Antes de Decir Amor: Lo que Calla Ciro

Prologo

Bastián Ríos no sabía en qué momento una persona podía convertirse en una pregunta.

Tal vez empezaba con una mirada.

Tal vez con una broma dicha en el momento justo.

Tal vez con un gesto mínimo que para cualquiera no significaba nada, pero que para uno lo cambiaba todo.

O tal vez empezaba con Ciro Ferreyra.

Había personas que llegaban haciendo ruido, diciendo todo, prometiendo cosas que después no cumplían. Y después estaba él: serio, reservado, difícil de leer. Ciro no necesitaba decir demasiado para dejarlo pensando. Le alcanzaba con aparecer, con mirarlo un segundo más de lo normal, con acercarse cuando nadie lo esperaba y después actuar como si nada.

Eso era lo peor.

No lo que hacía.

No lo que decía.

Sino lo que dejaba flotando después.

Bastián había intentado convencerse muchas veces de que no le pasaba nada. Que todo era una exageración suya. Que una tortita no significaba amor. Que una solicitud de Instagram no era una confesión. Que una broma en clase no era una señal. Que un beso en el cachete, por más inesperado que hubiera sido, podía ser solo eso: un beso en el cachete.

Pero algunas cosas no se sienten simples, aunque lo parezcan.

Y con Ciro, nada se sentía simple.

Lo había conocido mucho antes de entender qué podía significar mirar a alguien de esa forma. En la secundaria, cuando Bastián todavía caminaba por la planta baja con carpetas grandes y silencios más grandes todavía, Ciro ya pertenecía a otro mundo. El de los chicos de arriba. El de los últimos años. El de los que bajaban las escaleras como si la escuela les quedara chica.

Bastián lo miraba sin saber por qué.

Después la vida hizo lo suyo. Lo alejó, lo cambió, lo llevó a otros lugares y le enseñó que crecer también podía doler. Pasaron años. Hubo despedidas, regresos, heridas que nunca terminaban de cerrar y una versión de sí mismo que aprendió a decir “no quiero nada con nadie” como si fuera una verdad.

Pero no era una verdad.

Era una armadura.

Porque en el fondo, aunque jamás lo dijera en voz alta, Bastián quería una historia de amor. Una de esas que parecen imposibles hasta que alguien te mira de una forma distinta. Una historia donde no tuviera que adivinar si lo querían, donde no tuviera que rogar un lugar, donde no tuviera que conformarse con migajas disfrazadas de señales.

Quería que alguien lo eligiera.

Sin miedo.

Sin esconderlo.

Sin hacerlo sentir demasiado.

Entonces Ciro volvió.

No como vuelven las personas importantes en las películas, con música de fondo y una frase perfecta. Volvió en una reunión de facultad, entre caras nuevas, horarios, materias y ese ruido raro de empezar de nuevo. Bastián lo vio después de años y no pasó nada extraordinario.

Al menos no al principio.

Ciro era solo una presencia más. Un recuerdo con cuerpo. Un nombre viejo caminando por un lugar nuevo.

Hasta que dejó de serlo.

Hasta que una noche, en una fiesta, Bastián lo vio pasar de costado mientras bailaba con sus amigas. Lo miró apenas, como quien mira algo que no debería importarle, y siguió moviéndose al ritmo de la música.

Después sintió unas manos desde atrás.

Un brazo rodeándole el cuello.

Un cuerpo demasiado cerca.

Una respiración que le hizo girar la cabeza antes de pensar.

Y era Ciro.

Ciro, apareciendo de la nada.

Ciro, sonriendo como si tuviera derecho a desordenarlo.

Ciro, acercándose para darle un beso en el cachete.

Un beso rápido. Casi inocente. Casi común.

Casi.

Porque por un segundo mínimo, por un movimiento torpe, por la cercanía absurda entre sus bocas, Bastián sintió que ese beso pudo haber caído en otro lugar.

Y tal vez ahí empezó todo.

No en la secundaria.

No en la facultad.

No en la pileta.

Sino en ese instante en que sus amigas lo miraron con cara de no entender nada y Bastián se quedó quieto, preguntándose por qué el corazón le golpeaba como si acabara de pasar algo enorme.

Después vinieron las señales.

La pregunta.

La tortita.

Instagram.

La ventana.

Las miradas desde el fondo del aula.

La pileta.

El vestuario.

Las bromas que parecían bromas solo si uno no quería mirar demasiado.

Y Bastián miraba.

Ese era su problema.

Miraba todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.