando observabamos en el centro de la ciudad a alguna muchacha con vestidos de confeccionista, las trenzas bien amarradas, con una caminada digna y modales aristocráticos. Bueno, creo que esa era mi concepción, dibujada por las tantas veces que escuché las descripciones clasistas de mi entrañable abuela. Quien a pesar de ser plebeya tenía unos modales y habla cultivados.

En ese colegio tan distinguido fui tutor, veintidós señoritas, hijas de jueces, comandantes, ministros, empresarios. A pesar que allí todas procedían de familias con dinero, no todas eran iguales.

Sucede que había llegado al colegio, Susana, una jovencita de quince años, natural de Huánuco, una ciudad de la sierra central del Perú. Ella fue captada por el colegio para que se desempeñará en los juegos interecolares nacionales como atleta destacada.

Se ganó el cariño y el respeto de sus compañeras, aunque secretamente otras la miraban con desden por su diferencia de estatus económico, porque era más oscura de piel que las demás, y porque en su castellano era evidente el dejo serrano.

Un mañana ingresaba al colegio por el sendero delgado, a sus extremos yacía un cerco natural de arrayanes, el aroma fresco de sus hojas inundaba el sendero de adoquines de piedra color terracota.

Allí, la delegada del salón, Paloma, me dio alcance a la mitad del camino. Y me comentó:

—A la hora de salida de ayer convocamos las más antiguas de la promoción a una reunión para tratar el tema de Susana. Estábamos sentadas y Goyeneche tomó la palabra. Se dirigió a todas con suma amabilidad pero con un tono que partía el aire y dijo:

—Entre nosotras hay un grupo de compañeras que se burlan de Susana, por idioteces que no vale la pena mencionar, más bien da vergüenza ese trato y formas de ser.

Entre las voces del salón se llegó a escuchar: "Pero es de la sierra, y no tiene dinero, es becada".

Goyeneche se contuvo de no mandarla a rodar muy lejos, profe, pero respiro profundamente y le dijo tajantemente a Magaly, quien lideraba a ese grupo.

—Estan haciendo quedar mal al colegio con sus prejuicios estúpidos. Mírate bien Magaly, tú solo tienes dinero, no tienes la clase, ni el nivel, ni la alcurnia. Solo eres una igualada. Ninguna de nosotras se burla de Susana, ella hace quedar bien el nombre de nuestro colegio, es destacada deportista, ¿sabes lo qué eso significa? Lo dudo. Solo tienes dinero, no sabes del valor de las personas ni de las cosas.

Los ojos de Magaly y de sus compinches estaban horrorizados, ante las verdades que salían de los labios de Goyeneche, una a una como filudos cuchillos. finalmente y con una irónica sonrisa dijo:

—No quiero informar de esto a mis padres o a la Madre Superiora, que una prejuiciosa este mancillando nuestro honorable colegio. Desde hoy solo te referiras a nuestra compañera como Susana, ese es su nombre. ¿Entendiste?

Nadie dijo nada, poco a poco el traqueteo de sillas se hacía más intenso, una voz entre muchas dijo: "se acabó, la fulminó".

Por fin encontré el apartado en Sobre héroes y tumbas, Tomé un respiro y me dispuse a ir donde estaba Lucero. Era mi deber, mostrarle la levedad del ser humano o por lo menos contarle una buena historia.




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